Luces de ciudad Chapter 23
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Chapter 23

Métodos clandestinos

Manuel Boned había tenido una mala noche.

A uno de sus chicos, infiltrado en una red de narcotraficantes, lo habían descubierto.

Ingresó en las urgencias del Miguel Servet con varias puñaladas y un brazo roto.

Acudió a una reunión con uno de los jefes de la banda, le iban a dar droga para distribuir, pero la cosa se torció cuando uno de los matones del jefe lo reconoció: lo había detenido en una ocasión hacía cinco años en el Paseo de Cuéllar por trapichear con hachís.

Sin mediar palabra el jefe le asestó dos cuchilladas, y después una lluvia de golpes que a poco lo mandan al otro barrio de no ser porque sacó el arma reglamentaria y pegó dos tiros sin mirar.

Cuando pudo levantar la mirada y serenarse ya no quedaba nadie en la habitación.

No sabía si había alcanzado a alguien, solo sabía que seguía vivo.

Después llamó a emergencias y se desmayó.

―Menuda putada llevo encima ―la camarera sacó un taza de café humeante que depositó sobre la mesa―.

Una operación de casi un año, teníamos los pisos, los nombres, todo, solo nos faltaba el enlace con Sudamérica ―Manuel aceptó el cigarrillo que le tendía su amigo―.

Pues esta noche se ha ido todo a tomar por culo.

―Cosas que pasan ―le consoló.

―Ya. Pero jode.

―¿Cómo está el compañero?

―Sobrevivirá, es joven, casi recién ingresado, un tipo duro al que le gusta la marcha.

―Bien. ¿Qué hay de lo mío?

―Vas al grano.

―Lo intento.

―Voy despacio, lo estoy haciendo por medios no oficiales, no sé si me entiendes.

―Te entiendo perfectamente y creo que es mejor así. No dejes rastro de las diligencias que realices. Ya no me fio de nadie. Sobretodo sé discreto, las dos personas que cogieron el avión eran compañeros, inspectores de la Policía Nacional.

―Lo del chárter desde Torrejón de Ardoz lo comprobé con un contacto del ejército del aire, me dijo que no salió ningún vuelo con esos dos pasajeros en la semana del seis al doce de diciembre.

Lo de Barajas aún no te lo puedo confirmar, me lo está gestionando un compañero de promoción, Cucalón, ¿te acuerdas de él?

―Sí.

―Me debe un favor de los gordos, y tiene amigos en la comisaría del aeropuerto, lo que pasa que en Barajas hay mucho tránsito y le va a costar más, pero en cuanto me pase la información te aviso.

―¿No te han hecho preguntas?

―Aunque me las hicieran no podría contestárselas. Yo no te hice ninguna a ti.

―Cierto. De momento es mejor que no sepas nada, llegado el momento, si tengo que hacerlo, te lo contaré todo. Dile a Cucalón que se ande con pies de plomo, como se enteren de que alguien los está investigando podríamos tener complicaciones, complicaciones de las jodidas.

Un par de cigarros, un poco de café, miradas relajadas a la gente que transitaba la calle.

El calor seguía azotando el valle y la ciudad empezaba a vaciarse debido a las vacaciones estivales.

La clase media zaragozana escapaba en masa hacia Salou, Cambrills o Peñíscola.

Daba igual, cualquier destino era mejor que quedarse en la capital del Ebro.

―Abrí el sobre que me diste cuando murió Clarita.

Manuel guardó silencio, inquieto, invitando a continuar a su amigo, consciente de que parte de lo que hubiera hecho era responsabilidad suya.

―Me metí en el coche dispuesto a matarlo, a vengar la muerte de mi hija, y quizá luego suicidarme.

―Un plan redondo.

―Tenías razón, la venganza no me devolverá a Clarita.

―Tienes que seguir adelante amigo.

―Estuve viendo a Martina. Sin duda ella es más fuerte que yo, guarda el recuerdo de nuestra hija con amor y respeto, pero ha rehecho su vida, un nuevo marido, un precioso hijo… Me dio fuerzas para seguir, me enseñó el camino para salir de la mierda de vida que tengo.

―Me alegro de que fueras a verla.

―Le pedí perdón, por todo…

El busca de Manuel comenzó a sonar.

―Esta noche nos juntamos en el Brasil, ven a tomarte algo con tus antiguos compañeros. Tengo que irme.

―Nos vemos, cuídate.

Cuando se quedó a solas buscó su agenda.

Nombres de clientes celosos escritos con tintas de diferentes colores.

El promotor estaba ahí, en las últimas páginas.

Apenas a veinte metros una cabina de teléfono.

Se levantó y entró dentro del bar dispuesto a pagar lo que habían consumido.

La camarera estaba limpiando una de las mesas, así que esperó paciente junto a la barra.

Centró su atención en el programa que estaban emitiendo en la televisión, un grupo de tertulianos y periodistas hablaban sobre el pujante desarrollo económico que estaba atravesando Aragón, y entonces lo vio, el cigarrillo a poco se le cae de la boca, sin ninguna duda era él, Alfonso Campo, eso decía el subtítulo que introducían bajo su imagen las primeras veces que intervino en el debate.

Periodista y director de uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Era un habitual de los programas de política regionales e incluso durante un tiempo llegó a presentar el informativo local de la televisión.

Ese hombre era el que estaba liado con la mujer del promotor y el que entregó esos papeles al vagabundo para hacérselos llegar al escritor de los panfletos.

La familiaridad que le asaltaba cada vez que lo había visto quedaba al fin aclarada, era un tipo más o menos famoso.

Ahí estaba, participando en el debate, hablaba con aire de suficiencia y sonreía de una manera seductora y elegante.

Era la viva imagen del triunfo. «No sé qué grado de relación tienes con el caso de Itziar; pero pronto lo voy a averiguar».

Se dijo para sí mismo mirando la pantalla.

Dejó quinientas pesetas sobre la barra y salió apresuradamente de allí.

Por unos momentos pensó en que el mundo se le iba a caer encima al guaperas, quizá estuviera casado.

Había conocido a tres tipos de hombres infieles durante sus años de detective, en función de cómo reaccionaban cuando sus mujeres se enteraban de sus engaños: los llorones que reconocían todo a las primeras de cambio y suplicaban a su mujer el perdón entre sollozos, los tipos a los que aparentemente les daba igual haber sido descubiertos; pero que conforme avanzaba la discusión con su mujer, empezaban a ponerse nerviosos al darse cuenta de que iban a quedarse con sus hijos y sobretodo los iban a desplumar, y por último estaban a los que les daba realmente igual.

Alfonso Campo podría encajar en las dos últimas categorías y concretamente en la tercera; pero Juan sabía cómo apretarle las tuercas.

La sede del periódico estaba situada en un edifico de rancio abolengo de la ciudad, llevaba ahí desde el siglo diecinueve, cuando un hombre decimonónico lo fundó con el único objetivo de mantener a la gente informada más allá de ideologías y doctrinas políticas.

Por supuesto los ideales de su fundador quedaron atrás hace mucho, y ahora era otro medio de comunicación más que jugaba sus cartas para acaparar poder y dinero.

Una dependienta espectacular le sonrió desde un mostrador que Juan solo había visto en las películas de Hollywood.

―¿Qué desea señor?

―Alfonso Campo, es urgente, entréguele esto ―le dijo dándole un sobre―, y dígale que le espero aquí en el hall.

―Pero señor, yo no puedo entregarle un sobre así como así.

―Entiendo que tenga sus reservas con la ETA mandando cartas bomba a diestro y siniestro, pero mire ―le arrebató el sobre, lo abrió y le mostró que dentro solo había un papel―. Solo hay un papel en su interior, y créame que es un asunto de la mayor gravedad.

La joven soltó una risita nerviosa.

―Espere aquí ―le dijo.

A los pocos minutos un Alfonso Campo con la cara desencajada bajaba por las escaleras del hall barriendo con su mirada a todos los allí presentes. Juan le salió al paso.

―Vamos a dar un paseo.

―Yo no voy con usted a ningún sitio, dígame quién es y qué es lo que quiere.

Juan sacó la cajetilla de tabaco y se encendió un cigarrillo.

Un par de caladas tranquilas. La chica guapa volvía a estar detrás del mostrador y observaba la escena con cara de preocupación.

Afuera la ciudad parecía haberse tomado un descanso, era una mañana calurosa de julio, la gente caminaba relajada, era la hora del parón, del café y del pincho de tortilla antes de volver a la oficina.

―¿Quiere chantajearme? ¿Es eso lo que quiere? ¿Quiere dinero? Escúcheme, no va a sacar ni un duro de mí.

Juan lo observó, cara impoluta fruto de interminables sesiones en salones de belleza, pelo impecablemente peinado, barba rasurada, en vestimenta llevaría varios cientos de miles de pesetas encima.

―Escúcheme guaperas, la mujer que se está tirando es la señora de Martínez Alonso, e imagino que siendo periodista como es, no hace falta que le cuente como se las gasta su familia.

Aunque imagino que eso usted ya lo sabía, dígame, ¿se ponía más cachondo cuando se la tiraba sabiendo quién era su marido?

O más bien os reías los dos juntos del pobre cornudo.

El periodista tragó saliva. Juan se percató de ello y dedujo que conocía el carácter del marido de su amiga.

―No le culpo por lo que hizo, la mujer merece el riesgo sin duda, ¡Dios mío!, es lo mejor que he visto en años ―Juan le regaló una sonrisa ladina, mientras se rascaba la comisura de los labios con su dedo pulgar, sujetando el cigarrillo.

Alfonso Campo barajó sus posibilidades, indicó a la recepcionista que todo estaba en orden, agachó la cabeza y acompañó a Juan a dar un paseo.

El sol ya estaba en lo alto del cielo, la luminosidad de la calle los envolvía con los colores vivos de todo lo que los rodeaba, coches, gente, edificios, todos ajenos al asunto que ambos hombres se traían entre manos, o más bien al asunto que Juan le había endosado al director del periódico.

―Bueno, quiere usted hablar de algo o solo quiere pasear conmigo ―le dijo el periodista con cierto desconcierto.