Chapter 20
Una mujer en la noche
Durmió durante un día entero. Cuando se despertó estaba desorientado, pero enseguida reconoció su apartamento.
Puso una cafetera y se metió en la ducha, el ritual de siempre.
Pensó en su exmujer, en lo buena persona que era y en lo bien que lo había tratado siempre; pero lo que les había sucedido fue demasiado.
No estaba seguro de que ella le culpara por lo de Clarita; pero no podía estar a solas con ella sin sentirse culpable.
La relación tuvo que morir, igual que Clara.
Se miró en el espejo, estaba echando barriga, normal dada su afición por el alcohol, lo raro es que aún se mantuviera más o menos en forma.
Buscó en su armario, debía de estar por algún sitio, al fin lo encontró: un pantalón corto de deporte.
Encima se puso una camiseta arrugada y bajó a la calle.
Empezó a correr, bajó por Vía Hispanidad hasta los Enlaces y subió de nuevo, apenas un par de kilómetros.
Para ser el primer día no estaba mal. Subió a casa, al entrar el teléfono estaba sonando; pero cuando lo cogió ya habían colgado.
Tomó su café mirando por la ventana, era media mañana y solo se veían amas de casa y jubilados por la calle, los hombres ya estaban trabajando en los polígonos de la periferia.
El teléfono volvió a sonar. Corrió a cogerlo.
Al principio solo estática, luego sonó una voz melancólica y familiar.
―Juan, soy la madre de Itziar, venga a verme, han dejado un nuevo anónimo en mi buzón.
Y colgó.
***
El ejercicio físico le había sentado bien, y en cierta manera le trajo los recuerdos de aquella época en la que entrenaba con Txiki y estaba en forma, y llegaba a casa a cenar junto con Martina y Clarita lleno de endorfinas. Eran recuerdos felices y tristes.
Bajó dando un paseo hasta la casa de su clienta.
Le abrió la puerta. La casa olía a perfume caro y a hogar confortable.
«Pase». Le indicó. Juan tomó asiento en un mullido sillón verde, de estilo inglés.
La madre de Itziar vestía unos pantalones vaqueros anchos y una blusa que caía sobre su delgado cuerpo marcando sus clavículas entre la tela.
Fumaba a través de una boquilla para no atufarse los dedos con la nicotina y el humo.
A Juan, hundido en el confortable sillón y bajo los efectos de las endorfinas generadas con el ejercicio de la mañana, le asaltó una sensación placentera de adormilamiento.
―Esta vez ha dejado algo más original ―dijo la madre de Itziar ofreciéndole un papel―. Parece un escrito izquierdista de denuncia social.
Juan lo cogió y lo elevó para observarlo a la luz de la lámpara del elegante salón.
En él se narraban diversas quejas contra el Ayuntamiento: condiciones de trabajo de varias contratas municipales, basuras, mantenimiento eléctrico…
y también se hablaba de unas obras en las que supuestamente se estaban esquilmando fondos públicos en certificaciones fantasma.
―J. Vidal… ―leyó Juan―. ¿Quién es J. Vidal?
―No tengo ni la menor idea.
Juan siguió contemplando el panfleto, era del tamaño de una cuartilla y únicamente tenía una hoja de papel recio, duro, con cierto tacto plástico.
―Perdone detective, no le he ofrecido nada de beber.
―Un café por favor.
La mujer salió del salón y se perdió tras la puerta de la cocina.
La mente de Juan se perdía en teorías que intentaran conectar ese panfleto con la muerte de Itziar; pero todo eran lagunas.
La señora regresó al salón con un café y un whisky con hielo.
Cuando Juan vio ambas bebidas se arrepintió de su elección.
―¿A qué se dedicaba su hija?
La mujer cruzó el salón, su andar era hipnótico, y tomó asiento en el sofá, donde el enorme gato naranja que parecía dormir sobre él se levantó y se acostó a su lado.
―Era funcionaria. Trabajaba en la Diputación General de Aragón, en la Dirección General de Energía; aunque sé que previamente concursó a varios puestos, y reconozco, no sin vergüenza, que no sé dónde estuvo destinada anteriormente.
Yo he sido funcionaria también sabe, y no hay nada que le guste más a un funcionario que hablar de las relaciones de puestos de trabajo, de los concursos de traslados y de los niveles.
Cuando mi hija comenzaba a hablar de esas cosas mi mente, aun sin quererlo, desconectaba, era incapaz de prestarle atención.
Juan asintió, comprendiendo en cierta manera lo que decía. En la policía las cosas eran parecidas.
―Comprendo ―dijo dando un sorbo a la taza de café―. ¿Cómo sabe que esto tiene relación con la persona que le está dejando anónimos y no es fruto de un buzoneo de gente reivindicativa?
La mujer le alargó otro papel.
―Porque también dejó esto:
«Uno para todos y todos para uno».
― De nuevo Dumas.
― Así es.
Juan alzó el papel, estaba escrito a ordenador y con letras mayúsculas:
«EL AYUNTAMIENTO NOS MIENTE UNA VEZ MÁS, ¿PARA CUÁNDO LA CONVOCATORIA DE LA OPOSICIÓN DE PERSONAL LABORAL?
CON MÁS DE UN CINCUENTA POR CIENTO DE PERSONAL LABORAL TEMPORAL, EL AYUNTAMIENTO NO CREE NECESARIO SACAR UNA OFERTA DE EMPLEO PÚBLICO.
Y PUEDE QUE ESTÉ EN LO CIERTO, PORQUE SU ESTRATEGIA ES PRIVATIZAR TODOS LOS SERVICIOS PÚBLICOS , REPARTIR LAS FAENAS DEL AYUNTAMIENTO ENTRE LAS EMPRESAS PRIVADAS GESTIONADAS POR SUS AMIGOS.
PENSADLO CIUDADANOS, ES UN NEGOCIO REDONDO, REDONDO PARA LOS BOLSILLOS DE NUESTROS NEFASTOS GOBERNANTES.
Y AHORA CAMBIEMOS DE ASUNTO, NUEVAS INFORMACIONES DE NUESTRO GARGANTA PROFUNDA J.
VIDAL RESPECTO A LAS ObrAS DE LA ZONA FRANCA.
SI YA OS VENÍAMOS ADVIRTIENDO QUE AQUELLO NO OLÍA MUY BIEN, NUESTRO CONFIDENTE NOS HA HECHO LLEGAR VARIAS CERTIFICACIONES DE ObrA QUE POR DECIR ALGO SON INVEROSÍMILES, ¿ALGUIEN PUEDE CREERSE QUE EN UN VIAL DE CINCUENTA METROS QUEPAN MÁS DE CIEN FAROLAS?
PARTIDAS DE HORMIGÓN DESPROPORCIONADAS, CONDUCTORES ELÉCTRICOS, TUBERÍAS, MOVIMIENTOS DE TIERRAS QUE MÁS PARECERÍAN PROPIOS DE LA CONSTRUCCIÓN DE UN PANTANO, Y TODO A COSTE DEL CONTRIBUYENTE OIGA.
ESTO HUELE A DESFALCO DE DINERO PÚBLICO DE BASTANTES MILLONES DE PESETAS.
¿QUIÉN SERÁ EL LISTO QUE SE LO ESTÁ LLEVANDO CALENTITO? SE ADMITEN APUESTAS».
Juan se entretuvo leyendo las certificaciones de obra que venían en la parte inferior del documento.
―Puede traerme por favor los anteriores anónimos.
La mujer se los mostró. Eran dos, el primero hablaba acerca de que la ley solo se aplicaba a los pobres, y el segundo la misma temática que el tercero, las palabras de Dumas. La caligrafía coincidía, los había escrito la misma persona.
―¿Le importa si me los guardo? Necesitaré analizarlos.
―Haga lo que tenga que hacer, lo único que me importa es que me diga quién mató a mi hija y por qué, ya sabe, cinco millones de pesetas le esperan.
Juan lo recordó, por supuesto el dinero era algo importante para él, pero cada vez menos, sus eficientes servicios pasaban de boca en boca entre maridos celosos y cornudos y el negocio le iba bien.
Calló que este caso lo resolvería solo por él, porque por algún motivo sabía que el hacerle justicia a esa pobre chica quizá le ayudaría a liberar parte de sus demonios.
―¿Dónde le dejó el panfleto y el papel?
―En el buzón, al igual que los anteriores.
También guardó silencio acerca de la cámara oculta que había instalado apuntando al buzón de correos.
―La llamaré pronto, debo hacer unas indagaciones.
Juan se despidió de ella y bajó las viejas y señoriales escaleras hasta el rellano.
El suelo era de mármol, un gran espejo ocupaba una de las paredes y la parte de los buzones era un recio armario de madera noble.
La cámara estaba instalada en la lámpara.
No tenía ganas de irse hasta su casa a por una escalera y volver, así que sacó su llave maestra, le había costado veinte mil pesetas pagadas a un cerrajero disoluto, y abrió el cuarto de contadores.
Según la legislación eléctrica en ese sitio no podía haber nada más que los contadores de la luz; pero en todas las comunidades era igual, lo usaban de trastero.
En un rincón vio un taburete, le serviría para llegar hasta la lámpara.
Extrajo con facilidad la cámara y el disco duro.
Dejó el taburete en su sitio, cerró la puerta y salió del edificio.