Luces de ciudad Chapter 25
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Chapter 25

Una mujer en la noche

Conversación telefónica, suenan los tonos, alguien descuelga, al principio solo se oye estática.

―¿¡Diga!? ―contesta una voz dura.

―¿Vicente Vela?

―¿Quién lo pregunta?

―Soy Juan Sánchez, el detective privado amigo del comisario Garanto.

―Hombre, ¿cómo está el comisario?

―Quiere veros a ti y al otro inspector que vino contigo, lo antes posible.

―¿Qué le pasa, hay complicaciones con algo?

―Lo hablaremos en persona, es por el caso Itziar.

―Joder, lo suponía.

―Venid lo antes posible.

―Podemos estar ahí la semana que viene, si os va bien.

―Cuando vengáis avisarme a mí o a Garanto, ¿ok?

―Ok.

Colgó el teléfono. Vuelve a marcar un número. Varios tonos. Nadie lo coge. Juan cuelga y juguetea unos instantes con el cable. Vuelve a intentarlo.

―¿Sí?

―Comisario, soy Juan, he hablado con uno de los inspectores que llevó el caso, el tal Vicente Vela, vendrá la semana que viene junto con el otro inspector con el que resolvió lo de Itziar.

―Bien, bien. ¿Has averiguado algo nuevo?

―A Yousef le cargaron el mochuelo.

―Ni una puta palabra de esto a nadie, ¿me oyes?

―Lo que usted diga jefe.

―Cuando vengan los de Madrid hablaremos. Estos hijos de puta se van a cargar mi carrera. Mantenme informado de todo lo que averigües—. Y colgó.

Tercera llamada, dos tonos y contesta una voz joven y desafiante.

―¿Sí?

―Soy Juan, el amigo de Txiki, tengo un trabajo para ti, dónde podemos vernos.

―Txiki me dijo que llamarías, podemos vernos en Avenida América con Tierno Galván en una hora.

―De acuerdo.

Colgaron. El chico estaba muy lejos de su zona, a saber lo que estaría haciendo allí, quizá trapichear con los gitanos de Torrero.

Le había dicho a Txiki que le dejara a uno de sus hombres más inteligentes.

En fin, ya se vería si lo era. Cuando llegó a la zona aparcó el coche en un sitio discreto y observó.

Justo en la intersección había un joven de aspecto atlético, intimidante y con cara de duro.

Su nariz estaba bastante castigada. Tenía que ser el hombre de Tkiki.

Salió del automóvil y se acercó hasta él. El chico lo encaró.

―Soy Juan, el amigo de Txiki, tengo un trabajo para ti, es fácil y bien pagado. Solo pido profesionalidad y que no hagas preguntas. ¿Aceptas?

―Sí ―dijo escuetamente el matón.

―Vamos a dar un paseo.

Ambos hombres pasearon por la orilla del canal, los patos nadaban por sus calmadas aguas plácidamente en busca de pedacitos de pan que la gente les arrojaba aquí y allá. Juan se apoyó en la valla y los observó.

―Tienes que vigilar un portal, Gran Vía número veintisiete, durante todas las noches de los próximos siete días.

Es posible que esta mujer ―le tendió una fotografía impresa en papel de la mujer que grabó de espaldas dejando un anónimo en la casa de Matilda―, entre a ese portal y deje algo en el buzón del segundo izquierda.

Tu cometido será seguirla con discreción e informarme de a dónde va.

No hables con ella, no la interceptes, solo síguela e infórmame.

Toma ―le tendió un sobre lleno de dinero que, al abrirlo, lo dejó un tanto anonadado―, esto es para ti, y te daré el doble cuando acabes el trabajo.

Puedes dar con ella esta noche, o puedes dar con ella dentro de un mes, eso no te lo puedo asegurar.

Solo te digo una cosa, si me dejas colgado te joderé vivo por muy boxeador que seas. ¿Lo tienes todo claro?

―Todo claro.

El chico vigilaría por el día y Juan por la noche.

Ideó hacerse pasar por un vagabundo, dormiría arropado por la calurosa noche zaragozana en un portal cercano al de Matilda, y desde allí lo controlaría.

Un vagabundo era prácticamente invisible, la gente los miraba pero no los veía.

Por el día el chico vigilaría desde algún rincón discreto de la calle.

Quería descubrir qué había tras la muerte de esa pobre chica, quería hacerle justicia, o quizá era un egoísta que solo buscaba aplacar su culpa haciendo algo bueno por aquella joven.

Pasaron varios días. Juan iba al anochecer a hablar con Marcos.

El chico le contaba si había visto algo durante la guardia y se despedían hasta el día siguiente.

En seguida comprobó que era de fiar. Txiki le había echado una mano de verdad.

Después, Juan, que se vestía como un auténtico pordiosero, se colocaba en el portal de al lado con una caja de vino barato a la vista y observaba durante toda la noche el trajín de la gente que entraba.

Así llevaban cinco días. Juan pensó que quizá no la pillarían nunca.

Hacía quince días que Matilda había ido a verle para encargarle el caso y en ese tiempo la desconocida había dejado dos anónimos en su buzón.

Más o menos uno a la semana. Pero Juan tenía dudas.

¿Y si ya no contactaba más? En ese caso su pista se perdería y tendría que indagar otros rastros.

Eran las tres de la mañana de una noche anodina entre semana, ni un alma por la calle.

El calor insoportable del día se disipaba con la brisa nocturna que soplaba del Moncayo.

Juan miró el cartón de vino, nunca le había gustado el vino, ni siquiera el caro.

Por un instante se imaginó la terrible resaca que ese caldo barato lleno de sulfitos le produciría y un escalofrío le recorrió.

Y entonces la vio. Era una mujer joven, de unos treinta y muchos años, caminaba sola como una sombra anónima avanzando de portal en portal inquieta y temerosa.

De vez en cuando paraba y observaba a su alrededor, como queriendo captar con sus sentidos algo que desentonara en aquella noche sin luna.

Juan estaba recostado y se hizo el dormido.

La mujer se detuvo a escasos veinte metros de él.

Pareció meterse dentro de un portal, como una sombra furtiva.

Juan le lanzó una mirada disimulada, con los ojos entornados y por un instante juró que ella también lo estaba mirando.

La mujer se removió, y de repente salió corriendo en sentido contrario cruzando la noche como una flecha.

Juan se levantó, tiró el cartón de vino y corrió tras ella a toda velocidad.

La mujer corría como una gacela, por un momento Juan temió perderla en la oscuridad de la noche; pero no, ahí estaba, le sacaba unos treinta metros.

Cruzó una calle justo en el momento en el que pasaba un coche que estuvo a punto de atropellarla, pero en el último instante lo esquivó y siguió su carrera.

Eso le hizo perder tiempo. Juan corría con todas sus fuerzas y sentía como le estaba acortando distancia.

Entraron en Fernando el Católico a la carrera, la chica corría como un demonio.

En Fernando el Católico con Corona de Aragón tropezó con un bordillo y cayó al suelo.

Juan hizo un último esfuerzo y dándole alcance se lanzó sobre ella.

Intentó inmovilizarla, ella se resistió como una leona atrapada.

De repente un brillo metálico en la noche, Juan vio el cuchillo justo a tiempo de esquivarlo, aun así notó como le desgarraba la carne a la altura del bíceps.

Ambos estaban en el suelo, Juan la desarmó antes de recibir otra cuchillada.

―¡Cálmate, no voy a hacerte daño!

La chica seguía revolviéndose y comenzó a gritar pidiendo auxilio Sus alaridos desgarraban la quietud de la madrugada.

―¡Estoy de tu parte, quiero descubrir quién asesinó a Itziar, trabajo para su madre Matilda! ―dijo Juan rápidamente para intentar calmarla.

La mujer dejó de forcejear y Juan la soltó. Se levantó como una gacela asustada.

―¿No me vas a hacer daño entonces?

―No, no, soy un detective privado contratado por Matilda, la madre de Itziar, para  investigar el caso de su hija. Sin duda usted también quiere que se descubra quién la asesinó.

La mujer era bastante atractiva, pelo corto moreno en media melena, y un cuerpo fibroso fruto sin duda de hacer deporte. Sus ojos marrones se clavaban en Juan sin saber muy bien a qué atenerse.

―¿Cómo sé que no trabaja para ellos?

Esas palabras resonaron en su mente.

―¿Quién son ellos?

La chica negó con la cabeza.

―No le voy a decir ni una palabra hasta que no demuestre quién es usted.

―De acuerdo, tengo una idea, sígame, andaremos por la calle, guarde una distancia prudencial respecto a mí si así está más tranquila, la llevaré a hablar con una persona que sin duda le dejará claro de qué lado estoy.

Anduvieron una tras el otro, desandando el camino.

―Es aquí ―dijo Juan, y llamó al portero automático varias veces.

La voz somnolienta de Matilda contestó.

―¿Quién llama a estas horas?

―Matilda, soy Juan, tengo a mi lado a la persona que le ha estado dejando los anónimos.

Silencio.

―Subid ―dijo al fin.

Matilda abrió la puerta de entrada, estaba en pijama. Miró calmadamente a Juan y después observó a su invitada.

Les indicó que pasaran al salón donde tomaron asiento en los sillones.

La luz amarillenta de una mesita alumbraba tenuemente la confortable estancia.

Matilda estaba tensa, pensando que tenía enfrente a la única esperanza de encontrar la causa de la muerte de su hija, pensando también que quizá esa mujer fuera un fraude, alguien que solo estaba jugando con su dolor.

―Bien, explíquese ―rogó Matilda.

La mujer miró a ambos, dudó, titubeó y después habló.

―A usted la conozco pero a este hombre no lo he visto en mi vida.

―Este hombre se llama Juan Sánchez, y es un detective privado a quien he contratado para que me ayude a encontrar a los asesinos de Itziar.

―Mire ―Juan sacó su documento de identidad y se lo mostró―. No tiene nada que temer.

La mujer observó el documento, comprobó que el de la foto era él, después se levantó y paseó lentamente hasta que llegó a la foto de una Itziar risueña y radiante.