Luces de ciudad Chapter 21
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Chapter 21

Los bares

―No te he visto nunca por aquí ―le dijo la chica.

―No, hace apenas un mes que estoy en la ciudad ―contestó Juan―. Vivía en Logroño y recientemente he conseguido trabajo en la contrata de limpieza del ayuntamiento ―dijo echando el humo y suavizando sus ademanes en un intento de mostrarse amigable―. Pero estoy viendo cosas ahí dentro que… en fin…

La chica se interesó por él.

―Oye si quieres puedes sentarte con nosotros.

―No quiero molestaros.

―No es molestia.

Notó que le gustaba. Era una joven de izquierdas a la que no le importaban mucho las convenciones sociales, y con carácter suficiente para tener una relación con un hombre veinticinco años mayor que ella.

Se sentaron a la mesa con el resto del grupo.

El bar estaba lleno de gente en torno a mesas charlando y bebiendo.

Incluso había algún perro sentado a los pies de su amo.

La clientela era mayoritariamente jóvenes de izquierdas próximos al nacionalismo aragonés.

―Me llamo Marcos, un placer ―se presentó Juan.

El grupo lo componían dos chicos y una chica más, todos estudiantes de carreras de letras, Filología, Trabajo Social y cosas así.

―Yo me llamo Pilar ―dijo la chica atractiva con la que había entablado conversación en la barra.

El grupo se fue presentando.

―Marcos es nuevo en la ciudad, ha conseguido trabajo en la contrata de limpieza del ayuntamiento ―introdujo Pilar.

Los presentes asintieron.

―¿Y qué es eso que decías acerca de lo que estás viendo dentro de la contrata?

« Son receptivos a las denuncias sociales », pensó Juan.

―Cosas extrañas, no sé si me entendéis…

Los chicos se miraron entre ellos. Decidió lanzar el anzuelo.

―Esto no es algo que se pueda decir por ahí, pero bueno, es sábado, estoy sólo, y llevo ya unas cuantas cervezas ―dijo levantando su cerveza y sonriendo al grupo―.

Estoy separado de mi mujer, dejé Logroño y vine aquí para empezar una nueva vida, vi la oferta en el periódico y me pareció un buen trabajo, joder, una contrata del ayuntamiento, me pareció un trabajo cojonudo.

Y al principio así fue; pero llevo un mes y he empezado a ver cosas extrañas, no sé, a mí no me gustan esos asuntos.

El otro día vino un supervisor municipal, su cometido es el de comprobar que tenemos los coches, camiones y demás equipo que nos hemos comprometido a tener, ya sabéis, yo me metí a la oficina porque ahí está el único wáter que tenemos y al salir vi algo que no debería haber visto, mi jefe entregando un sobre al supervisor y este metiéndoselo rápida y rutinariamente en el bolsillo, además era el jefe de mi jefe, o sea, un mandamás de la contrata sobornando al empleado municipal que debe velar por que cumplamos con los pliegos.

―Entonces cobráis por tener tres camiones de basura, por ejemplo, cuando realmente tenéis dos, o cobráis por tener mil personas cuando en realidad estáis setecientos ―dijo Pilar.

―Exacto, excepto lo de cobráis, cobra la empresa no los empleados.

―Y sobornan a los funcionarios que deben velar por que cumpláis con el contrato. El ayuntamiento paga con dinero público una gran cantidad que va a parar a la empresa, la cual destina menos medios de los que se ha comprometido a emplear en la limpieza de la ciudad.

―Engordando su margen. Eso es.

Habían picado el anzuelo. Juan dio un trago a su cerveza y se encendió un cigarro. Observó a Pilar, tenía un rostro agraciado, enmarcado por un flequillo cortado sobre sus ojos. Era hora de retirar la caña.

―Me gustaría hacer algo chicos, denunciarlo en algún sitio; pero me da miedo que los del sindicato estén metidos en el ajo, no quiero perder el trabajo. Quizá una denuncia anónima…

Los chicos se miraron.

―Conocemos a alguien ―dijo al fin Pilar―, un compañero que podría ayudarte.

―Pero tiene que ser algo anónimo.

―Tu nombre no saldrá en ningún sitio. Puedo arreglarte una cita con él.

―Eso me ayudaría bastante, lo que está pasando me está empezando a afectar.

―Dame tu teléfono y te llamaré.

Juan lo escribió en un papel que la joven guardó.

Sus manos se tocaron durante un pequeño instante.

A Juan le gustó su tacto. Ella aproximó su mano y la apoyó sobre la mesa, cerca de él.

Después los chicos siguieron hablando de sus cosas: preparativos para la manifestación antiestadounidense, acciones del colectivo en el campus de San Francisco, y temas políticos que a Juan le aburrían profundamente.

Pero lo habían aceptado como a uno más, así que no dejaba de asentir y sonreír a lo que decían.

Fumaban tabaco con hachís y trasegaban cervezas y calimocho sin parar.

Ya entrada la noche el grupo decidió irse a otro garito.

Invitaron a Juan a ir con ellos y este, claro, aceptó.

Llegaron rápido, todos los bares de la zona estaban próximos.

El ambiente era más animado que en el anterior, no había mesas, solo gente bailando.

Los mexicanos Molotov sonaban a todo volumen en los altavoces, decían que «hay que arrancar los problemas de raíz, cambiar al gobierno de nuestro país, y que si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger », y que « viva México cabrones ».

Pidieron algo de beber. Juan se quedó apoyado en la barra.

Pilar se quedó con él. El resto se perdieron entre la gente para juntarse con otro grupo de amigos.

Pilar comenzó a bailar. Tenía un cuerpazo que quitaba el hipo.

Veintitantos años y las ideas claras, estaba acabando Filología Hispánica y quería sacarse una plaza como profesora de literatura porque así tendría tiempo para dedicarse a lo que realmente amaba: escribir.

Se acercó a Juan, bailando, seduciéndolo, eso era demasiado para él.

La besó, ella le agarró el pelo por detrás de la cabeza y le devolvió el beso.

A Juan por un instante se le olvidó todo, la investigación, la farsa que estaba representando para llegar al tipo que escribía los panfletos, todo.

Acarició su cuerpo, era firme y joven, ella le habló al oído, Juan asintió.

La chica se despidió de sus amigos. Juan se quedó esperándola, sobre la barra algo llamó su atención.

Cuando comprendió de qué se trataba sonrió para sus adentros.

Cogió uno, era el panfleto de denuncia. Pilar regresó y lo encontró leyéndolo, concentrado.

―Algo así es lo que necesito ―le dijo.

Pilar le cogió la mano y lo sacó del bar.

―El chico que te presentaré mañana es el que hace esos escritos.

Lo tenía, estaba en la pista, esos círculos eran pequeños y todos se conocían, y la persona que escribía de esos asuntos y se molestaba en editarlo y distribuirlo a buen seguro que sería alguien conocido en ese ambiente tan reivindicativo.

Seguiría con la farsa y cuando la tuviera enfrente le preguntaría por Itziar, qué sabes de ella, qué conexión hay entre lo que escribes y su muerte.

La casa de Pilar no estaba lejos, era un piso de estudiantes de tres habitaciones.

Había venido de un pueblo a estudiar a Zaragoza.

Sus padres, ahora jubilados, habían regentado una granja de vacas lecheras y les había ido bien; pero su padre no la veía acarreando los sacos de paja y limpiando el estiércol, así que dada su afición por leer y las buenas notas en el instituto le propusieron ir a Zaragoza a estudiar.

El piso estaba limpio, se notaba que lo compartía con otras dos chicas.

Había muchos libros y papeles. El salón era pequeño, una mesa de comedor en una esquina, un sofá no muy grande y la televisión en una librería antigua.

Era el típico piso que alquilaba un hijo cuando su madre moría y se lo dejaba en herencia, con los muebles de la abuela y todo.

Pilar desnudó a Juan y lo empujó sobre la cama, luego se desnudó lentamente.

―¿Y tus compañeras, no te importa que nos oigan?

―Yo les he oído bastantes veces, ahora les toca a ellas ―dijo justo antes de tumbarse sobre él, recreándose, jugando, besándole.

Hicieron el amor despacio. Por la pequeña ventana que daba al Coso Bajo entraba la brisa nocturna acariciando sus cuerpos desnudos, y llenaba la estancia de la fragancia de lo nocturno y lo prohibido.

Contempló su cuerpo, macizo y duro, la acarició, era hermosa por dentro y por fuera.

« Podría enamorarme de ella », pensó. Estaban en silencio, observándose.

Su busca volvió a sonar esfumando la magia del momento.

Lo encontró junto a la ropa tirada al lado de la cama.

«Por favor, llámeme lo antes posible, no aguanto más».

Era el promotor. Qué leches le pasaría ahora.

―¿Tienes un busca? ―preguntó la joven admirando el pequeño aparato.

―Sí, nos lo dio la empresa, estoy en el retén del fin de semana y si hay algo urgente nos llaman.

―¿Ha pasado algo?

―Un camión ha tenido un accidente y ha desparramado su carga por la calzada, lo siento, tengo que irme; pero si te parece bien podemos volver a vernos.

―Mañana llamaré al chico que lleva los escritos de denuncia y quedaré con él. Te aviso y vamos juntos a verle, así te lo presento y le cuentas lo que nos relataste a nosotros, quizá acceda a publicarlo.

―Te lo agradecería, creo que no sería honesto conmigo mismo si no hiciera nada al respecto.

―Te entiendo.

Se despidieron con un beso.

***

―¡Quiero muerto a ese hijo de puta! ―rugió el promotor pasándose ambas manos por su cuidado cabello peinado hacia atrás.

Estaba descompuesto, varias venas palpitando con frenesí cruzaban su cara roja a punto de explotar.

Las fotos de su mujer intimando en un pub con un apuesto hombre estaban sobre la mesa.

―Disculpe pero yo no puedo hacer eso. Soy un detective y aporto pruebas fehacientes de que su mujer está liada con otro hombre.

Para eso me contrató; pero no puedo pasar de ahí, es más, si usted cometiera la tremenda estupidez de hacerle algo a ese hombre me vería en la obligación de comunicarlo a la policía.

El promotor pareció calmarse. Estaban en un apartamento en la plaza de los Sitios, lujo, obras de arte colgadas de las paredes, vistas a la plaza, un lugar ideal donde Juan imaginó que su cliente se llevaría a sus conquistas para deslumbrarlas.

Una cristalera separaba la cocina del salón.

El promotor fue hacia ella y trajo dos whiskys con hielo.

―Disculpe mi comportamiento ―dijo dejando las bebidas sobre la mesa―.

Es evidente que no voy a hacer semejante estupidez.

No voy a matar a nadie. Pero sí quiero arruinarle la vida.

Le doy dos millones de pesetas más si me da información de ese hombre, a qué se dedica, qué desayuna por la mañana, si le gusta hurgarse en la nariz o usa pañuelo, qué hace con su vida, aparte de follarse a mi mujer claro.

En definitiva, quiero saberlo todo sobre ese cabronazo.

Juan se recostó sobre el sillón. Otros dos millones de pesetas.

―Si le doy esa información, ¿qué le hará?

―Le juro que no lo mataré, usaré mis contactos en esta ciudad para convertirlo en un paria, si trabaja en un bufete de abogados me encargaré de que lo despidan y que ningún despacho vuelva a contratarlo, si es dentista conseguiré que el ayuntamiento le cierre su consulta por algún problema de licencias.

―¿Y si fuera alguien más poderoso que usted y estuviera mejor relacionado?

El promotor dejó escapar una sonrisa de suficiencia.

―En esta ciudad todo se compra con dinero y yo soy el que más tiene.

Juan acabó el whisky de un trago y se incorporó.

No iba a entrar en discusiones sobre qué familia tenía más dinero en la ciudad con un promotor arribista sin escrúpulos.

Antes de aceptar los encargos conseguía información sobre quién se los encargaba para asegurarse de que fueran buenos pagadores, y la verdad que el promotor estaba forrado, tenía pisos y locales por casi todos los barrios de la ciudad, además poseía suelos en zonas que tarde o temprano recalificarían para que la ciudad siguiera creciendo.

Y no solo eso, sino que el dinero ya le venía de cuna, su abuelo había sido un rico terrateniente de Soria con cientos de hectáreas de cereal, que llegado un punto comenzó a comprar suelos en Zaragoza que posteriormente recalificaron y se metió en el negocio de la construcción de edificios de viviendas.

Los grandes ingresos y la disponibilidad de capital hicieron que la familia se metiera también en negocios de restauración e incluso fundaron una distribuidora eléctrica.

La familia de ese hombre herido y vengativo que tenía enfrente era una de las más ricas de la ciudad.

Su apellido, aunque discreto, era conocido en los salones nobles de la ciudad, y temido, era gente que solucionaba sus problemas de una manera u otra. Con ellos no se jugaba.

―Tendrá noticias mías ―se despidió.

***

Juan se fue a casa. La madrugada ya estaba avanzada.

Se puso ropa cómoda y se metió en la cama.

En la radio sonaba un programa al que la gente llamaba solo para hablar, solo para contar sus cosas y desahogarse.

Juan estaba exhausto. Pensó en su alter ego Marcos, y en que la vida que se había inventado no estaba tan mal.

También pensó en Pilar. Se había dejado llevar por ella y había cometido un error, no había conseguido su número de teléfono.

Ella había conseguido el suyo, pero si no llamaba volvería estar en el punto de salida otra vez.

Y ellas no siempre llamaban, lo sabía bastante bien.

Su pensamiento se marchó a cosas extrañas, inverosímiles, y justo en el preciso instante en que se dio cuenta que estaba soñando, su consciencia se desconectó y al fin se quedó dormido.