Luces de ciudad Chapter 18
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Chapter 18

Amigos

―Demos la bienvenida a nuestro alcalde el señor Juan Antonio Artajona.

Los aplausos sonaron por la explanada de la comisaría de la Policía Local de Domingo Miral. Varias docenas de novatos uniformados estaban firmes frente al alcalde y al jefe de la Policía Local.

―Es un orgullo contemplar el gran trabajo de los instructores de nuestra querida y profesional policía, y quiero trasmitirles nuestro agradecimiento por comenzar a formar parte de esta gran familia.

Con su trabajo honrarán a nuestra ciudad y a ustedes mismos, y espero que en todo momento velen por la seguridad de nuestros paisanos.

Se encontrarán con retos; pero estoy seguro de que los superarán y con ello irán creciendo no solo como agentes, sino también como personas. Gracias y tengan cuidado ahí fuera.

Un aplauso de los agentes cerró la vacía intervención del alcalde.

Ninguno de los nuevos policías tenía edad para darse cuenta del plagio al sargento Esterhause de la serie televisiva Canción Triste de Hill Street .

El alcalde sonrió satisfecho de que ya no tuviera ni que preparar sus discursos, le salían solos, palabras enlazadas en estructuras fácilmente compresibles que quedaban bien a los oídos de la gente y que no significaban nada para él, estaba preparado para en unos años dar el salto a la política nacional, quizá de ministro, solo necesitaba un poco más de fuerza dentro de su partido.

Los agentes rompieron filas y fueron con sus familias a celebrar su flamante ingreso en el cuerpo.

Juan Antonio Artajona y Marcelo Espino, el jefe de la Policía Local, se quedaron a solas paseando por el recinto.

―Con lo de las licencias seguimos igual ―dijo el jefe de Policía.

―Bien ―respondió el alcalde. Se encendió un cigarrillo―. Quería hablarte de lo otro.

―¿De lo de los panfletos?

―Sí.

―He mandado policías a bares de la zona de la Magdalena con la excusa de revisar historias de las licencias de actividad y en bastantes de ellos estaban sobre las mesas, la gente los cogía y los leía, lo comentaban y luego seguían bebiendo.

No pudimos sacarle a ninguno de los propietarios quién los había llevado allí.

―De eso quería hablarte. Creo que nos da igual quién lo esté haciendo.

―No te sigo.

―No tiene recorrido, el que lo hace no pasa de escribirlo y llevarlo a esos sitios donde gente sin importancia los lee, quizá se indignen un poco; pero enseguida su indignación queda ahogada en calimocho o en alcohol barato. No nos va a afectar.

―Pero el que le esté pasando la información…

―Ese es uno de los nuestros que está teniendo problemas con su pequeña conciencia amigo. Pero es uno de los nuestros, por eso no tiene cojones a llevarlo al ABC o a El País o al Heraldo de Aragón, porque sabe que publicar esto es el fin para todos, y eso si se lo publican.

―¿Estás seguro?

―Sí. Los grupos de izquierda lo saben, es evidente, pero saben que eso no lo tienen que remover.

―Hoy por ti mañana por mí.

―Exacto, todos estamos en el mismo barco. Ahora están removiendo a sus bases a través de sus organizaciones subvencionadas para hacer una gran manifestación en contra de la utilización americana de la base aérea, ya ves ―dijo sonriendo―. Saben jugar el juego.

―Todo un problemón para la gente lo de la base aérea ―el viejo policía se echó a reír.

―Amigo, son esos los problemas que hay que remover, cosas inocuas, utopías, esas cosas a los borregos de la izquierda les encantan y salen con las banderitas a la calle.

―Y mientras nosotros nos forramos.

―Y a ellos ya les tocará. Hoy por ti mañana por mí.

El alcalde miró la hora.

―Quedamos en el club para comer. Vendrá nuestro amigo. Tenemos que hablar. Tú ve con tu coche que yo iré con el mío.

―De acuerdo.

***

El metre les dejó la carta sobre la mesa de madera con mantel de lino. De primero unas raciones a compartir de cigalas y ostras y de segundo chuletón de vaca del Pirineo o rodaballo con patatas a la panadera. En cuanto a los vinos se decantaron por una garnacha tinta de La Rioja.

―Me encanta este lugar ―dijo Juan Antonio, el alcalde, sonriendo a sus dos amigos que se acomodaban en torno a una tranquila y discreta mesa en un reservado del club.

Espino dio un pequeño trago a su copa de vino y se recreó degustando el magnífico caldo.

A su lado el tercer amigo en discordia: Daniel Hidalgo, el presidente de ZOFAZASA, iniciales de la empresa pública Zona Franca de Zaragoza Sociedad Anónima, la empresa pública participada por el Ayuntamiento de la ciudad, el Gobierno de Aragón y el Estado para el desarrollo de la zona franca de la ciudad. Hidalgo se recostó en la silla.

―Sois unos hijos de puta ―dijo sonriente―, me estáis costando un ojo de la cara.

―Ves, tanto estudiar ―comenzó a decir Artajona cínicamente―, que si Abogado del Estado, que si consejero de la Renfe, que si Red Eléctrica, que si esto, que si lo otro, total, que nos repartimos el dinero a partes iguales.

―Sin duda eras el mejor de la clase ―dijo Espino―, ya apuntabas que serías un jodido empollón.

―Sin embargo vosotros erais unos cabronazos cuyos padres os pagaban el mejor colegio de la ciudad para ver si conseguían que fuerais unas personas decentes ―se defendió Hidalgo.

―Desde luego con eso se equivocaron los pobres ―dijo Artajona.

Espino rellenó su copa de vino y sonrió.

El metre sacó las cigalas y una bandeja con seis ostras que olían a mar.

Los tres amigos dieron buena cuenta de las viandas mientras escanciaban sin parar.

Después sacaron un chuletón para el alcalde y rodaballos para los otros dos.

Pidieron más vino. Pasada una hora ya estaban con los postres.

Después unos cafés cortados y las copas.

El consejero delegado de ZOFAZASA sacó unos puros habanos que repartió entre sus amigos.

―La empresa contratista me pide más tiempo para cobrar la última certificación ―dijo bajando la voz, casi en susurros―. Les cuesta encontrar tanto dinero en efectivo.

―Pues más vale que lo encuentren pronto ―dijo el alcalde en tono quedo―, si no ya saben lo que hay.

―Lo saben ―Daniel Hidalgo soltó una bocanada de humo denso que flotó lentamente en el ambiente―. Pero les es difícil encontrar tantos millones en efectivo, dales tiempo.

―¿Cuánto queda por ejecutar de la segunda fase de la ampliación?

―La mitad del presupuesto aproximadamente ―contestó Hidalgo.

―¿Qué hacéis con tanto efectivo? ―preguntó Espino, el jefe de la Policía Local.

―¿No has oído hablar de los paraísos fiscales? ―dijo el alcalde sonriente.

―No me jodas que te lo estás guardando todo en casa ―preguntó Hidalgo a Espino.

―Bueno yo…

―Como te entren a robar en casa al ladrón le va a tocar el gordo.

El alcalde se echó a reír, y tras unos instantes su rictus cambió, se puso serio.

―La última vez que subí a Andorra ―dijo susurrando―, les hice el ingreso a nuestros tres amigos.

Los otros asintieron, serios, circunspectos.

―Como debe ser ―dijo Hidalgo―. Hay mucho dinero en juego, los chinos están apostando por la zona franca.

―Hay noticias respecto a eso ―anunció el alcalde―, es posible que las próximas semanas anunciemos la instalación de varias giga fábricas chinas en ella.

Los de Madrid están trabajando muy bien el tema de las exenciones fiscales.

A los chinos les interesa, importan todos los componentes que necesitan para la producción sin pagar impuestos, y luego desde aquí tienen la salida fácil para exportar a toda España y a Europa.

―Pues si siguen instalando más fábricas eso implicará más obras ―dijo Espino.

―Y más comisiones ―zanjó el alcalde―. Oye Daniel, ¿quién está haciendo las certificaciones de obra?

―Las está haciendo un ingeniero contratado por mí, es de mi total confianza y también se lleva lo suyo. Las que me dan un poco de miedo son las intervenciones del Estado y de la Diputación.

―De eso olvídate, ambas administraciones transfieren los fondos al Ayuntamiento y es la Intervención municipal la que autoriza los pagos a ZOFAZASA. La Intervención autoriza los pagos según tus certificaciones, y además, la interventora jefe es la mujer de nuestro querido amigo Espino.

El jefe de Policía sonrió.

―Gracias a mi mujer, sino de qué me ibais a estar untando, que sois unos cabrones.

Los tres amigos se echaron a reír. La canícula parecía estar dando un descanso y la noche llegó fresca y azotada por una ligera brisa que traía los olores de la ribera del Ebro.

Salieron al jardín a tomar la última copa.

El césped estaba húmedo. Daniel Hidalgo se quitó sus carísimos zapatos mocasines para sentir la hierba mojada.

El camarero trajo dos copas de ron con Coca-Cola y una ginebra con tónica.

―Ya rondamos los cincuenta y pico amigos, pensad que esto es nuestro plan de jubilación ―dijo risueño el jefe de Policía.

―Yo a veces me pongo pesimista, pienso en que nos pueden pillar, y si nos caen diez años de cárcel a estas alturas… pues nos plantamos en la cárcel con sesenta y pico.

El alcalde dejó escapar una sonrisa ladina, como la de un lobo escondido que ve acercarse a su presa.

―No nos van a pillar, y aunque nos pillaran no podrían hacer nada contra nosotros, ya sabéis quién está metido en esto, y creo que ya estoy hablando de más.

Silencio. Unos cuantos tragos a las respectivas copas. Hidalgo cerró los ojos para sentir mejor la brisa nocturna.

―Si nos pillan a nosotros le pillan a él, y si le pillán a él todo quedaría en entredicho, el sistema se desmoronaría como un castillo de cartas.

―Ya basta de hablar de esto chicos ―dijo el alcalde levantando su copa e invitando a sus dos amigos a brindar―. Por los chinos, porque sigan trayendo sus maravillosas fábricas aquí y porque tengamos que seguir ampliando nuestra querida zona franca.

Los tres amigos brindaron. La noche iba avanzando, la ciudad nocturna y canalla ya había despertado. La gente salía de sus casas camino del centro para pasarlo bien, ir al cine, beber algo, bailar, quizá conocer a alguien interesante.

La gente es ajena a las intrigas y corruptelas de una pequeña élite que juega con el dinero público.

Lejos de ahí, en un garito algo elegante de la zona centro donde suena jazz negro, un detective con el alma rota bebe alcohol y mira la barra como si su mente estuviera a miles de kilómetros de allí.

La música, triste y decadente, parece amortiguar el dolor agudo de sus recuerdos.

Sus acordes flotan hasta la otra punta de la ciudad, donde un joven a punto de acabar sus estudios de Filosofía fuma tumbado en su viejo y barato sofá un cigarro con algo de hachís, mientras lee un ensayo de un pensador oriental que trata sobre que la Humanidad se resetea cada tres o cuatro generaciones, y que da igual lo que aprendamos o las advertencias que dejemos escritas, porque todo vuelve a suceder.

La música sigue su camino hasta llegar a una casa elegante en el centro de la ciudad, y envuelven a una mujer triste, que está sola sentada en su sillón, con una mano sujeta un cigarrillo y con la otra un vaso de whisky.

Su mirada, llena de lágrimas, contempla una pequeña fotografía de una mujer joven y sonriente.

La ciudad los envuelve a todos con su halo indiferente y milenario, y sus destinos, sin ellos saberlo, quedan unidos para siempre bajo las luces melancólicas de una urbe moribunda.