Chapter 20 #2
Llegó a casa y dejó la cámara sobre la mesa de su despacho.
Después bajó al «Ramón», un par de chupitos de JB en la barra mientras le preparaba el menú del día.
Luego tomó asiento en su mesa, cerca de la televisión y un poco retirada de las demás.
Comió pasta y un filete de ternera con media botella de vino tinto.
En la televisión estaban emitiendo el telediario, en los deportes hablaban del partido que por la tarde enfrentaría a España con Italia en los cuartos de final del mundial de USA.
Juan pensó que vería el partido, necesitaba un poco de calma, emocional y física.
Subió al apartamento y se sentó en su despacho.
Puso algo de música, Ella Fitzgerald cantando «Summertime » , diciendo que en verano la vida es fácil.
Su cadenciosa voz le relajó. Se encendió un cigarrillo.
Sobre la mesa estaba la cámara con el pequeño disco duro.
Tenía capacidad para cuatro días de grabación.
Una joya que compró a una empresa estadounidense con la ayuda de Manuel Boned y sus contactos en la central de compras de la Policía Nacional.
Lo usaba de vez en cuando en casos de líos de faldas.
Lo introdujo en su ordenador cuatro ocho seis y abrió la aplicación de video.
Eso era lo más pesado, visionar todo el material, aunque lo avanzó a triple velocidad.
Se sirvió un whisky con hielo y dejó la botella en la mesa, podía tirarse horas ahí.
El disco de Ella seguía avanzando mientras la botella de whisky iba descendiendo.
Había visionado más de medio día entero y nadie había echado nada en el buzón de la madre de Itziar.
Miró el reloj, casi era la hora del partido.
Juan apuntó en su libreta el minuto y hora en el que se había quedado y se fue a su pequeño salón.
Encendió la televisión y se acomodó en el sillón.
Estaban con la previa. Desconectaron para hacer un mini informativo antes de que empezara el partido.
Un par de minutos después comenzó el partido.
España se jugaba pasar a semifinales de un mundial por primera vez en su historia.
En el minuto veintiséis de la primera parte un misil de Dino Baggio dejó clavado a Zubizarreta poniendo el uno a cero en el marcador.
Juan se ciscó en la madre del italiano; pero su mente no estaba en el partido.
Tenía que seguir la pista de ese panfleto filocomunista.
Tenía un contacto en el ayuntamiento que quizá supiera algo.
Un responsable de la contrata de basuras.
Cincuenta y pocos años, había intentado sacarse la plaza de funcionario media docena de veces pero no lo había conseguido.
Trabajaba como interino. El tipo se enteraba de todos los tejemanejes que había en las contratas municipales.
Vería qué le podría sacar. En el minuto cincuenta y nueve Caminero recibe un pase en la frontal y marca un golazo, uno a uno, todavía hay esperanza.
Juan busca su número, le llama, la conversación es corta, él también está viendo el partido, quedan en verse por la noche, a las once en un bar del centro.
En el minuto ochenta y ocho Roberto Baggio acaba con el sueño de España.
Los hermanos Baggio nos han echado del mundial.
Juan mira el reloj, aún tiene tiempo hasta las diez, así que vuelve a su despacho.
Más trabajo tedioso. Le da al botón de reproducción del programa de video y sigue observando los buzones.
Afuera la tarde va avanzando, es sábado, la gente está en sus casas arreglándose para salir por ahí, para dejarse llevar por las luces en busca de sensaciones.
El video llama su atención, la calidad no es muy buena; pero ahí está, parece una mujer joven, viste un vestido negro y una chaqueta, y lleva el cabello recogido en un moño.
Se ve claramente como mete algo en el buzón de la madre de Itziar.
Paró el video. « Te tengo ». Pero realmente no tenía nada.
La mujer solo se veía de espaldas. Era imposible reconocerla.
La observó, su mano llevaba un anillo, la cámara no captaba sus pies, era delgada, de espaldas hubiera apostado que era atractiva; pero en ningún momento se le veía la cara.
Juan se encendió un cigarro, le dio un par de caladas y se llevó las manos a la cara.
Ese camino le llevaba a un callejón sin salida, aunque al menos ahora sabía que los anónimos los estaba dejando esa mujer.
Cogió el teléfono y llamó a la madre de Itziar.
«Necesito que vea algo, venga lo antes posible».
Y colgó. La mujer llegó en menos de media hora.
Sonó el timbre de la puerta. Abrió y la llevó hasta su despacho. La mujer observó el desorden.
―Creo que necesita un poco de orden en su vida ―señaló.
―Tengo la esperanza de que usted reconozca a esta persona.
La madre de Itziar miró con sorpresa la pantalla del ordenador.
―Puse un cámara oculta en su patio.
―Ya veo.
Le mostró el momento preciso en que aquella mujer introducía algo en el buzón, y miró con un atisbo de esperanza a su clienta.
―No tengo ni la menor idea de quién es esa chica.
El detective suspiró.
―Está bien ―dijo desanimando―. ¿Quiere tomar algo? Tengo un rato libre hasta las once. Hay otra pista que debo seguir.
―Póngame algo fuerte.
Juan la guio hasta el salón y la invitó a tomar asiento en el sillón. Al poco tiempo apareció con un par de coñacs con hielo.
―Con el dinero que gana, ¿no le da para instalarse en un sitio mejor?
Juan sonrió.
―No necesito más para vivir ―dijo dando un trago al coñac.
La fragancia de aquella mujer llenó el salón.
―Es curioso, llevo días investigando el caso de su hija y aún no sé su nombre.
La mujer dejó entrever un gesto enigmático. Encendió un cigarro e inhaló el humo con actitud relajada.
―¿Está usted coqueteando conmigo?
―Nada más lejos de mi intención.
La mujer sonrió. Dio otra calada.
―Me llamo Matilda Isabel, pero puede llamarme Matilda.
―Matilda… sencillo y bonito.
―Va a conseguir que me ruborice.
―¿Su hija tenía alguna relación sentimental con alguien?
―Mi hija era lo más parecido a una monja de clausura que usted haya visto en su vida.
Juan asintió en silencio, las mujeres que él acostumbraba a tratar estaban en las antípodas de ser monjas de clausura.
―Yo estudié y disfruté de la vida. Me saqué Económicas con veintitrés años, curso por curso y con matrícula de honor. El número de las matrículas que conseguía iba a la par que el número de hombres a los que conquistaba.
Juan dio un sorbo a su coñac.
―Tenía usted una mentalidad adelantada a su tiempo.
―No se crea, en mi época había muchas como yo en el ámbito universitario.
Solo queríamos disfrutar de la vida. Pero mi hija era diferente, tuvo un novio cuando estudió el bachillerato ―Juan hizo amago de coger su libreta―, no se moleste, su familia se mudó a China, tenían empresas textiles, el noviazgo con mi pequeña solo duró un año.
No se volvieron a ver. Mi hija se centró en sus estudios, estudió Ingeniería Técnica Industrial, ya ve, una carrera con las aulas llenas de chicos; pues mi hija iba a clase y volvía a casa a estudiar, sin distracciones.
Nunca ha sido de salir. Se sacó la carrera en tres años y medio, proyecto de fin de carrera incluido, y después, imagino que alentada por una familia de tres generaciones de funcionarios, se preparó oposiciones para el cuerpo de Ingenieros Técnicos Industriales de la Diputación General de Aragón.
Creo que en un año ya tenía todo el temario en la cabeza, la oposición tardó en salir dos años, sacaron dos plazas, se quedó la primera con bastante diferencia respecto al segundo.
Matilda dio una calada al cigarro, y se quedó por unos instantes mirando el vaso de coñac ensimismada.
―Mi hija no tenía enemigos detective ―dijo levantando la mirada hacia Juan y agitando suavemente el vaso de coñac―. Era una niña muy buena y cariñosa ―sus ojos se humedecieron―, no me cabe en la cabeza que le pudiera pasar lo que le pasó, y eso no me deja vivir, me destroza.
Juan le tendió su pañuelo de seda. Matilda se secó las lágrimas.
―Si no recuerdo mal, en la última conversación que tuvimos en su casa me dijo que Itziar trabajaba en la Dirección General de Energía del Gobierno de Aragón ―Juan consultó su libreta―. Y que anteriormente estuvo en otros puestos…
―Así es, pero ya le dije que no sé exactamente dónde trabajó, cada dos por tres hay concursos de méritos, recuerdo que me dijo hará cosa de tres años o así que quería concursar y cambiar de puesto.
Y lo hizo. Itziar nunca me contaba mucho de su trabajo.
Y yo tampoco le preguntaba. Nuestro trabajo, al contrario que el suyo, es profundamente aburrido.
Matilda comenzó a sudar, se tocó el pecho e inmediatamente sacó una pastilla de una pequeña caja que portaba en el bolsillo, se la metió en la boca y bebió un sorbo de coñac.
―Disculpe, es solinitrina, arrastro problemas cardiacos desde hace muchos años.
Juan asintió con cierto nerviosismo, lo último que quería es que su clienta muriera sentada en el sillón de su salón. Matilda se serenó, su rostro volvió a ser el de una mujer madura e interesante.
―Solo sé una cosa detective, el chico al que incriminaron no mató a mi hija. Estaba muerto de miedo cuando me entrevisté con él.
De momento Juan tenía a un soplón de la policía que había sido declarado culpable de matar a una joven alejada de cualquier vicio, y después, alguien ordenó matar al soplón en la cárcel.
Eso era todo lo que había averiguado. No era mucho.
No quería que su clienta pensara que era un inútil. Guardó silencio.