Chapter 22
Noticias clandestinas
Suena el teléfono. Al otro lado una voz juvenil y alegre preguntando por Marcos. Es Pilar.
―Hola Pilar soy yo, ¡qué sorpresa!
―¿Qué tal has pasado la noche?
―Tuvimos bastante trabajo con lo del camión, cortamos el tráfico durante un par de horas hasta que limpiamos bien toda la carga desparramada por el suelo.
―¿Hoy tienes descanso?
―Hoy también estoy de retén, pero puedo hacer vida libre mientras no me llamen para algo. ¿Te apetece que nos veamos?
―Claro, por eso te llamaba, además he quedado con la persona que te podría ayudar con el asunto que me comentaste.
―Estupendo, nos vemos a las seis en el bar donde nos conocimos.
―Hasta luego.
―Hasta luego.
Colgaron. Se preparó un café y encendió un cigarrillo.
Cabía la posibilidad de que el autor del libelo no tuviera ni la más remota idea de la conexión entre su trabajo y la muerte de Itziar.
En el panfleto había dos noticias, privatización de servicios públicos y la ampliación de la zona franca.
¡Qué diablos tenían que ver esos asuntos con la hija de Matilda!
El promotor y sus modales imperativos le vinieron a la mente, no se acababa de fiar de él, si le daba los datos del guaperas intuía que acabaría flotando en el Ebro.
Se terminó el café, miró el reloj, eran las diez de la mañana del domingo.
Sentía una ligera resaca por lo poco que había bebido la noche anterior, estaba a punto de cumplir medio siglo y se notaba.
Se puso sus pantalones cortos, rebuscó en su armario una camiseta decente y salió a correr.
Esta vez corrió durante diez manzanas en dirección a las Delicias.
Ida y vuelta, unos cinco kilómetros. Subió a casa satisfecho.
Después frente al espejo un poco de sombra pugilística, directos, fintas, esquivas, ganchos, un par de asaltos de tres minutos y fin del entrenamiento.
La ducha le sentó bien. Bajó al bar de Ramón y comió una chuleta de vaca con patatas de guarnición, y una botella de garnacha tinta de Calatayud.
Mientras comía pensaba en el guaperas que estaba liado con la mujer del promotor.
Su rostro le había transmitido una cierta familiaridad; pero no acababa de ubicarlo en ningún ámbito de su vida, si hacía el trabajo las cosas se iban a poner feas para él.
A pesar de ser verano y contar con una luminosidad espléndida Juan veía la ciudad como un tugurio egoísta y decadente.
Sus negros pensamientos moldeaban su ánimo como arcilla fresca, y sin duda modificaban la realidad pintando un escenario lúgubre y sin esperanza.
«¿Podré algún día superar lo de mi hija?
¿O tendré tarde o temprano que recurrir a una bala para hacerlo?
». Se preguntaba atormentado mientras andaba camino del bar donde había quedado con Pilar.
Esos pensamientos le atacaban una y otra vez, apareciendo repentinamente y enturbiándolo todo.
Su mente se había quedado en ese momento, con su hija en ese paso de cebra, para siempre, y no era capaz de salir de allí.
Como si ese momento se hubiera quedado varado para la eternidad en un espacio tiempo arrastrado por la inmensa gravedad de una estrella moribunda.
La culpa y la pena le atenazaban en una especie de castigo griego sin fin.
Juró seguir adelante, al menos hasta que descubriera qué le había pasado a Itziar.
A veces fantaseaba con un tiro en la cabeza, una liberación instantánea; pero no lo hacía porque esa era la salida fácil, la de los cobardes, y él no era un cobarde, él había luchado toda su maldita vida, primero por salir adelante en un barrio obrero lleno de delincuentes sin esperanza, después en el ejército, y luego en el Cuerpo Nacional de Policía, hasta que ocurrió lo de Clarita.
―¡Marcos! ―le sobresaltó una voz a sus espaldas.
Era Pilar, venía sonriente y radiante. Era como un rayo de luz atravesando la tenebrosa oscuridad que lo rodeaba. Le abrazó y le dio un beso en la mejilla. Entraron al bar y se sentaron en una mesa. Era el mismo donde se conocieron. Pidieron un par de cafés con leche.
―Este chico está comprometido con mejorar las cosas, pero en esta ciudad hay tanto fango que incluso es difícil decidir por dónde empezar.
―Solo quiero contarle lo que vi, que alguien se haga eco de lo que pasa.
De repente un joven entró en el bar y se acercó a ellos. Juan se quedó estupefacto al verlo. Pilar lo saludó. Juan le estrechó la mano en silencio.
―Él es Lucas, es el amigo del que te hablé ―le presentó Pilar.― Y él es Marcos, es un amigo que tiene algunas cosas que contarte.
Los tres tomaron asiento. La mente de Juan valoraba a toda velocidad las opciones que tenía, y al fin decidió arriesgarse.
―Escucha Lucas ―comenzó a decir―, tu rostro me es conocido.
El joven hizo un gesto de extrañeza.
―Creo que no nos hemos visto en la vida―dijo.
Juan sacó un cigarrillo y ofreció a ambos, que aceptaron gustosamente. Un par de caladas y de nuevo en la conversación.
―Una noche que salí de bares por la zona de la Magdalena vi algo muy raro, un hombre con aspecto elegante se enfundó un pasamontañas y se acercó a un indigente.
La calle estaba desierta, yo me parapeté en un soportal, no estaba muy seguro de lo que iba a contemplar: vi como el hombre elegante le entregaba un sobre al vagabundo, y después le dio dinero.
Luego el vagabundo se dirigió a una callejuela, llamó a una puerta vieja y salió alguien.
Tú eras la persona que vi salir de allí, tú recibiste el sobre.
Lucas titubeó.
―¿Seguiste al vagabundo? ―dijo con extrañeza―. Una persona normal no sigue a un vagabundo en mitad de la noche.
―No soy una persona normal.
―Pilar a quién cojones me has traído.
―No sé, yo… es de fiar, lo conozco…
Juan puso sobre la mesa el pasquín.
―Sé que tú escribes esto ―dijo señalándolo―. Ese tipo elegante le dio algo al vagabundo para que te lo hiciera llegar. Es la información con la que elaboras estos panfletos, ¿verdad?
Lucas dio una calada al cigarro, pensativo, tocándose la barba. Echó el humo y sonrió.
―Así es como lo hace, siempre usa vagabundos para hacerme llegar los sobres. ¿Quién diablos eres?
Pilar se levantó de la silla, estaba agitada y nerviosa.
―Me has engañado, no trabajas en la contrata del ayuntamiento, eres un jodido mentiroso, ni siquiera te llamas Marcos ¿no?
Juan intentó calmarla pero fue en vano. Ella y Lucas se dirigieron a la salida.
―Estoy investigando la muerte de Itziar Cestero Acón, y hay algún tipo de conexión entre tu panfleto y lo que le pasó.
Lucas se paró en seco. Dio media vuelta y volvió a sentarse. Pilar se quedó plantada en la puerta.
―¿Eres policía? ―le preguntó Lucas.
―No, soy un detective privado, me contrató la madre de Itziar. Solo busco respuestas chicos, nada más, no quiero perjudicaros ni que nada de lo que hablemos trascienda.
―Me has engañado ―los ojos de Pilar brillaban―, y yo te he permitido…
Pilar salió del bar apresurada y se perdió por las callejuelas del barrio.
―Siento lo de Pilar; pero tenía que llegar a ti de alguna manera y sois círculos bastante cerrados.
―¿Qué tiene que ver lo que yo escribo con lo que le pasó a esa chica?
―¿Sabes lo que le pasó?
―Toda la ciudad se enteró de la salvajada que le hicieron.
―Sé que hay algún tipo de conexión. En tu escrito tratas dos asuntos, la privatización de servicios públicos por parte del ayuntamiento y la ampliación de la zona franca de la ciudad. ¿De dónde sacas la información?
―Bueno pues en eso estás tú más enterado que yo.
―¿Qué había en el sobre?
Lucas miró al camarero y pidió una cerveza. Silencio.
―¿Tú quieres cambiar las cosas no? Para eso escribes esto y lo distribuyes por ahí. Pues créeme que colaborando conmigo puede que cambies las cosas más de lo que imaginas.
―En el sobre había copias de las certificaciones de la zona franca junto con una carta firmada por un tal J. Vidal. Lleva tiempo haciéndome llegar esos sobres explicando el desfalco que se está produciendo.
―¿Y el tema de la privatización de servicios?
―De eso no te puedo revelar mis fuentes.
―Ya.
El camarero vino con una cerveza. Juan le pidió otra.
―¿Nunca has hablado con ese hombre?
―Jamás, siempre vienen vagabundos a traerme los sobres, no tengo ni la menor idea de quién es y porqué hace lo que hace. Yo no tengo repercusión ninguna. Ya ves, leen mis panfletos en bares alternativos, la gente se indigna y luego se olvidan del asunto.
―Por eso te da la información.
―¿Por qué?
―Porque no tienes repercusión. Te están usando chaval.
―No lo entiendo, además tampoco sabemos si a ese hombre se los da otro hombre.
―Eso es cierto; pero volviendo al asunto, ¿alguna vez ese tal J. Vidal ha dado nombres en sus escritos?
―No, solo aporta certificaciones de las obras y las analiza, explicando que claramente se está desviando dinero público en ellas.
Juan le entregó un sobre al chico.
―Te voy a dar dos cosas, una es ese sobre con dinero, no quiero comprarte ni mucho menos, solo quiero agradecer que te hayas sentado conmigo a la mesa y pedirte que si ese tal J. Vidal vuelve a hacerte llegar algo que me llames ―dijo dándole un trozo de papel con su número.
―¿Y la otra cosa?
―Un consejo, deja de publicar esa información inmediatamente ―dijo levantándose y abandonando el bar dejando a un Lucas confundido.