Chapter 26
Un descanso
Llegó a casa. Afuera una oscuridad apenas rota por la débil luz de las farolas llenaba todos los rincones de la urbe.
Una sirena de policía se oía en la lejanía mientras la ciudad dormía un sueño de decadencia y corrupción.
La cortina aleteaba mecida por la brisa nocturna.
Un cigarrillo rubio y una copa de whisky.
Se asomó a la ventana y contempló Zaragoza, ahí, quieto, en la penumbra.
Esos hijos de puta habían matado a Itziar.
La habían matado para que no se descubriera su trama.
La pobre Itziar no sabía que el sistema está montado para que estos asuntos no lleguen a la opinión pública.
Marta ya lo había aprendido. Lo aprendió cuando el director del periódico, en vez de publicar la información en sus medios de comunicación, se limitó a dársela a un pobre chico que pensaba que podía cambiar el mundo.
El humo ascendía hasta el techo como una serpiente fantasmal mientras el cigarrillo se consumía entre sus dedos.
Un par de caladas rápidas y un trago apurando el whisky.
Se desnudó y se metió en la cama. Encendió el transistor.
Sonaba un jazz triste, una trompeta quejumbrosa acompañada de un piano, un paréntesis en el programa de radio.
La gente llamaba contando sus problemas.
La locutora dio paso a una anciana, estaba y se sentía sola, pero no siempre había sido así.
Contó la historia de su familia desde el inicio, desde que a finales del siglo diecinueve su abuelo había muerto en la última epidemia de cólera en España, después habían llamado al hermano del mismo que vivía en la Argentina para que viniera a hacerse cargo de la viuda.
Luego tuvieron más hijos. Vidas de subsistencia en un pueblo de montaña, trabajando de jornaleros por cuatro duros, o de peones de albañil o de lo que fuera.
Su madre se quedó viuda y uno de sus tíos le robó media cosecha el mismo año que enviudó.
Un día el tío echó a uno de sus hermanos de la casa familiar y consiguió quedársela entera para él.
El tío exiliado erró por media provincia hasta que recaló en una pensión de mala muerte en la calle de San Pablo.
Trabajó en la ciudad en los años cincuenta como peón de albañil.
Murió con cincuenta y un años dejando todas sus pertenencias dentro de una maleta con cerradura en su miserable habitación.
Sin descendencia y sin nadie que se preocupara por él.
Su hermano, el mismo que le había echado de la casa familiar, se acordó de él y con un destornillador abrió la maleta para quedarse el dinero que había ahorrado a lo largo de su vida.
Juan pensó que el ser humano siempre había sido miserable, que había algo dentro de nosotros que nos conducía irremediablemente hacia el mal y que daban igual las épocas o cómo fuera el futuro.
Esa esencia siempre se mantendría. Ese fue su último pensamiento antes de quedarse dormido.
Se levantó temprano y salió a hacer un poco de ejercicio. Un par de kilómetros de ida y otro par de vuelta. No estaba mal. Después un café y una ducha. Sonó el teléfono. Dudó si cogerlo, necesitaba concentrarse para lo que iba a hacer. Al final descolgó.
—Dígame —dijo secamente.
—Juan soy yo, Pilar —su voz joven y optimista le produjo un escalofrío, ilusionado como si volviera a ser un adolescente hablando con su novia del instituto—. ¿Cómo estás?
—Qué alegría oírte —dijo cerrando los ojos y apretando el teléfono contra su rostro―. Pensaba, pensaba que…
―Que no te volvería a llamar.
―Sí.
―He estado a punto de pasar de ti, pero te voy a dar una oportunidad.
―¿Quieres venir a casa? Podría preparar algo bueno para cenar.
―¿A tu casa?
―Ven y verás quién soy, ya no tengo nada que ocultarte.
―De acuerdo, ¿a las siete?
―A las siete.
Tras colgar bajó al supermercado. Hacía mucho tiempo que no cocinaba algo medianamente elaborado en su apartamento y no tenía mucha comida en casa.
Compró un par de pimientos rojos, pechugas de pollo envasadas, un sobre con sazonador, puerro y tortitas de trigo.
Para comer hizo espaguetis. Comió en la mesita del salón viendo un documental acerca de la transformación de la economía española, de cómo se estaba transformando en una economía de servicios tras desmantelar su industria.
Un anciano, antiguo ingeniero mecánico en una fundición del norte producto del mastodóntico Instituto Nacional de Industria, hablaba de que fiar la producción industrial a otros países era un grave error.
También decía que el capital internacional no tenía leyes ni fronteras, y que cuando este se fuera, en los polígonos solo quedarían las fábricas de los industriales nacidos en la zona.
Después salió un tipo muy bien vestido con gafas y aires de autosuficiencia hablando con condescendencia de las opiniones vertidas por el anciano, indicando que los tiempos de la autarquía ya se habían acabado hacía muchos años, y que la globalización era imparable.
Pensó en el dinero chino, en cómo estaba entrando a raudales en la ciudad implantando fábricas en la Zona Franca, y en el tinglado que el alcalde y el presidente de ZOFAZASA habían montado para saquear las arcas públicas sin que nadie se enterase.
Itziar venía a su mente una y otra vez, una inocente que había pagado con su vida el atreverse a parar a esos malnacidos sin escrúpulos.
Sin darse cuenta había apretado los puños, canalizando su rabia hacia ninguna parte.
Se calmó con un whisky y una siesta. Cuando despertó recogió y limpió un poco la casa, era pequeña y lo hizo rápido.
Se vistió. Un pantalón beis y una camisa blanca.
Un poco de colonia cara. Pilar tenía algo que había visto alguna otra vez en un puñado de personas.
Parecía un alma vieja, a pesar de tener veinticuatro años conocía el juego de la vida como si hubiera vivido dos vidas seguidas.
El timbre de la puerta sonó a las siete y diez.
Pilar estaba radiante, vestía un pantalón vaquero ceñido y una camiseta de tirantes blanca.
Su sencillez era su belleza. La recibió con un beso en la mejilla y la invitó a pasar.
Su carácter risueño enseguida se adueñó de todo.
Juan se relajó. Pilar se fijó en una foto, un hermosa niña con una sonrisa radiante.
―Es mi hija ―dijo Juan―. Murió cuando la llevaba al colegio atropellada por un conductor bebido. Eso me destrozó, lo perdí todo y a todos. Y así hasta este momento. Creo que ya te lo conté cuando te pedí que me perdonases por lo que te había hecho.
Pilar lo arropó con su silencio. Pasó un brazo por sus hombros y le besó tiernamente en la mejilla.
―Has pasado de engañarme a abrirme tu corazón.
Se besaron. Despacio. Juan la sentía. Se había enamorado de ella. Separaron sus labios. Se sonrieron. Un par de cervezas. Charla cariñosa y cercana. Ella acarició su rostro.
―¿Por qué te dedicas a esto?
―Como decía el detective Areta, conozco esta ciudad y tengo una libreta de contactos.
―¿Areta? ¿Quién es ese?
―Olvídalo ―dijo sonriendo―. Te voy a hacer una cena que te vas a chupar los dedos.
Pilar hizo un gesto de incredulidad.
―No tienes mucha pinta de cocinar ―dijo risueña.
Fueron a la cocina. Juan sacó las pechugas de pollo, el puerro y el pimiento.
Comenzó a trocearlos sobre una superficie de madera.
Colocó sobre la vitrocerámica una sartén con aceite de oliva virgen extra y cuando el aceite comenzó a rugir echó la mezcla y la cocinó a fuego lento.
El olor de la fritura llenó rápidamente la estancia.
Pilar estaba sentada en una banqueta, dando pequeños tragos a su vaso de cerveza y mirando como Juan se movía entre sartenes y platos.
―Antes era policía ―dijo mientras removía con un cucharón de madera la fritura―.
Pero cuando murió mi hija todo se fue a la mierda.
Empecé a tener problemas, bebía, me peleaba con mis superiores, dejé a mi mujer…
Al final me echaron del cuerpo, no les culpo.
Después no sé si porque se sentían culpables o qué pero me empezaron a derivar algunos trabajos, seguimientos de sospechosos y cosas así.
Aunque el grueso de los casos que tengo son maridos celosos.
Pilar se echó a reír. Se acercó a él y le abrazó por detrás.
―O sea que lo voy a tener difícil si quiero engañarte…
―¿Eres de esas? ―Juan se giró y le besó en la nariz.
―Una bohemia que estudia Filosofía y Letras, ¿tú qué crees?
―Creo que la cena ya está lista ―dijo guiñándole un ojo.
Calentaron las tortitas de trigo en el microondas, después Juan puso papel de cocina sobre un plato y echó encima la fritura.
Cenaron en la pequeña mesita de madera de la cocina, rellenando el pan de trigo con el pollo, el pimiento y el puerro.
Sobre la mesa otro par de cervezas frías.
Cenaron despacio, charlando sobre los estudios de Filosofía de Pilar.
«El mundo es una puta locura». Le decía Juan.
«Por mucho que estudies lo que decían los sabios nunca lo vas a entender, ¿sabes por qué?
, porque nadie tiene ni idea de qué va esto».
Después se fueron al salón. Juan se puso una copa de whisky con hielo.
—¿No crees en ninguna Verdad?
Miró el suelo pensativo, sentado sobre el sillón, remangado y con los músculos de sus brazos marcados bajo la camisa, parecía un guerrero cansado que había regresado de una batalla funesta.
—Antes vivía cada día como si fuera el último, sin rumbo ni objetivo. Todo eso cambió cuando la madre de Itziar llamó a mi puerta.
—Itziar, por ella empezó todo esto. Si estás investigando es porque hay algo detrás que no se llegó a saber. ¿No?
Juan negó con la cabeza.
—Es mejor que no sepas nada del asunto.
—¿Itziar es tu Verdad?
—Sabes, yo no he sido una buena persona, he hecho cosas malas, la vida que me ha tocado vivir me ha llevado a situaciones difíciles, situaciones donde era o yo o el otro; pero creo que hay algo que todos llevamos en nuestro interior, es como una especie de luz cálida que te abriga por dentro cuando estás muy jodido.
Una pequeña luz azul que alumbra el camino correcto.
Le puedes hacer caso o no, allá tú con lo que hagas, pero esa luz destruye cualquier atisbo de relativismo, ese fuego azul te dice lo que está bien.
En esa luz está todo lo bueno, creo que ella estaba allí, mi pequeña —dio un trago al whisky y después lo agitó mientras observaba el hielo moverse en círculos—.
Lo peor de todo es que alrededor de esa luz solo hay oscuridad, una densa y eterna oscuridad donde está todo lo malo de uno mismo y quizá también el mal del mundo.
La única verdad es lo que alumbra esa luz. Nada más.
Pilar lo acarició.
—Has sufrido mucho —le dijo.
—Todos sufrimos, este mundo es una mierda.
Ella le besó. La luz del salón era tenue y la cortina aleteaba movida por la brisa de la noche.
Todo era lento e hipnótico. Siguieron charlando en tono quedo, solo como dos amantes pueden hacerlo, de las razones que llevaron a Pilar a estudiar Filosofía y Letras.
Quería estructurar en su cabeza la historia del conocimiento, y sobretodo saber qué pensaron los gigantes de nuestra especie, a qué conclusiones llegaron, a qué se agarraban para vivir y seguir adelante.
Pilar le habló de cómo el alma puede elevarse al leer las ideas de Platón sobre el amor y la vida, o tras leer como Homero reflejó la condición humana al detalle en la Odisea.
Literatura, Filosofía, al final todo es lo mismo, una búsqueda de sentido y de belleza, y si no encuentras lo que buscas, al menos es un dulce refugio respecto al mundo negro e indiferente que alguna deidad creó para nosotros.
¿Y si esa deidad es malvada? Alguien que ha creado un atardecer tuvo antes que concebirlo en su pensamiento, y alguien que ha concebido la belleza del sol cayendo por el horizonte llenando con su luz rojiza las nubes de un cielo de primavera, no puede ser enteramente malvado. Es imposible que lo sea.
Decidieron ver una película. En un lado del salón había una estantería llena de vídeos VHS, Pilar los recorrió lentamente quitándoles el polvo con su dedo índice.
―¿Alguna recomendación? ―preguntó.
Juan la miró y sonrió, se acercó a la estantería y sacó una vieja funda carcomida por el tiempo y los recuerdos.
―Esta ―dijo entregándosela.
La portada no se veía muy bien ya que estaba medio borrada, pero se distinguía a un hombre levantando el puño hacía arriba vestido con ropa deportiva.
―Rocky ―leyó Pilar lentamente. Torció el gesto―. No estoy muy segura de que una película de boxeo me guste.
―Tú me has hablado de literatura, deja que yo te hable de cine. No es una película de boxeo, es una película sobre la vida. El boxeo solo es el marco donde transcurre la historia. Es una historia de perdedores, de cómo la vida es la que más duro golpea; pero hay que levantarse y seguir.
Pilar introdujo el VHS en el vídeo y ambos se apretujaron en el sofá. La vida del paria de Rocky fue desfilando ante sus ojos hasta la escena final.
―Pierde el combate… ―dijo Pilar sorprendida y emocionada.
―Te dije que era una historia de perdedores. Como casi todas las historias de verdad.
Las notas melancólicas de Bill Conti llegaban a sus oídos cómo un bálsamo, suavizando el dolor de la dureza de vivir que asalta a aquellas personas que son demasiado conscientes de la vida.
Se besaron mecidos por aquellas acordes tristes.
Dos almas que se buscan para saber que no caminan solas en la oscuridad.
―Mañana tengo un examen en la facultad…
―Te llevo a casa.
El deportivo cruzó la ciudad, desierta y noctámbula, hasta llegar a la Magdalena. Ahí se despidieron.
―¿Te volveré a ver? ―preguntó él, temeroso por primera vez en mucho tiempo.
―Creo que sí ―respondió ella. Y le dio un beso en la mejilla―. Buenas noches.
―Buenas noches.
Arrancó el motor del coche y se dirigió a casa. Se encendió un cigarrillo. La sola presencia de esa chica borraba todos sus malos pensamientos. Había pasado una noche increíble e iba a intentar formar parte de su vida. Ella decidiría sí quería o no.
Cuando llegó al pequeño apartamento se tumbó en la cama vestido, cerró los ojos e intentó relajarse.
La gente que formaba parte del caso Itziar comenzó a revolotear en su mente, Matilda, Manuel Boned, Garanto, el alcalde…
Parecían estar sentados en torno a una mesa bebiendo y riendo, todos juntos, celebrando algo.
Todo era muy extraño, Matilda estaba seria y callada con la mirada fija en el suelo, luego levantó la mirada y sonriéndole salió volando por un ventanal antiguo y tenebroso.
Juan, fascinado, se dio cuenta de que estaba soñando justo en el momento en que se quedó dormido.