Chapter 27
Solo
Era un bar tranquilo. Servían hamburguesas y emitían los partidos de fútbol del Zaragoza y normalmente también los del Madrid.
Estaba situado en un barrio de la periferia poblado por gente de clase media acomodada.
Ahí se reunían los polis a ver los partidos, cenar y beber cerveza.
Después se iban en coche a sus casas sin ningún temor de que sus compañeros de la Local los pillaran en un control de alcoholemia.
Les gustaba reunirse ahí, lo llamaban el bar del fin del mundo.
A cincuenta metros de su puerta la ciudad acababa y todo eran descampados hasta donde llegaba la vista.
Estaban los del Grupo de Homicidios y varios de Seguridad Ciudadana.
Un par jugaban a los dardos, Juan y Manuel estaban en la barra y el resto veían el partido sentados a la mesa mientras esperaban a que sacaran las hamburguesas y el par de raciones de patatas fritas que habían pedido para cenar.
Manuel fumaba un cigarrillo rubio. El camarero sacó dos cervezas frías y espumosas. Juan le sonrió.
―Me alegro de que vuelvas a relacionarte con nosotros. Siempre serás uno de los nuestros ―dijo Manuel.
Juan asintió y se encendió un cigarro.
―Por cierto, tengo la información que me pediste.
―¿Lo del chárter de Vicente Vela y su compañero?
―Sí, los detectives de Madrid de los que querías saber el día en que cogieron el avión con destino a Zaragoza.
Manuel sacó un pequeño papel que llevaba doblado en su cartera y se lo entregó. Juan lo leyó.
―Cogieron un chárter en Barajas el día seis de diciembre de mil novecientos noventa y tres, lunes ― cuando acabó de leer miró a los ojos a su antiguo compañero.
―Eso es lo que me ha dicho mi fuente, ya sabes quién es, es de fiar, está destinado en la comisaría del aeropuerto de Barajas.
Silencio. Juan se bebió la cerveza con ansia. Algo le subió del estómago hasta la boca. Retuvo las ganas de vomitar. Se recompuso.
―Amigo, de ahora en adelante no me llames, yo te contactaré, no hables de este asunto con nadie ―dijo rompiendo el papelito en mil pedazos y esparciéndolos dentro del vaso donde la poca cerveza que había en el fondo los impregnó y destruyó―. No hables de esto con nadie Manuel, ¿entendido?
Manuel asintió, lentamente, sabedor de que esa información significaba algo importante.
―Cuídate amigo―. Le dijo.
―Lo intentaré. Quizá te pida un par de favores más. Adiós.
Dejó algo de dinero para pagar la cena, que no iba a probar, y se marchó de allí. Salió del bar y avanzó hasta el descampado donde al fin vomitó. Los nervios parecieron remitir pero aún le temblaban las piernas.
Se metió en el Mercedes y fue a casa. Preparó una maleta con ropa.
Después entró en su despacho y abrió el cajón donde guardaba el revólver y la munición, y tras comprobar que llevaba el seguro echado la guardó en la maleta.
También metió la pequeña pistola que se ceñía a una cartuchera que llevaba oculta cerca del tobillo en su pierna derecha.
Repasó lo que había sobre la mesa, las fotografías que tomó a la orla en el colegio de Nuestra Señora del Pilar y su cuaderno de notas.
Metió ambas en su maleta. Antes de irse fue al teléfono, marcó un número privado, tras un par de tonos sonó la voz de Garanto al otro lado de la línea.
―Comisario, los inspectores de Madrid no son trigo limpio, tenga cuidado. Quedé con Vicente Vela que le llamarían a usted o a mí para quedar, lo harán dentro de una semana. No se fíe.
―Joder Juan, al que contacten primero que avise al otro.
Esto ahora me viene como una patada en los cojones.
El comisario provincial de Huesca me está ganando la partida por la sucesión del viejo, los políticos de aquí le apoyan.
A mí me apoyan los de Madrid; pero recientemente los de aquí han transigido con el nombramiento del presidente de la Confederación Hidrográfica, han puesto a un tío que les interesaba a los de Madrid.
Adivina ahora que les van a pedir los políticos de aquí.
―El politiqueo me viene grande.
―Pues les van a pedir que nombren Jefe Superior de Policía al comisario de Huesca. Uno más uno son dos. Estoy en la picota, y lo que hacía falta ahora es que saltara a la opinión pública que el caso de Itziar se cerró en falso. Adiós a mi carrera.
―Todo dependerá de las explicaciones que den; pero habrá que andarse con ojo.
Colgaron. Bajó a la calle, se metió en el coche y respiró hondo. Paró junto al edificio de apartamentos de Matilda y llamó al portero automático indicándole que, por favor, bajase al portal a hablar con él.
―Escuche, es muy posible que haya micrófonos en su casa, quizá también tenga pinchado el teléfono.
Tenga cuidado con lo que dice. Como ya le advertí, actúe como si lo de su hija nunca hubiera sucedido, no hable del tema con nadie, ni siquiera piense en alto.
Creo que si tiene algún familiar fuera de la ciudad con el que pueda irse a vivir una temporada debería hacerlo.
Y avise también a Marta, la amiga de su hija.
―No se preocupe por Marta. Tras la noche en la que estuvimos hablando cogió un tren y se marchó de la ciudad. Es valiente, pero está muy asustada por lo que pueda hacer esa gentuza.
―Hay que estar asustado para poder ser valiente. Cuídese.
―Y usted también. No sé lo que va a hacer, pero tenga cuidado.
Ya eran las once de la noche cuando Juan enfilaba con su coche hacia el barrio de Torrero. Las casas fueron desapareciendo para dar paso a descampados y casas aisladas. Juan conocía bien aquel paraje que de noche aún era más terrorífico que a la luz del día.
Un coche cruzado en el camino, dos hombres le salieron al paso, uno a cada lado del coche. Ambos llevaban escopetas recortadas, patillas, barba, colgantes de oro y miradas duras como el demonio. Juan paró el vehículo.
―¿Dónde crees que vas payo? ―le dijo uno de ellos.
―Quiero ver a Don Miguel.
―Baja del coche.
Obedeció. Le cachearon.
―Está limpio ―dijo uno de ellos al otro.
―¿Para qué quieres verle?
―Soy Juan, el ex poli, él ya sabe quién soy. Tengo que hablar con él.
Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro, indicando que fuera a buscar al Don. Al rato volvió.
―Ven conmigo ―le dijo.
El otro hombre se quedó con la recortada en la mano y el coche cruzado en el camino, cuidando la entrada a la propiedad.
Juan caminó hasta la casa. En realidad eran tres construcciones de ladrillo caravista hechas a finales de los años ochenta.
Don Miguel tenía dinero para enterrar a todo el barrio de Torrero, pero el quedarse ahí era una declaración de principios.
Era su territorio ancestral, donde su padre y sus abuelos habían vivido antes que él.
Las tres casas formaban una especie de urbanización cerrada.
En la puerta un gitano gigantesco con cazadora de cuero y la cara cortada les franqueó la entrada, y los guio hasta un salón enorme.
Don Miguel estaba jugando cariñosamente con su nieto al guiñote, dos mujeres bellísimas sentadas en un sofá negro estaban haciendo ganchillo distraídas mientras un chico de unos doce años parecía estar concentrado en sus deberes sobre una gran mesa de madera de roble.
Presidiendo todo había un gran hogar donde, en invierno, ardería a buen seguro una gran cantidad de troncos de madera de carrasca.
Una televisión emitía una película de Al Pacino, a la que nadie prestaba mucha atención.
Había una temperatura agradable en la estancia gracias al aire acondicionado.
Juan se quedó de pie en la entrada, sin saber muy bien qué hacer o decir.
El nieto de menor edad, con el que Don Miguel jugaba al guiñote, se percató de su presencia.
―¿Quién es este señor abuelo? ―preguntó el pequeñín.
Don Miguel sonrió a su nieto sin mirar a Juan.
―Este señor le salvó la vida a tu padre malandrín ―le contestó cariñosamente el patriarca a su nieto.
―¿Y a qué ha venido abuelo?
―Ha venido a cobrarse la deuda. Porque a pesar de que le dije que no volviera por aquí y que la deuda estaba saldada con la información que le di, tanto él como yo sabemos que recibir un tiro en las tripas no se paga con unas palabras que se las lleva el viento.
¿Verdad, payo? ―dijo el jefe gitano volviéndose por primera vez hacia Juan.
―Verdad, Don Miguel ―dijo Juan con voz ronca.
Se levantó y acarició el cabello de su nieto mayor.
―¿Cómo van esos deberes?
―Bien abuelo.
―Quiere ser abogado ―dijo Don Miguel dirigiéndose a Juan―. La verdad que necesito más abogados que otra cosa.
El patriarca emitió una sonora carcajada.
Hizo un gesto a Juan para que lo siguiera.
Atravesaron el salón y salieron a una plazuela cerrada delimitada por las tres casas.
En medio había una fuente rodeada de olivos y cerezos, los rayos de luna deslizaban brillos en el agua, cuyo sonido se extendía por aquella quietud como una remembranza de los patios del sur de España, origen ancestral de la familia de Don Miguel.
El patriarca gitano observó los olivos y acarició una rama valorando si iba a dar buena cosecha o no.
―Dime de una puta vez que es lo que quieres para irte y no volver por aquí.
―Necesito que me dé acceso a un lugar seguro. Un sitio donde pueda ir y nadie me moleste, ni vea lo que estoy haciendo. Algo como esto, aislado y protegido.
El patriarca se encendió un cigarro y dio una calada larga y profunda.
―¿Va a haber sangre? ―preguntó.
―No estoy seguro.
El viejo caminó hacia un cerezo.
―Una casa en Santa Fe, aislada, rodeada de descampados, tiene luz y agua y el acceso es a través de un camino de tierra que cruza una zona de colinas.
Te pondré dos hombres en el acceso. Lo que hagas en la casa es cosa tuya.
Solo te advierto de una cosa payo ―dijo el Patriarca señalándole con el dedo índice―, si por algún motivo alguien descubre lo que vas a hacer allí, tú te cargarás el mochuelo, tú solito, ¿estamos? De lo contrario te daré matarile.