Chapter 22 #2
Salió a las calles del barrio. Buscar a Pilar iba a ser algo complicado así que decidió ir a casa, miró la lista de llamadas y anotó el último número que le había llamado, era el de Pilar.
Ya la llamaría más adelante para disculparse.
Se sirvió un whisky y se acomodó en su sillón.
Por un lado tenía a la mujer que dejaba notas a la madre de Itziar, por otro tenía al guaperas que estaba liado con la mujer del promotor.
Luego estaba lo de Yousef, un chivato de la policía culpable de asesinato y violación asesinado en la cárcel.
Juan nunca había sacado las mejores notas en el acceso al Cuerpo Nacional de Policía y tampoco luego dentro de la academia; pero sabía que de algo iba sobrado, tenía el mejor olfato de toda la policía de la ciudad, y el caso de Itziar le estaba empezando a oler a podrido.
Apuntó en su libreta: «investigar al guaperas», y al hacerlo no podía dejar de pensar en que conocía a ese hombre de algo.
Cerró la libreta y se sirvió otro whisky.
Puso algo de música en su vinilo, «Soulful Sin» de Phil Harper, ese tipo estaba bendecido por los dioses.
Después otro whisky. Los recuerdos de su hija comenzaban a colarse en su cabeza sin permiso, pensamientos invasivos que se adueñaban de su mente.
Cogió el revólver, abrió el tambor y vio que había tres balas.
Lo giró, lo cerró y se apuntó a la cabeza.
Apretó el gatillo. Oyó un clic que le permitiría seguir viviendo un poco más.
Dejó el revólver sobre la mesilla. No era la primera vez que lo hacía.
Se echó a llorar. La adrenalina le corría por las venas.
Se levantó del sillón, excitado, y fue a su despacho.
Introdujo la llave en el cajón prohibido y sacó el sobre que llevaba varios años guardando sin atreverse a abrir.
Lo puso sobre la mesa. No podía seguir viviendo así, tenía que solucionar el asunto que le destrozaba el alma.
Las manos le temblaban cuando al fin se decidió a abrirlo, rasgó uno de los extremos y sacó un documento que leyó con lágrimas en los ojos:
«Se llama Antonio González Casas, trabaja en una fábrica de prefabricados de hormigón en Malpica, vive en la Avenida de Valencia con Escosura nº5, 6ºB. No tiene mujer ni hijos.
Después de esto estamos en paz.
La venganza no te devolverá a Clara».
Ese documento se lo había dado su antiguo compañero Manuel Boned justo antes de que a Juan lo expulsaran de la policía.
Juan lo presionó para que obtuviera esa información y se la diera, y le recordó las dos veces que le había salvado la vida mientras fueron compañeros, antes de ascender a inspectores, cuando patrullaban las calles.
Una fue en una operación antidroga en el barrio Oliver, Juan le salvó de recibir un disparo en la cabeza que lo hubiera mandado al otro barrio.
Le pegó un tiro en la mano al agresor, que dejó caer la pistola al suelo.
Después le dieron una paliza y se lo llevaron a comisaría, donde siguieron la fiesta.
La otra fue al entrar a un piso en el barrio de las Fuentes.
Habían recibido el aviso de la central. Al parecer varios vecinos habían contado a la teleoperadora que una mujer gritaba desgarradamente y pedía socorro.
Era un edificio viejo. Los gritos se oían desde el portal.
Los dos subieron a la carrera, Manuel delante y Juan detrás.
La puerta era de aglomerado. Manuel cargó contra ella con su hombro y la tiró abajo.
De la inercia de la carga se metió en el interior de la vivienda.
Un hombre gigantesco de más de dos metros y que casi no cabía por el pasillo vino hacia él con un cuchillo de cocina en la mano.
La primera puñalada casi le rebana el cuello.
No hubo una segunda. Juan le pegó dos tiros en la cabeza.
Luego llegaron los refuerzos y el inspector al mando de esa noche.
Lo arreglaron todo, pusieron una pistola del mercado negro en manos del muerto, pegaron un par de tiros a la puerta y después consolaron a la viuda, que estaba desecha del palizón que le había pegado aquel monstruo.
La mujer casi se muere. Abandonó la UCI a los siete meses.
Cuando salió tenía la pensión de su marido y toda su vida por vivir sin semejante bestia al lado. No denunció.
―Ahora ya estamos en paz amigo ―susurró.
Después abrió el cajón de la munición y cargó el tambor de su revólver.
Seis balas. A fuera comenzaba a caer una suave lluvia estival.
Se montó en su Mercedes y encendió el motor.
Durante un rato estuvo mirando fijamente al frente, ausente.
Lo que estaba a punto de hacer lo cambiaría todo y esperaba fervientemente que sacara el dolor de su cabeza.
Pisó el acelerador y salió del barrio. Un sol rojizo se veía entre los nubarrones.
El Mercedes volaba por la carretera. « La venganza no me devolverá a Clarita…
¿Qué sabrás tú? », pensó. Todo lo que había vivido pasó por delante de sus ojos.
Su vida feliz en aquel barrio obrero, con su padre llegando de trabajar tras un turno de doce horas en la fábrica y jugando con él a los Masters del Universo hasta que su madre los llamaba a cenar.
Sus padres sentados a la pequeña mesa de la cocina diciéndole que tenían dinero ahorrado para que pudiese estudiar lo que quisiera.
La noche que conoció a Martina en La Casa del Loco, y el cómo sintió que estaría con ella para siempre.
Sus viajes juntos disfrutando de la vida.
Pasó por sus ojos el día en que les dijo a sus padres que había aprobado las oposiciones a policía nacional, y cómo su padre se había emocionado.
El entierro de su padre y el día que le detectaron a su madre ese maldito cáncer que se la acabó llevando.
Recordó el día que Martina le dijo que estaba embarazada y el día que Clarita vino al mundo.
Y también el día en el que lo abandonó. Lágrimas.
La venganza no me va a devolver a mi pequeña, susurró.
Giró el Mercedes y cambió de sentido. Condujo durante diez minutos más.
Aparcó. El portal estaba abierto, subió las escaleras y llamó a la puerta.
Alguien abrió. Al otro lado estaba su exmujer, Martina, su cara de sorpresa al ver a Juan mudó rápido hacia la comprensión.
―Pasa anda ―le dijo acariciando su hombro―. ¿Quieres un café?
―Sí, gracias.
Juan no había estado tan nervioso en su vida.
Martina había sido siempre un ángel protector para él, un ángel del que acabó alejándose.
Juan se sentó en el sofá mientras ella fue a la cocina a preparar el café.
La casa era preciosa. Se parecía a la que ambos habían compartido en su otra vida. Martina vino con el café.
―Verás yo… ―las palabras le pesaban―. Quería pedirte perdón.
―No hay nada que perdonar Juan.
―Sí que lo hay. Me comporté como un egoísta, podía haber luchado por ti; pero no podía, no podía…
Una lágrima corrió por su rostro. Martina se sentó a su lado y le abrazó.
―Clarita siempre estará con nosotros, en nuestra mente y en nuestro corazón, no concibo la vida sin su recuerdo; pero Juan, cariño, tienes que rehacer tu vida.
―Si al menos hubiera luchado por ti.
―Eso ya no importa, es el pasado.
―Solo quería decirte que no pude, el dolor me destruía, mirarte a la cara me destrozaba, me sentía culpable por lo que pasó.
Martina lo cogió de los hombros.
―Escúchame bien, porque lo que te voy a decir es importante: tú no fuiste el culpable de lo que pasó, solo aquel maldito borracho lo fue.
―Y el destino.
―Y el destino…
Una sonrisa melancólica en el rostro de Juan.
―Veo que te va bien ―dijo mirando el elegante salón.
―Ya sabes que me casé, y tengo un niño, Lucas, él lo es todo para mí.
―Él te ayuda a seguir.
―Sí, es el motor de mi vida.
Un sorbo al café y Martina hizo la pregunta que necesitaba hacer.
―¿Y tú cómo estás?
Juan pensó en contarle que navegaba por la vida sin rumbo, perdido entre alcohol, relaciones esporádicas y mujeres que solo eran un espejismo de lo que tuvo, distrayéndose con su trabajo fácil que le daba buenas sumas de dinero; pero prefirió ser algo más optimista.
―Estoy con un caso especial, creo que por primera vez en mucho tiempo puedo hacer algo verdaderamente importante.
―Como cuando eras policía.
―Sí, más o menos.
Juan se levantó, Martina lo imitó. Se abrazaron.
―Gracias ―se despidió Juan―, gracias por todo.
―Eres un gran hombre Juan. Debes volver a darle sentido a tu existencia: aférrate a aquello que te importa y sigue adelante con tu vida.
Juan la miró justo antes de abandonar la casa. Martina era un ángel que lo había salvado en el pasado, del que se había alejado y el que aún ahora, irrumpiendo en su casa, le daba la clave para no hundirse aún más en la oscuridad: aférrate a algo con sentido y lucha por ello.
―Lo haré. Gracias por salvarme de nuevo. Adiós.