Luces de ciudad Chapter 23 #2
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Chapter 23 #2

Juan señaló una cafetería próxima. Entraron. Un camarero mal encarado tras la barra y un par de oficinistas con traje tomando café. De fondo suena una cadena de la radio, emite canciones y de vez en cuando anuncios locales.

―Pídame un café con leche ―dijo Juan tomando asiento en una mesa cercana a la barra.

El periodista pidió dos cafés con leche, los pagó y tomó asiento frente a Juan.

―¿Quiere chantajearme no?

Silencio, Juan sorbió el café y miró fijamente a su interlocutor.

―¡Hable de una vez por lo que más quiera!

Los oficinistas bajaron el tono de su conversación y lanzaron miradas curiosas al periodista, incluso el camarero se interesó por él.

―Creo que debería tranquilizarse, créame que es mejor que nadie se entere de lo que vamos a hablar aquí, sobre todo para usted.

El periodista intentó serenarse, suspiró y se agarró a la taza de café como si fuera un salvavidas.

―Martínez Alonso, el marido de su amiga, quiere conocerle ―Juan se encendió un cigarro, dio un par de caladas rápidas y guardó la cajetilla de tabaco en el bolsillo del pantalón―.

Me ha pedido que le de sus datos, nombre, apellidos, profesión, dirección, en fin, todo lo que necesita para destruirle.

Alfonso Campo aguantó el primer golpe bastante bien. Juan lo observó, el tío ni se había inmutado, estaba acostumbrado a jugar el juego del poder con gente poderosa.

―Es posible que normalmente se relacione con gente más poderosa que él, gente inteligente que controla los resortes del Estado a su antojo; pero quizá no se haya percatado de una cosa, y es que Martínez Alonso está completamente loco por su mujer y tiene dinero para enterrar esta ciudad.

A ese hombre le da igual contratar unos sicarios colombianos para asesinarle y que luego le pillen, su mundo se rige por otros códigos y otros valores, transmitidos por su padre y antes por su abuelo, un tipo que salió de Soria y que araba sus miserables campos con un arado atado a un burro. No sé si lo pilla.

―¿Cuánto dinero quiere por cerrar la boca?, y sobretodo, ¿cómo sé que no volverá a chantajearme?

―No quiero dinero.

Alfonso Campo enarcó una ceja.

―¿Acaso quiere que le favorezcamos de alguna forma desde el periódico?

―La tarde del uno de julio usted fue a un garito de la zona de Doctor Cerrada, ahí estuvo un par de horas aproximadamente bailando y bebiendo con su amiga para después marcharse juntos a casa de ella, o bueno, más bien a casa de Martínez Alonso en la calle Almagro.

El periodista fue consciente de que aquello iba en serio.

―Aproximadamente a las doce y media de la noche salió del piso de su amiga y se dirigió al barrio de la Magdalena.

El periodista se removió nervioso en su asiento.

―Se puso un pasamontañas y entregó un sobre con documentación y otro con dinero a un vagabundo.

Alfonso Campo miró en derredor, los dos oficinistas estaban concentrados en su charla y el camarero parecía haberse ido al almacén.

―No tiene usted ni puta idea de dónde se está metiendo.

―En el sobre había certificaciones de obra de la ampliación de la zona franca, a parte de un escrito firmado por un tal J.

Vidal explicando que se estaban certificando importes muy superiores a la ejecución real de las obras.

J. Vidal es su pseudónimo. La pregunta es, ¿por qué el director del periódico y del grupo de comunicación más importante de la ciudad, le entrega esa información a un pobre e idealista joven cuyas publicaciones no tienen prácticamente ninguna repercusión?

―¿Está seguro que no prefiere pedirme dinero? ―dijo sonriendo cínicamente.

―Yo le responderé: porque están usando a ese chico para sus juegos políticos.

Esta vez fue Alfonso Campo el que se encendió un cigarro. El humo comenzó a envolverlos, creando una neblina que los dotó de una cierta intimidad.

―Lo que quiero saber es quién le está dando esa información.

―Aunque quisiera decírselo no podría.

―Explíquese.

―Antes de contarle nada quiero que me dé garantías de que no va a darle a Martínez Alonso ni un solo dato sobre mí.

―Escuche amigo, lo primero que tiene que hacer es dejar de ver a esa diosa porque si no le pillo yo le pillará otro seguramente peor que yo.

Y lo segundo, tiene mi palabra de que no le diré quién es siempre y cuando proteja la identidad de la persona a la que le estaba haciendo llegar la información.

El directivo digirió todo lo que el detective le había dicho, estaba protegido, si el detective se la jugaba él pondría los focos en el joven que publicaba los panfletos. Dio una calada y asintió. Después comenzó a hablar.

―Hará cosa de un año una chica vino a verme a la sede del periódico, me dijo que tenía información de primera mano acerca de un escándalo mayúsculo de malversación de caudales públicos.

Yo he sido periodista de sucesos y en mi ADN quedó grabado que nunca hay que desaprovechar una oportunidad de obtener información, y menos aún si viene caída del cielo como era el caso.

La chica iba con una gorra y unas gafas de sol enormes, era evidente que no quería que le viera la cara.

Parecía de mediana edad, culta, no me dijo su nombre, ni su profesión, ni nada.

Recuerdo que estaba muy nerviosa. Me llevó, como usted, a una cafetería, y entonces me tendió unas certificaciones de obra de la ampliación de la zona franca y me dijo que la empresa pública que llevaba la dirección de obra estaba hinchándolas.

Vino varias veces más, siempre me daba fotocopias de las certificaciones de obra de meses en los que el desfalco era más que evidente.

Después, no sé cómo coño lo hizo, las copias de las certificaciones aparecían en el buzón de mi domicilio particular.

Le aseguro que guardo con celo el lugar donde resido, intento mantener un perfil bajo.

―¿Ya no la ha vuelto a ver?

―No.

―Siga, ya sé que ahora viene lo incómodo para usted; pero cuéntemelo. ¿Qué empresa pública es la encargada de la dirección de obra?