Luces de ciudad Chapter 23 #3
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Chapter 23 #3

―Zona Franca de Zaragoza Sociedad Anónima, cuyo acrónimo es ZOFAZASA, dirigida por uno de los tipos con más contactos de la ciudad, Daniel Hidalgo, un prohombre con todas las letras que ha sido Abogado del Estado y miembro del consejo de administración de Red Eléctrica y de Renfe.

―La información que le proporciona esa chica le puso la jugada en bandeja.

―Nosotros tenemos intereses con el partido progresista, eso no es un secreto para nadie.

―No, no lo es.

―Daniel Hidalgo mantiene unas buenísimas relaciones con el partido conservador, y justo ahora el gobierno autonómico está inmerso en la creación de una gran empresa pública que aglutine todos los servicios medioambientales de la comunidad, limpieza de bosques, extinción de incendios, protección civil, ya sabes.

―Una forma de controlar el mundo rural.

―La posibilidad de meter arbitrariamente a gentes de los pueblos en las brigadas de trabajo, eso es asegurarse sus votos, si aseguras sus votos aseguras la obtención de concejales y de alcaldes, y si obtienes a los concejales y alcaldes tienes a las diputaciones provinciales, que es donde está el dinero.

―Pero claro, todos quieren ese pastel, ¿no?

―El partido conservador quería el control total de la empresa y eso no lo podíamos consentir.

―Y entonces llegó la desconocida con esas certificaciones infladas.

―Correcto.

―Pero usted no las iba a publicar en su medio de comunicación hegemónico ¿verdad?

Alfonso Campo se echó a reír.

―Por supuesto que no, el juego político es así, en los partidos siempre hay gente corrupta, en todos, cuando tienes el conocimiento de que eso ocurre, cuando tienes esa baza, entonces es cuando tienes que saber jugarla en tu propio beneficio.

Sospechamos que detrás de Daniel Hidalgo hay gente importante del partido conservador.

Juan captó que cuando dijo «sospechamos», realmente estaba diciendo «sabemos con certeza».

―Y fue a decirles la carta que tenía a los jefes del partido progresista, y ellos le explicaron el asunto que les tenía ahora entretenidos, el tema de controlar la nueva empresa pública.

Alfonso Campo dio un sorbo al café, después una calada larga al cigarrillo que sostenía en alto. Su silencio confirmaba lo que Juan había supuesto.

―Y decidieron mover esta información a pequeña escala, entre idealistas de extrema izquierda que piensan que pueden cambiar el mundo.

De nuevo un silencio confirmatorio.

―Es un aviso a navegantes ―dijo al fin el periodista―. O comparten el poder de la nueva empresa, o vamos con esto en la primera página y en prime time de todos los medios de comunicación del grupo.

―¿Y cómo va el asunto?

―De momento sabemos que están incómodos con esto y se preguntan de dónde viene esta información, estamos dejando que se pongan nerviosos, luego una pequeña insinuación al nivel político adecuado y sabrán claramente lo que hay.

―¿Y si no aceptan compartir el control de la empresa pública?

―Lo harán, hoy por ti mañana por mí. El juego es así.

Juan sentía repugnancia de ver cómo funcionaba el sistema.

Un medio de comunicación vendido a un partido a cambio de publicidad millonaria, y una cuadrilla de buitres que solo buscaban asegurarse dinero y poder para seguir con sus chanchullos.

Así eran las cosas, la inmensa mayoría de la sociedad no lo sabía; pero él sí, y eso hacía que cada vez creyera menos en nada.

Aunque a veces pensaba que ya en la antigua Roma había senadores corruptos, que el ser humano es así y que quizá el sistema, aún lejos de ser perfecto, no estuviera tan mal.

Se relajó jugueteando con su cajetilla de fósforos.

Tenía que poner el terremoto sobre la mesa.

―¿Qué sabe de Itziar Cestero Acón?

Alfonso Campo lo miró confundido.

―¿La chica a la que asesinaron?

―Sí.

―Pues sé todo lo que salió en prensa naturalmente, pero no entiendo por qué me pregunta esto, ni qué relación tiene con todos los asuntos de los que hemos hablado.

Juan le miró a los ojos, en ellos había confusión, su instinto le decía que aquel hombre no sabía nada de la relación entre Itziar y la información que le estaban dando a Lucas.

―Puede irse, pero como se le ocurra hablar con alguien de este encuentro, o joder al pobre chico al que le está haciendo llegar la información, le aseguro que Martínez Alonso sabrá hasta la talla de sus calzoncillos.

Alfonso Campo se levantó, digno, peligroso, y miró a Juan como un patrón de velero mira alejarse una gran tormenta que más o menos le ha dejado ileso.

―Espero no volver a verle jamás ―se despidió.

—Una cosa más —dijo Juan, y sus ojos brillaban de indiferencia—.

Puede que un día le vuelva a llamar, esté atento, no le contaré nada, ni si quiera hablaré con usted, tan solo pronunciaré el nombre de Itziar.

Si eso ocurre, usted ya sabrá lo que tiene que hacer.

Si no coge el teléfono un brutal promotor tendrá todos sus datos en menos de cinco minutos. ¿Lo ha entendido?

Alfonso Campo asintió lentamente, tras lo que salió de allí como alma que lleva el diablo.