Luces de ciudad Chapter 24 #2
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Chapter 24 #2

El conserje desapareció en busca de algún responsable que pudiera atender al representante de la editorial.

Juan se dirigió hacia el pasillo, entró en él, era bastante largo, a ambos lados se abrían puertas de despachos, también había bancos verdes acolchados y papeleras con cenicero en la parte superior.

Contempló todo y se preguntó qué de todo aquello le podía proporcionar algo de información.

«Las respuestas que está buscando se encuentran en el pasillo de los recuerdos del colegio Nuestra Señora del Pilar ».

Susurró. Y entonces cayó en la cuenta, ahí estaban, las tenía delante: las orlas con las fotografías de todos los alumnos que habían pasado por el colegio ordenadas por promociones.

Paseó entre ellas, eran docenas y docenas.

Pensó en qué información tenía hasta el momento referente al caso Itziar, la mujer anónima había dejado primero los versos del marqués de Sade, después eso de « todos para uno y uno para todos », acompañado del panfleto de Lucas, y por último el aviso de que las respuestas que estaban buscando se hallaban en aquel lugar.

¿Qué había en común entre las tres pistas?

Tuvo una intuición muy fuerte y la siguió.

Comenzó a mirar las orlas de la década de los años cuarenta y después siguió por los años cincuenta.

Buscaba por la letra hache orla tras orla.

En la zona de la recepción ya se oían ruidos.

Siguió buscando a toda velocidad sabedor de que el tiempo se le agotaba.

Nombres, nombres y más nombres hasta que al fin, ahí estaba el que buscaba: Daniel Hidalgo.

El prohombre que esquilmaba el dinero público destinado a la ampliación de la zona franca de la ciudad, era un jovenzuelo imberbe de mirada ingenua y acné rebelde poblando su aniñado rostro.

Juan sacó su pequeña cámara fotográfica Polaroid y echó varias fotos a la orla.

Justo cuando se la metió de nuevo en el bolsillo apareció el secretario del centro.

―Disculpe, ¿es usted el representante de la editorial?

―¿Yo? No, no, se equivoca, yo salgo de una tutoría, hasta luego ―dijo caminando dignamente hacia el exterior del colegio.

Salió al exterior y se metió en su vehículo.

Condujo hasta su casa, aparcó y se metió en la tasca de Ramón.

Un JB con hielo y un bocadillo de calamares para comer.

Después subió a casa y se encerró en su pequeño despacho.

Sacó las fotografías obtenidas con su Polaroid, había hecho varias fotos a la misma orla para poder ver los nombres con claridad.

Comenzó a recorrer, uno por uno, a todos los compañeros de Daniel Hidalgo, la mayoría hijos de familias con dinero, los apellidos de aquella orla eran los apellidos que llenaban los telediarios y los periódicos de la ciudad.

Entonces vino el terremoto. Vio un apellido que lo removió por dentro.

Se quedó asumiendo las posibles implicaciones durante unos instantes, y siguió repasando apellidos.

Enrique Tremollez, un abogado penalista de primer nivel, y Juan Velardo, un empresario y director de la caja de ahorros de la ciudad.

Después dio con uno de los peces más gordos del acuario, el querido alcalde de la ciudad: Juan Antonio Artajona Humeral.

«Esto se pone interesante, menuda cuadrilla de hijos de puta que se juntaron en aquella clase».

Las piernas aún le temblaban tras la lectura de uno de los apellidos.

Se obligó a levantarse. Sacó su vieja pizarra, que apoyada en un rincón había visto tiempos mejores, la colocó junto a la mesa y comenzó a hacer un mapa conceptual de todo lo que sabía hasta la fecha.

« Yousef era un traficante y un confidente de la policía, o al menos eso dice el chico al que protege Txiki.

El atestado policial es bastante sólido contra él.

Seguramente lo mataron en la cárcel, no fue un suicidio, la pregunta es quién lo mató y por qué.

Hay varios cabos sueltos que tengo que atar por este extremo.

Por otro lado tenemos los anónimos. ¿Quién es esa mujer que los está dejando y qué le mueve a hacerlo?

Esa mujer es conocedora de lo que está haciendo Daniel Hidalgo a la cabeza de ZOFAZASA, aprobar certificaciones de obra hinchadas para que luego ZOFAZASA pague con dinero público esos importes, dinero que evidentemente retornará a los corruptos a través de pagos realizados por la constructora contratista en efectivo o por otros medios.

Alfonso Campo, el director ejecutivo del periódico más potente de la ciudad, es solo un secundario de lujo, listo y ladino, que aprovecha la información que la mujer misteriosa le entrega para presionar al partido conservador usando a su vez al joven Lucas, un fumeta idealista.

Si la mujer misteriosa conoce de verdad todo el asunto, hay una conexión obvia entre las certificaciones hinchadas y Daniel Hidalgo, y a su vez hay una conexión con el asesinato de Itziar».

Juan escribió en una parte central del esquema el nombre de Daniel Hidalgo, y lo subrayó. «Amigo, eres el próximo al que voy a conocer».

Pero antes tenía otros asuntos que atender.

Por la tarde quedó con Martínez Alonso, el promotor celoso que quería despellejar a Alfonso Campo.

Juan se reunió con él en una cafetería de la calle Almagro, cercana a su domicilio y a las oficinas de su promotora.

Le contó que tenía todos los datos del amante de su mujer; pero que no se los iba a dar, y que no solo eso, le indicó que si algún otro investigador se los proporcionaba se aseguraría de que la Policía Nacional investigara a ambos por asesinato.

Antes de que Martínez Alonso estallara de ira lo apaciguó diciéndole que no obstante si el tipo volvía a frecuentar a su mujer le daría hasta la talla de sus pantalones.

El promotor hubiera preferido otra cosa, pero entendió que no podía excederse, o más bien que si lo hacía debería recurrir a matones y no a un detective. Calló y tomó nota para la próxima vez.

Se dirigió al polígono de Cogullada. Dejó el coche aparcado al lado de un tráiler y pisó el calenturiento asfalto.

Los humos de la industria papelera subían hasta el cielo anaranjado del atardecer, mientras los obreros y oficinistas salían de las viejas naves dispuestos a gastar su poco tiempo libre, en bares, en gimnasios o en sus pequeños pisos arrabaleros viendo la tele o leyendo novelas del Círculo de Lectores.

El aire olía a azufre y a grasa industrial.

Juan entró en la nave de Txiki. Un grupo de chicos estaban entrenando con él, novatos a los que estaba enseñando a andar con la guardia subida.

El hermano de Yousef entrenaba sólo en un rincón, estaba haciendo sombra delante de un espejo.

Se quedó viéndolos plácidamente, recordando los buenos tiempos, cuando él entrenaba con Txiki y los miércoles tocaba guanteo en el ring.

Subía a guantear con tipos bastante duros que golpeaban como si llevaran una piedra en el puño; pero se peleaba bien, con casco, vaselina, y con Txiki haciendo de árbitro y parando el combate cuando a alguno le entraba algún golpe que lo dejaba un poco traspuesto.

Txiki lo miró desde su posición y torció el gesto. Se acercó hasta él.

―Parece que barruntabas que te iba a llamar ―le dijo Txiki―. Anda, vamos a dar una vuelta por el polígono. Ambos salieron al exterior, andando por las maltrechas aceras llenas de suciedad.

―¿Para qué has venido?

―¿Para qué me ibas a llamar?

―Tú eres el que has venido a mí, contesta primero ―sentenció Txiki.

―Necesito a uno de tus chicos para un trabajo, nada de violencia, solo vigilar y hacer un seguimiento. Quiero que sea el chico en el que más confíes, alguien inteligente, por supuesto le pagaré bien.