Luces de ciudad Chapter 25 #2
69%

Chapter 25 #2

―Era mi amiga, mi mejor amiga, coincidimos estudiando la carrera de Ingeniería Técnica Industrial en la Universidad de Zaragoza.

Las dos estudiábamos la rama de Química.

Cuando acabamos la carrera intentamos buscar un buen trabajo en alguna de las fábricas de la ciudad, pero nos dimos cuenta que la industria no era lo nuestro.

Horarios larguísimos, jefes duros… en fin.

―Espera un momento… ―Matilda se incorporó y encendió la luz de la hermosa araña que colgaba del techo, se acercó a la mujer y se llevó las manos a la boca―. Dios mío ―dijo entrecortada―, Dios mío, eres Martita…

La mujer asintió y se incorporó, ambas se fundieron en un abrazo, llorando, refugiándose la una en la otra.

―Has cambiado mucho cariño, déjame que te vea bien ―cogió con las manos su rostro― estás preciosa.

―No se preocupe Matilda, es normal que no me reconociera, la verdad que no me parezco mucho a la joven que fui. Llevo haciendo ejercicio más de veinte años, casi tantos como los kilos que he perdido.

Ambas mujeres compartieron un silencio cómplice, recordando viejos tiempos, cuando Martita iba a buscar a Itziar a casa para ir juntas hasta la universidad, y también aquellas sobremesas cuando las dos jóvenes bajaban a comer a su casa porque tenían alguna práctica de laboratorio por la tarde, y preferían la comida casera de Matilda a las comidas del comedor de la universidad.

―Doy fe de que está en forma ―apuntó Juan.

―Martita, eras tú la que me dejaba los anónimos ―volvieron a abrazarse―, ¿pero por qué?

―Déjeme seguir con mi relato y lo entenderá.

―Por supuesto, disculpa cariño, continúa.

―Al ver el panorama que nos esperaba en las fábricas de la ciudad, decidimos opositar a la joven Diputación General de Aragón.

Habíamos oído hablar de que aunque se cobraba menos que en el sector privado las condiciones de trabajo eran mejores.

Así que ahí que fuimos, nos apuntamos a una academia donde nos preparamos la oposición.

Al año nos presentamos, Itziar aprobó a la primera, a mí me costó más; pero también conseguí entrar.

Pasamos años en nuestros primeros destinos y después llegó para Itziar la oportunidad envenenada.

Le ofrecieron un puesto en una empresa pública, muy buen sueldo, pero mucha responsabilidad ya que la empresa se creó para gestionar un gran proyecto político.

La empresa se llamaba ZOFAZASA y su fin era gestionar la creación de la Zona Franca de la ciudad.

―ZOFAZASA ―susurró Juan pensativo―. Disculpe, continúe por favor.

―Itziar y yo ya no éramos inseparables como en los tiempos de la universidad, nos veíamos menos, pero seguíamos siendo amigas íntimas.

Al principio todo iba bien, la pusieron al frente de la oficina técnica encargada de la supervisión de los proyectos.

Cuando todo estuvo diseñado, ella fue la encargada de dar el visto bueno a los diferentes proyectos técnicos que definían la gran obra que se iba a ejecutar, y lo hizo.

Las obras comenzaron, toda la maquinaria comenzó a funcionar, y conforme las obras avanzaban el carácter de Itziar cambió.

Solíamos quedar a comer un par de veces al mes, y noté como su carácter risueño se iba evaporando.

Yo le contaba mis problemas y ella asentía en silencio, estaba ausente.

Después durante varios meses me dijo que andaba muy liada y que no podía quedar.

Me extrañó, me sonó a mala excusa, ¿cómo no iba a poder comer una vez al mes conmigo?

Un día fui a buscarla al trabajo, cuando me vio me sonrió, tomamos un café y hablamos un rato.

Le pregunté que qué le pasaba. Ahora ya no estaba ausente, sino nerviosa y concentrada en algo, se lo noté.

Me dijo de quedar ese día a cenar, le dije que sí, claro.

Nos encontramos en una hamburguesería por la zona de la universidad donde solíamos ir cuando estudiábamos.

Llegó demacrada, nunca la había visto así, tengo que contarte algo, me dijo, y se echó a llorar.

Yo la consolé, la abracé, pareció tranquilizarse un poco.

Y entonces comenzó a contarme lo que la estaba destrozando por dentro.

Una vez acabada la ejecución de proyectos e iniciadas las obras de la zona franca, le habían encargado la dirección de las obras.

Iba a campo y comprobaba la ejecución, que todo se hiciera correctamente según los reglamentos y normativas, resolvía dudas de ejecución, y bueno, cosas de ingenieros, ya os podéis imaginar.

Y al final de mes llegaba la parte más peliaguda de su trabajo: controlar y firmar las certificaciones de obra.

Son los documentos que certifican lo que se ha ejecutado, previos a la emisión de la factura por parte de la constructora.

Un día fue a comprobar lo realizado durante el primer mes de obras, hizo mediciones y llegó a la oficina un tanto confusa: los números no le cuadraban.

La certificación que había pasado la constructora era casi el doble a lo realmente ejecutado.

Volvió a campo a realizar de nuevo las mediciones y no había duda, la constructora se había equivocado.

»Itziar solo tenía dos jefes, su superior directo, un ingeniero industrial que ya frisaba los sesenta años, y el propio presidente de la empresa pública, que no solía relacionarse directamente con los técnicos ya que tenía un perfil totalmente político.

Habló con su inmediato superior, el ingeniero industrial, un hombre con poca sangre que entre titubeos le dijo que ya lo revisaría.

Pero no lo revisó, y al día siguiente le dijo que la certificación que había enviado la empresa constructora era correcta, que firmara y que se olvidara.

Itziar se negó en redondo. No iba a firmar algo que evidentemente no era cierto y que además constituía un delito penado con cárcel.

Las obras continuaron y pasó otro mes. La primera certificación seguía sin aprobarse y la constructora envió la segunda.

Itziar repitió el proceso, fue a obra a medir los metros de cable instalado, las farolas colocadas, las canalizaciones de saneamiento y gas, midió todo, y de nuevo los números no cuadraban.

La constructora pasaba casi el doble en todas las partidas.

Se volvió a negar a firmar la certificación.

Y entonces es cuando asomaron la patita.

Una tarde en la que no quedaba nadie en la oficina, Itziar se había quedado para cuadrar horas y poder salir el resto del mes un poco antes, estaba acabando de revisar el proyecto de una nave industrial que iban a levantar en la Zona Franca, cuando el mismísimo presidente de la empresa se plantó junto a su mesa.

Le dijo sin ambages que si no firmaba las certificaciones la iban a separar del servicio.

Eso para ella era el fin del mundo, es prácticamente lo peor que le pueden hacer a un funcionario respecto a su trabajo.

—Dios mío, pobre hija mía —dijo Matilda con lágrimas en los ojos—. Nunca me habló de nada de eso.

—No, no quería preocuparla, ella pensaba que podría lidiar con el asunto ella sola. Si no hubiera sido por mi insistencia ni siquiera yo me hubiera enterado de nada.

—Al menos estuviste con ella y la apoyaste…

—Sí, en todo lo que pude.

Matilda asintió con tristeza, pensando en lo que había sufrido su hija a sus espaldas.

―Pero la amenaza de despido no la amedrentó, al revés, decidió plantarles cara.

Fue a hablar con la interventora jefe del Ayuntamiento de Zaragoza, Rocío Lasala Amez, que era la persona que debía autorizar el gasto tras recibir las certificaciones de obra por parte de ZOFAZASA.

La atendió muy amablemente y le dijo que, por supuesto, que no firmara si no estaba de acuerdo con las mediciones.