Chapter 25 #3
»Cuando al día siguiente volvió a su puesto recibió una llamada del presidente de la empresa, Daniel Hidalgo, citándola a una reunión en su despacho.
Al entrar en la sala de reuniones se dio cuenta que eso parecía más bien un juicio sumario.
A parte de Hidalgo, estaban presentes su jefe directo, la jefa de Recursos Humanos de la empresa y el alcalde de la ciudad, el excelentísimo señor Juan Antonio Artajona Humeral, como representante de la parte de la propiedad de la empresa que correspondía al Ayuntamiento de Zaragoza.
Todo un sanedrín dispuesto a amedrentarla.
Juan tomaba notas en su libreta, nombres, cargos, etc…
―Pero Itziar era Itziar, y lejos de asustarse les plantó cara.
Ellos no esperaban una reacción así. Los llamó mafiosos y ladrones, y les dijo que si pensaban que la iban a intimidar lo llevaban claro.
Ellos alegaron una docena de fichajes fuera de hora para proponer su separación del servicio al consejo en pleno del Gobierno de Aragón.
Tenían que hacerlo así ya que Itziar era funcionaria de la Diputación General de Aragón.
Y entonces les dijo que iba a llevar el asunto a los medios de comunicación.
―Firmó su sentencia de muerte ―apuntó Matilda llevándose las manos a la cara.
―Creo firmemente que eso está íntimamente relacionado con su muerte.
―¿Por eso comenzaste a dejar los anónimos? ―preguntó Matilda.
―Le dejé anónimos a usted porque no quería que se tragara la farsa que montaron.
Estoy convencida de que esos malnacidos que dirigían ZOFAZASA encargaron la muerte de mi amiga.
Pero yo estaba muy asustada ―dijo mirando el suelo―.
Viendo lo que habían hecho con ella no quería exponerme.
Le dejé anónimos a usted intentando proteger mi identidad a toda costa, hasta que este señor me ha descubierto ―dijo señalando a Juan―.
También le di toda la información a Alfonso Campo, el director del principal periódico de la ciudad, le di todo, certificaciones, nombres, cargos; pero no hizo absolutamente nada.
―Interrogué a Alfonso Campo, lo tengo por un asunto de cuernos, cantó todo que tenía que cantar.
Me dijo que una mujer le daba la información y el muy cretino se la daba a un anarquista de la Magdalena, que escribe un panfleto reivindicativo que leen cuatro gatos.
Alfonso Campo es próximo al partido progresista y te estuvo usando para poner nerviosos a los conservadores que estén metidos en este asunto, aireándolo a pequeña escala pero sin intención de ir a mayores.
Es un juego perverso donde ninguno de los dos partidos políticos pierde nunca.
―Me la estuve jugando para nada, peor aún, me la he jugado para que ellos puedan seguir con sus malditas intrigas.
―Eso no es cierto ―dijo Juan―. Tus anónimos me han abierto varias vías de investigación. Los relacioné con la información acerca de las certificaciones de la Zona Franca, y eso me llevó a Alfonso Campo. Tengo a ese tío agarrado por las pelotas y podremos usarlo.
―¿En qué sentido? ―preguntó Marta.
―Todo a su debido tiempo.
―¿Fue al colegio de Nuestra Señora del Pilar?
El rictus de Juan se endureció y su corazón se aceleró.
―Sí. Vi las orlas colgadas en el pasillo de los recuerdos. Daniel Hidalgo y Artajona son amigos de la infancia.
―¡Malditos malnacidos hijos de perra! ―gritó Matilda abandonando sus exquisitos modales y sorprendiendo a los presentes. Intentó serenarse encendiendo un cigarrillo con mano temblorosa. Un par de caladas profundas y un silencio pesaroso―. Disculpad mi comportamiento.
―No hay nada que disculpar ―dijo Juan.
Matilda suspiró.
―Esa gente miserable ha matado a mi niña solo para poder robar… Son unos vulgares ladrones…
―No creo que sean unos vulgares ladrones ―la contradijo Juan.
―Ya sabemos quiénes son.
―Aún faltan cosas por averiguar, no todo es tan fácil como parece.
―Escuche detective, le prometí cinco millones de pesetas si me daba los nombres de los asesinos de mi hija ―Matilda miraba intensamente a Juan―.
Ayer vendí una casa que poseía en Santander, un viejo vestigio de la época dorada de mi familia, cuando vivíamos como burgueses y mis ancestros ocupaban cargos de relevancia en la administración del Estado.
Todo eso quedó ya en el pasado. Me han pagado veinte millones de pesetas por ella.
―Silencio. Juan aguantaba la mirada de Matilda.
En otro tiempo y en otro lugar quizá la hubiera seducido, o a lo mejor ella le habría seducido a él―.
Le pagaré veinticinco millones de pesetas si les hace pagar por lo que le hicieron a mi hija.
Quiero que no vuelvan a ver otro amanecer.
Juan sacó algo de su cartera, y comenzó a escribir con un bolígrafo encima. Cuando terminó se levantó y tendió el papel a Matilda.
―¿Qué es esto? ―preguntó.
―Es un cheque por valor de medio millón de pesetas, el dinero que usted me dio cuando vino a mi apartamento a encargarme el caso. Voy a hacer esto gratis. Le juro por mi hija que haré que los culpables paguen.
Juan se dirigió a la puerta.
―Una cosa más, de ahora en adelante olvídense de esto, no hablen con nadie del asunto, ni si quiera lo piensen. Y olvídense de mí. Seguramente ya no me volverán a ver.
―¿Cómo sé que cumplirá su palabra y hará que esos malditos paguen? ―preguntó Matilda.
―Lo sabrá ―dijo Juan, tras lo que se marchó de allí, y se perdió como una sombra en mitad de la madrugada.