Luces de ciudad Chapter 24
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Chapter 24

Nuestra Señora del Pilar

A la quinta al fin le cogió el teléfono.

Quedaron en una cafetería del centro. Ella estaba preciosa.

Llevaba el pelo recogido en un moño y vestía una camiseta de tirantes que dejaba al aire su precioso cuello, enmarcado por unos hombros firmes fruto del ejercicio físico.

Sus grandes ojos le miraban esperando una explicación.

―Me llamo Juan, era inspector de la Policía Nacional hasta que un borracho atropelló a mi hija Clara yendo al colegio tras soltarse de mi mano.

A partí de allí dejé a mi hermosa mujer, me echaron del Cuerpo Nacional de Policía y bajé a los infiernos.

Me gano la vida como detective privado resolviendo principalmente casos de maridos celosos y esposas infieles.

Soy un pobre diablo que circula por la ciudad preguntándose todos los días qué me impulsa a seguir con vida.

Hace cosa de unas semanas una mujer vino a mi piso y me encargó un caso diferente.

Era la madre de Itziar Cestero Acón, una joven cuyo mediático caso llenó todos los medios de la ciudad hace menos de un año.

Está convencida de que el caso no se resolvió, que los culpables andan en libertad, y me encargó que lo investigara.

Es lo más importante que he hecho desde que murió mi hija, y no sé el porqué, pero creo que llegar al fondo de este caso es una redención para mí.

Creo que hacerle justicia a esa chica aliviará mi carga por la muerte de mi hija.

Un día a la madre de Itziar le dejaron en su buzón el panfleto que edita tu amigo, y seguí su pista hasta que te encontré en aquel bar. El resto ya lo sabes.

Pilar echó la cabeza hacia atrás, buscando aire, asimilando todo aquello.

―Si esto es mentira creo que deberías buscar trabajo como guionista de cine en vez de como detective.

Juan sonrió.

―Perdóname por haberte engañado, no debí hacerlo.

―¿Te acostaste conmigo para conseguir el contacto de Lucas?

―Me acerqué a ti para llegar a Lucas, no lo negaré. Pero desde el primer momento noté que podría enamorarme fácilmente de ti. Como así ha ocurrido.

Silencio.

―Te perdono ―dijo Pilar.

―Entiendo que no quieras volver a verme, es más, lo mejor que podrías hacer es no verme más, eras una chica joven, inteligente, tienes luz propia y un futuro prometedor, alguien como yo no te conviene.

Yo sería el agujero negro que se tragaría esa luz.

Tienes que vivir muchas cosas que no podrías con alguien como yo a tu lado.

En fin ―Juan se levantó de la mesa y le dio un beso en la frente―.

Siento mucho si te hice sentir mal. Te deseo lo mejor, de verdad.

Cuídate. ―Y se marchó de la cafetería cabizbajo y ausente.

Enseguida su pensamiento volvió al caso.

Tendría que darle largas a Martínez Alonso, o mentirle, decirle que el guaperas con el que se la pegaba su mujer se había ido de la ciudad huyendo de las posibles consecuencias.

Ya vería. También tenía que llamar a Vicente Vela, uno de los dos inspectores que mandaron de Madrid para resolverle el caso al comisario Garanto.

Ese tema era peliagudo. Olía a que habían incriminado a Yousef para salvarle el culo a Garanto, y claro, habían usado a un confidente de la policía fichado por narcotráfico, le habrían prometido esto o lo otro, y quizá luego lo habían liquidado en la cárcel para no dejar cabos sueltos.

Toda esa porquería se la dejaría al comisario Garanto, lo suyo era encontrar a los verdaderos asesinos de Itziar.

La tarde caía sobre una ciudad casi desierta, el sopor se estaba adueñando de él.

Fue al bar de Ramón y se sentó en un taburete en la barra.

«Ponme de cenar lo que quieras, lo que te haya sobrado del día».

Le dijo a Ramón. A su lado dos hombres jóvenes de unos treinta y pico años, trabajaban en una fábrica del área metropolitana en la que hacían piezas de lavavajillas, hablaban de que iban a despedir a la mitad de la plantilla, cosas de la crisis les habían dicho.

Miraban la televisión con la mirada perdida y de vez en cuando daban sorbos al cubata.

Los soniditos de la máquina tragaperras eran la música de fondo del bar.

Un hombre de avanzada edad pulsaba las teclas de la máquina con una mano mientras con la otra trajinaba un tubo de cerveza.

De vez en cuando caían algunas monedas produciendo un pequeño estrépito.

Ramón le sacó un JB con hielo mientras le apañaba una cena decente.

Juan se relajó. Dejó su mente en blanco y dio unos cuantos sorbos al whisky.

El ambiente arrabalero parecía cubrirlo como un manto protector.

Era donde alguien como él se sentía cómodo y seguro.

Al rato Ramón le puso sobre la barra una ración de calamares y un plato con un par de croquetas y unas rebanadas de pan.

«Su cena marqués, que aproveche». Le dijo.

Juan cenó despacio, los calamares estaban algo blandos pero se podían comer, las croquetas estaban bastante ricas.

Pensó en Pilar, esa chica sin duda se merecía alguien mejor que él, y de su edad.

Acabó la cena y aún se quedó ahí un rato más, sin hacer nada en especial, solo viendo como sus vecinos se relacionaban entre sí, reían y se contaban sus penas.

Ya de noche subió a su apartamento. El teléfono estaba sonando.

Descolgó. «Juan, han dejado un nuevo anónimo, es mejor que venga».

La voz de Matilda al otro lado del teléfono le estremeció.

«Voy para allá». Le contestó. Bajó a la calle, dos jóvenes estaban trapicheando al lado de su coche.

Cuando lo vieron se alejaron. El motor del Mercedes rugió.

Condujo sin percances hasta la vivienda de su clienta.

Aparcó por la zona del Huerva y subió a su piso.

«Pase». Matilda le franqueó la puerta. De nuevo el aroma a fragancia cara y ese ambiente melancólico y elegante que lo envolvía todo en aquella casa.

Lo precedió hasta el salón, ahí cogió una carta de un estante de la hermosa librería y se la tendió:

«Todos para uno y uno para todos.

Las respuestas que está buscando se encuentran en el pasillo de los recuerdos del colegio Nuestra Señora del Pilar».

Ambos guardaron silencio. «Colegio de Nuestra Señora del Pilar». Susurró Juan.

―¿Qué es el pasillo de los recuerdos? ―preguntó.

―Usted es el detective ―le respondió Matilda―. No lo sé, lo que sí que sé es que es un colegio privado donde la élite de la ciudad suele mandar a estudiar a sus vástagos.

Juan asintió en silencio.

―¿Quién cree que nos está dejando todas estas pistas? ―preguntó Matilda―. Y sobre todo, ¿por qué?

―Todavía no tengo una opinión al respecto, ni tan siquiera sé si lo que nos dice es fiable; pero es casi lo único que tenemos.

―¿Casi lo único?

―El otro rastro está en Yousef y su entorno, hay ciertas cosas que averiguar aún sobre lo que ocurrió antes de su detención a manos de la Guardia Civil por la zona de Bielsa.

Tras escuchar atentamente al detective, Matilda pareció replegarse sobre sí misma, ensimismada, con sus ojos clavados en la fotografía de Itziar, fumando, distante. Juan, respetuoso, se despidió de ella, tenía trabajo que hacer y pistas que seguir.

***

Un día entre semana por la mañana. El colegio se encontraba en la zona sur de la ciudad, bajo una colina y rodeado de bosque.

Quedaba fuera de la red de autobuses públicos urbanos, ahí solo se podía llegar en coche o con los autobuses privados del propio colegio.

Juan lo observaba desde la carretera que discurría bajo la colina, campos de fútbol, de baloncesto, pabellón deportivo y dos grandes edificios construidos en los años ochenta.

Fue en aquellos años cuando la orden religiosa de turno había vendido los suelos que poseían en el centro de la ciudad, y teniendo visión de futuro se había instalado en ese nuevo lugar.

Se metió en el Mercedes y condujo hasta la entrada del colegio.

Había una puerta enrejada enorme y otra más pequeña de acceso peatonal.

Justo al lado había un portero automático.

Llamó. «¿Qué desea?». Dijo una voz femenina sin un atisbo de empatía.

«Vengo de la editorial Libertad, traigo los listados de libros para el año que viene».

La puerta se abrió. Cruzó los campos de futbol y se metió en el edificio que tenía el aspecto de ser el preferente, llegó a recepción y volvió a contar el cuento de la editorial, el conserje le dijo que esperara, que iba a buscar al secretario o a alguien que le pudiera atender.

―Disculpe, me han hablado de que aquí hay un lugar al que llaman el pasillo de los recuerdos…

El conserje le interrumpió con una espontánea risotada.

―Ese es el nombre que dan los exalumnos al pasillo donde están las orlas, ahí a mano derecha ―dijo señalándole el camino.