Luces de ciudad Chapter 24 #3
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Chapter 24 #3

―Y a mí también me pagarás bien.

―Claro, ¡cómo no!

―Está bien ―Txiki se encendió un habano, después sacó un trozo de papel y escribió un número de teléfono―. Se llama Marcos, dile que vas de mi parte, estará avisado.

Silencio. Ambos hombres siguieron paseando.

Un tráiler cargado de perfiles de aluminio pasó rugiendo junto a ellos, aminoró la marcha según se acercaba a la esquina donde una prostituta hacía su trabajo.

Tras una breve negociación la chica subió al tráiler, y al poco rato los muelles de la cama de la cabina comenzaron a rechinar.

Txiki dio un par de caladas al habano, consumiéndolo y haciendo saltar chispillas anaranjadas.

―Te iba a llamar por un tema relacionado con el hermano de Yousef.

―¿Por Ahmed? ¿Le ha pasado algo?

―No, no, el chico está bien; pero me ha contado algo que pasó la noche que aquellos dos hombres fueron a hablar con su hermano.

Juan buscó en su cartera unos cuantos billetes para refrescarle la memoria.

―No hace falta que me des nada.

―¿Y esa novedad?

―Esto lo hago por el chico, no quiero que le pase nada malo.

―Habla.

Siguieron andado. Las farolas ya comenzaban a encenderse desparramando su luz amarillenta de vapor de sodio sobre las calles de Cogullada. El polígono estaba casi vacío, preparado para recibir las tinieblas, y solo quedaba cierta actividad en alguna gran fábrica con turno de noche.

―Ahmed contó que dos hombres fueron la víspera del asesinato de Itziar a hablar con su hermano; pero que no se enteró de lo que hablaron porque estaba escondido debajo de la cama de su cuarto y no les escuchó.

―Eso es lo que anoté en mi cuaderno de notas.

―Pues sí que los escuchó.

―La madre que lo parió. ¿Por qué lo ocultó cuando hablamos la otra vez?

―Tú qué crees, estaba asustado, viniste persiguiéndolo desde su casa, no te iba a contar su vida así de primeras.

―¿Y a ti?

―A mí en su momento me contó que dos tipos muy jodidos habían ido a hablar con su hermano de madrugada; pero yo no hago tantas preguntas como tú amigo. Lo dejé estar.

―¿Qué le dijeron a Yousef?

―Fueron a avisarle de que iban a hacer una operación antidroga y que lo iban a detener.

Que cogiera todo lo que tuviera y que escapara inmediatamente.

Hablaron de Marsella, le dijeron que se escondiera allí con sus amigos de la mafia.

También le dijeron que la policía iba a hacer controles en la carretera de Barcelona.

―O sea que lo enfilaron hacia Francia por el Pirineo, donde lo estaban esperando.

―Le tendieron una trampa.

―Si eso es verdad, Yousef era inocente.

―Yo no sé nada Juan, ni quiero saberlo, solo quería contarte esto por si puedes joder a esos cabrones; pero tú a mí no me conoces, ni te he contado nada, y ni se te ocurra hablar de Ahmed a nadie, ni de mí, ni de este gimnasio. Yo y mi mundo no existimos.

―Lo entiendo.

Txiki lo acompañó hasta el coche.

―No quiero volver a verte por aquí a no ser que vengas a entrenar ―dijo sonriendo con el puro entre los dientes.

―Puede que lo haga ―un sonrisa fugaz cruzó su rostro―. ¿Te acuerdas cuando entrenaba contigo?

―Los viejos tiempos.

―Los buenos tiempos.

―El tiempo ha pasado para todos ―se lamentó Txiki―. El muy cabrón no respeta a nadie.

Silencio. Varias caladas y humo a la noche.

―Txiki.

―Qué.

―Gracias.

―Cuídate. Y ten cuidado.

El motor del Mercedes rugió. Por el retrovisor iban quedando atrás las calles del viejo polígono industrial, y también el reflejo de su amigo, quieto, observando cómo se alejaba, como un vestigio antiguo del barrio, condenado a quedarse donde todo empezó, siendo fiel a los códigos de siempre, a lo que es y a lo que será.

Las viejas fábricas parecieron fundirse en una masa informe y gris, y dejó atrás la seguridad de las peligrosas calles de su viejo barrio para adentrarse en la zona centro de la ciudad.

Sintonizó en la radio la emisora de José María García.

Hablaba de que cómo era posible que Javier Clemente hubiera llevado siete defensas al mundial, que se había equivocado tácticamente y que los cambios que había realizado no eran los más adecuados.

Después de darle un repaso al seleccionador español pasó a criticar a José Ramón de la Morena, su antítesis como locutor.

Le acusaba de haber realizado un escaso seguimiento de la copa del  mundo.

Juan se relajaba con la voz medida, entrecortada y soberbia del prócer periodístico.

Cuando llegó a su apartamento se desnudó, quedándose en ropa interior, y se tumbó en la cama.

Por la ventana del dormitorio entraba la luz blanquecina de una luna mentirosa y creciente.

Se quedó ahí un rato, mirando por la ventana la ciudad, sus luces, su gente.

Había algo gordo en el caso de Itziar, alguien había incriminado a ese pobre desgraciado de Yousef, un moro que no le importaba a nadie.

Había algo turbio tras la muerte de Itziar e iba a llegar hasta el fondo de todo aquello. Se lo debía.

Lo haría por ellas, por ellas, por ellas, por Itziar y por Clara, por Clara…