Chapter 20 #3
Matilda se levantó del sillón y se acercó a la librería que llenaba todo un lado del salón, muy cerca de Juan, que sintió su aroma y su presencia tan cerca que le provocó un cosquilleo en la cabeza, Matilda acarició una fotografía, Juan observó su gesto elegante y femenino, y para su sorpresa, sintió la tentación de retirar el cabello de aquella mujer madura y besar su delicado cuello.
―Era mi hija ―dijo venciendo el hechizo―. Murió cuando tenía tres años. La atropelló un borracho cuando íbamos al colegio.
―Lo siento. Ahora entiendo lo que hay en su mirada, su alma está rota, como la mía.
Juan se levantó. Sus caras estaban próximas, tanto que casi podía sentir su tacto, tanto que por un instante su mente se quedó en blanco.
―Será mejor que se vaya. La llamaré.
Matilda recogió su bolso y se dirigió a la puerta de salida.
―Esperaré impaciente su llamada. Busque al asesino de mi hija.
***
Juan cerró la puerta y respiró como si se estuviera ahogando.
Se sentó en el sillón, que aún guardaba el perfume de su clienta.
Se serenó. Miró el reloj, eran las ocho de la tarde, a las once había quedado con el responsable de la contrata de basuras.
Jacinto era un tipo peculiar. Juan a menudo se preguntaba cómo alguien así podía haberse licenciado en la universidad.
O bien se hacía el tonto, o bien se había vuelto tonto con el paso del tiempo.
A saber. El tipo era soltero, divertido y feo como una mona.
Le gustaba gastarse la abultada nómina que le pagaba el ayuntamiento en prostitutas y fiestas.
No le juzgaba, cada uno vivía como quería, o como podía.
La segunda semana del mes ya solía andar tieso como un cirio.
Y claro, las tentaciones eran jugosas. Las contratas le soltaban dinero por hacer la vista gorda con el número de camiones que realmente tenían disponibles, con el número de empleados y cosas así.
Ellos cobraban por cincuenta pero tenían treinta, y la diferencia se la metían al bolsillo.
Aunque los sobres tampoco le duraban mucho, le gustaban las mujeres caras.
Juan sabía que para sacarle algo tendría que llevárselo de putas y subvencionarle la droga y la borrachera de esa noche.
Suspiró. Cada vez aguantaba menos a ciertos personajes; pero la pena por Itziar aún flotaba en su pequeño salón.
Apretó los dientes y pensó que luchar por eso era algo auténtico entre tanta basura.
Jacinto se enteraba de todo, porque no hacía su trabajo y se pasaba el tiempo intrigando con unos y con otros, jefes, sindicalistas, todos lo conocían, era como una encrucijada de caminos donde todos acudían para llegar a algún sitio.
Y él lo sabía y se aprovechaba de ello. En alguna ocasión Juan ya había recurrido a él para conseguir información de los sindicatos más representativos entre el personal municipal, sus clientes en esos casos siempre eran ejecutivos de alguna contrata que querían saber de antemano las cartas que tenían sus rivales en la partida.
Sus pensamientos volvieron de nuevo a Matilda, pensó en qué mujer habría sido en sus años universitarios, en la tristeza infinita que irradiaba, y en cómo había sabido leer su propia alma rota.
El dolor era agudo y amargo, sintió ganas de coger el revólver y terminar de una vez con esa espiral de sufrimiento que recorría continuamente, pero por primera vez desde que murió su hija fue consciente de que tenía algo importante por hacer.
El caso de Itziar no era como los otros casos. Tenía que hacerle justicia.
Se puso su chupa de cuero, vaqueros y camiseta negra ceñida.
Se miró al espejo, metió tripa, no estaba mal para cuarenta y nueve años.
Salió a la noche, la chupa la llevaba por coquetería más que por otra cosa; aunque el calor estaba remitiendo.
Habían quedado en el bar «Litros», en la Zona.
Cuando llegó, Jacinto ya llevaba un rato ahí, estaba en la barra hablando con una camarera, ella sonreía a lo que le decía, había que reconocer que el tipo tenía labia, su nariz ganchuda subía y bajaba según se reía mientras deslizaba palabras en el oído de la joven en un intento de seducirla.
Al final la joven se fue al otro lado de la barra a atender a un cliente.
Juan llegó a la altura de Jacinto. Pidió dos whiskys con hielo y pagó con un billete de mil pesetas.
Aún no había mucha gente en el garito y se podía hablar más o menos bien.
Sonaba una canción de Michael Jackson, «Man in the Mirror » .
Michael decía que todo empezaba así, con un hombre mirándose al espejo.
Juan sacó el panfleto filocomunista y lo puso sobre la barra.
―¿Qué sabes de esto? ―dijo Juan.
―¡Qué rápido vas, si la noche acaba de empezar!
Jacinto se hizo el tonto, se encendió un cigarrillo y se puso a bailar con un grupo de universitarias que al instante empezaron a lanzarse miradas de extrañeza entre ellas.
« El cabrón tiene ganas de fiesta », pensó Juan, que se apoyó en la barra y se dedicó a beber su whisky mientras veía como el funcionario recorría todos los grupos de mujeres del bar haciendo el ridículo.
Dos whiskys después miró el reloj, eran las doce, no tenía ganas de pasar toda la noche con ese tipo, así que pensó en algo.
Jacinto regresó a la barra y pidió otro whisky, y se quedó mirando con cara de imbécil a Juan, que de mala gana lanzó otro billete de mil sobre la barra.
―Qué te parece si vamos a ver luces de neón ―le tentó Juan deseando acabar lo antes posible con aquello.
Jacinto sonrió mostrando sus mal cuidados dientes.
―Me encantan las luces de neón.
Salieron del bar. A un par de manzanas había un club de alterne.
Unas pequeñas luces rosas parpadeaban en la fachada.
Entraron. Una barra a la derecha y bancos a la izquierda.
El barman con camisa y americana blancas.
Pidieron dos copas. Al fondo un joven con gafas y pintas de empollón marginado hablaba con una chica colombiana.
Dos tipos con aspecto de pueblo se entretenían con otras dos chicas del este de Europa.
Poco más. Juan sintió miradas sobre él. Jacinto estaba pletórico, valorando con qué chica se subiría a la habitación.
Se acercó a una chica negra que fumaba distraída sentada en un taburete próximo a la barra pensando en sus cosas.
Le sonrió. La chica era guapa, delgada pero comenzaba a desarrollarse en ella cierta voluptuosidad.
Jacinto se volvió hacia Juan con ínfulas, como un niño malcriado que le pide a su padre que le compre un capricho.
Juan le alargó a la prostituta un billete de cinco mil pesetas.
―Esto si subo contigo, si tengo que subir con tu amigo cinco mil más.
Juan se había olvidado de lo astutas que eran.
―Tendrás que apañarte con él preciosa ―le contestó entregándole otro billete rojo, de dos mil pesetas.
―Una pena ―dijo la chica mirándole de arriba abajo.
Jacinto y la prostituta subieron a la zona de las habitaciones.
Juan tomó asiento en la barra. Estaba cansado y no le apetecía beber más, tan solo sacarle la información al funcionario y marcharse a casa, ponerse alguna tertulia deportiva en la radio y caer dormido hasta el día siguiente.
El pájaro tardó quince minutos escasos en bajar.
La chica se sentó indiferente en el mismo taburete donde estaba previamente, mientras Jacinto se acercó a Juan con una sonrisa de oreja a oreja. Se encendió un cigarrillo.
―Ha estado genial, se movía como una amazona.
Juan, asqueado, cortó la conversación poniendo de nuevo el panfleto sobre la barra.
―Dime qué sabes sobre esto.
Jacinto aproximó su nariz aguileña al escrito y exhaló una bocanada de humo.
―Bueno, creo que ya nos hemos divertido bastante por esta noche.
Mira ―dijo señalando el panfleto―, esto son filtraciones de algún sindicato a gente del entorno de la extrema izquierda, y no solo de sindicatos sino también de partidos de izquierda.
Meten ahí cosas turbias que no tienen cojones a sacar ellos a la luz.
―¿Con qué fin?
―Limpiar sus conciencias, yo qué cojones sé.
Imagino que buscaran debilitar a sus rivales, ponerlos nerviosos, les mandan el mensaje de que saben lo que están haciendo, eso debilita al poder y se abren a negociar ciertas cosas con ellos.
En definitiva, ganan poder en otras negociaciones, repartos de cargos en la diputaciones provinciales, empresas públicas, etc…
―Necesito saber quién escribe esto.
Jacinto observó el papel en silencio.
―Alguna vez he oído hablar de este panfleto entre sindicalistas de la Central General de Trabajadores, amenazas veladas, te vamos a publicar tal y cual.
No sé quién lo escribe; pero si tuviera que apostar creo que sería por alguien vinculado a ese sindicato.
Busca por el entorno del barrio de la Magdalena.
―Gracias ―dijo Juan guardándose el escrito y marchándose de aquel sitio.
Cogió un taxi para llegar a casa. Se dio una ducha y cenó un sándwich.
Después se metió en la cama y encendió la radio.
José María García hablaba de un problema de concesión de licencias de radio otorgadas por el ministerio.
Poco a poco le fue venciendo el sueño. Su último pensamiento fue cómo iba a buscar al escritor entre toda la gente pintoresca que poblaba el barrio de la Magdalena.
Quizá empezaría por los bares… principio y fin de todo en esa condenada ciudad.