Luces de ciudad Chapter 17
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Chapter 17

Sombras en la noche

Juan conducía por el centro de la ciudad, era sábado noche.

Los adolescentes regresaban a casa mientras los mayores copaban el Paseo de la Independencia y las zonas de bares del centro de la ciudad.

Los adultos se quedarían por la zona del Tubo y luego irían a bailar a los garitos de puretas de las zonas próximas a Independencia y el Casco Viejo, y los jóvenes se desparramarían por Doctor Cerrada, León XIII y la zona de Moncasi y Zumalacárregui.

Salió del dormitorio y siguió andando por el pasillo, otra puerta se abría a la derecha.

Entró. Era otro dormitorio. En este todo estaba impecablemente recogido, el contraste entre ambas habitaciones llamó la atención a Juan.

Enfocó con la linterna las estanterías y ahí estaba, una fotografía de Yousef subido a un ring con los guantes de boxeo y en guardia.

Más fotografías, trofeos, unos guantes de boxeo colgados de la pared, y en una esquina un saco de entrenamiento colgado del techo.

Era el cuarto de Yousef. Lo revisó a conciencia buscando documentos, drogas, armas, ropa de mujer, cualquier cosa que se saliera de lo normal; pero nada, todo estaba en orden.

El resto de la casa no tenía mucho interés, una pequeña cocina con viejos electrodomésticos, un baño y un salón cuya ventana daba a la calle.

Decidió salir de allí, se dirigió a la puerta de entrada, abrió lentamente sin hacer ningún ruido, y entonces vio a un chico que subió el último escalón y se quedó congelado en el rellano mirándolo, fue una fracción de segundo; pero ambos se quedaron mirándose el uno al otro.

De repente el chico echó a correr escaleras abajo, era rápido, Juan bajó tras él a toda velocidad.

Salieron a la calle, el chico le sacaba unos diez metros de ventaja y en aumento, corría como una gacela, Juan tampoco aflojaba.

—¡Detente! —le gritó.

El chico volaba, cruzó el erial que separaba el colegio de los franciscanos del barrio de La Jota, no se encontraron a mucha gente dada la hora que era; pero a la altura del puente de las Fuentes un coche estuvo a punto de llevarse a Juan por delante.

Cada vez el chaval le metía más metros pero Juan no se rendía.

Enfiló hacia Cogullada, y Juan tuvo un presentimiento.

Cruzó la avenida Cataluña como una flecha sin mirar si venía algún vehículo, Juan detrás; pero ya le sacaba unos cincuenta metros de ventaja.

Las chicas que hacían las calles del polígono se sobresaltaron al verlos; pero luego siguieron a lo suyo, estaban acostumbradas a ver cosas raras por ahí.

A Juan se le heló la sangre cuando vio que el chico se metía en una nave concreta.

«No me jodas». Susurró, y sacó su revólver.

Le pegó dos tiros a la cerradura y la puerta se abrió produciendo un chirrido escalofriante, dentro solo oscuridad, cuando dio el primer paso en la nave notó un golpe en el mentón que lo envió directo al suelo, el revólver cayó de sus manos y una sombra se abalanzó sobre él.

Los golpes eran duros y secos, estuvo a punto de perder el conocimiento pero reunió todas sus fuerzas y se libró de su atacante.

Sus ojos se acostumbraron a la penumbra del interior de la nave y pudo recuperar el revólver, lo empuñó y apuntó a la sombra.

—Si te mueves te pego un tiro —le dijo.

La sombra pareció temblar.

—No dispares —contestó una voz familiar, tras lo que alargó un brazo y encendió la luz directamente desde el cuadro eléctrico.

Los focos se encendieron dejando al descubierto a su oponente.

—No me jodas Txiki —dijo Juan sin dejar de apuntarle.

—Joder Juan, menudo susto nos has dado.

—No os mováis —justo detrás del viejo entrenador apareció el chico que escapaba—. Ahora mismo vamos a tu despacho y me contáis qué cojones está pasando aquí, y te lo advierto Txiki, como me intentes joder te meto una bala en la cabeza.

Entraron en la destartalada oficina, Juan estaba tenso y alerta, con el arma en alto. Txiki se sentó en su sillón, a su lado el chico, muerto de miedo.

—Por favor Juan, baja el arma.

—¿Después del recibimiento que me has dado?

—No sabía que eras tú joder.

Juan bajó el arma lentamente; pero no la enfundó. Miró al joven y luego de nuevo a Txiki.

—¡Habla!

—¿Sin ningún aliciente?

—Esta vez no Txiki, con que no te vuele los sesos tendrás suficiente.

Txiki sonrió peligrosamente, parecía un depredador acorralado.

—El chico me dijo que alguien había entrado en su casa, que alguien le perseguía, joder la última persona en el mundo que me podría haber imaginado eras tú.

—¿Qué hacía ese chico en casa del asesino de Itziar?

—Voy a sacar una cajetilla de tabaco del cajón de mi mesa —dijo Txiki alzando las palmas de las manos ante Juan en señal de rendición.

Se encendió un cigarrillo Marlboro, y le dio una calada larga.

—Mira Juan, no tienes ni puta idea de dónde te estás metiendo, es mejor que no sepas ni una palabra de lo que está pasando aquí.

—Eso déjame decidirlo a mí, habla.

—¿No te bastó con el numerito del otro día?

—¿Fue él? —dijo señalando al chico con el revólver.

—Sí; pero por el amor de Dios Juan guarda el arma.

—Aun siendo mi amigo eres un tipo peligroso, como intentes jugármela te vas a arrepentir —al fin guardó el arma—. Habla, ¿quién es este chico y qué hacía en casa de Yousef?

—He intentado protegerte Juan, pero bueno, sarna con gusto no pica, yo ya te he avisado. Este chico se llama Ahmed y es el hermano de Yousef.

Juan asimiló en silencio aquellas palabras. En el exterior de la nave se oía aullar a un perro solitario. La madrugada iba avanzando sobre la ciudad.

—¿Por qué ha venido aquí?

—Desde que mataron a su hermano en la cárcel yo soy lo único que tiene, vino aquí buscando protección, en este lugar se siente seguro.

—Yo no quiero volver a pasar por aquello —dijo el joven con marcado acento rifeño—. No quiero mala gente.

El chico se echó a llorar.

—¿De qué mala gente habla? —preguntó Juan buscando la mirada de Txiki.

―Cuéntaselo Ahmed, Juan no te va a hacer daño.

El chico parecía una gacela asustada.

―Una noche de madrugada, justo antes de que le pasara todo eso a mi hermano, vinieron dos hombres a mi casa, estuvieron hablando con él.

Mi hermano me mandó que me escondiera, porque yo estoy ilegal en España y no quería que me metiera en problemas.

Discutieron, parecía que mi hermano no estaba de acuerdo con lo que le estaban diciendo.

―¿Qué le dijeron?

―No lo sé, ya le digo que yo estaba escondido, pero veía que mi hermano recibía sus palabras negando con la cabeza, en algún momento me dio la impresión de que hablaban de drogas.

―¿Qué más?

―Esa misma noche mi hermano me mandó aquí con Txiki y se fue. Lo demás es de todos conocido. Lo pilló la Guardia Civil intentando escapar a Marsella por el paso de Bielsa.

―¿Marsella?

―Mi hermano traficaba con drogas ―el joven no se sentía muy orgulloso de eso; pero tampoco quería ocultarlo―.

Tenía contactos con la mafia marsellesa porque había hecho algún trabajo de poca importancia para ellos.

Yo era pequeño y no trabajaba, y tenía que sacarme adelante, no le reprocho nada de lo que hizo.

―¿Cómo eran esos dos hombres?

―Mala gente, mi hermano estaba nervioso frente a ellos, eso sí que lo noté, y sobre todo en cómo me habló una vez que se fueron, tenía miedo por mí y por él. Eran gente peligrosa.

―¿Los llegaste a ver?

―No, yo… estaba escondido bajo la cama ―dijo avergonzado.

―No tienes que avergonzarte Ahmed ―le arengó Txiki―, eres un chico muy valiente.

―O sea que cuidas de él, no sabía que tenías aquí una especie de orfanato.

―Vete a tomar por culo Juan, al chico le conseguí trabajo en una carpintería de aluminio en el polígono de Malpica, y le regalé una chatarra rodante con la que puede ir a trabajar. Algún día viene a entrenar por aquí.

―Txiki el benefactor.

―Que te jodan, tira la pistola y súbete al ring conmigo si tienes cojones.

―¿Crees que estoy loco?

Juan se sentó, el joven magrebí pareció relajarse, hasta Txiki dio una calada tranquila al cigarro viendo que la sangre no iba a llegar al río.

―¿Recuerdas algún detalle significativo sobre ellos? ―le preguntó al chico.

―Sus voces, eran duras y no daban pie a contradecirles.

―Escucha chaval ―comenzó a decir Txiki a Ahmed―, vete a casa y duerme tranquilo, reza, bébete unas cervezas, queda con alguna tía o haz lo que te dé la gana; pero olvídate ya de esto, ¿de acuerdo?

―Sí Txiki ―dijo el chaval. Los chicos del gimnasio lo reverenciaban, para muchos era como una especie de padre que llenaba el hueco de sus familias ausentes.

―Vamos, ve.

Ahmed abandonó la nave camino de su piso.

―Siento haberte destrozado la puerta ―se disculpó Juan.

―No pasa nada, eso es algo que se arregla con dinero.

Juan se levantó dispuesto a marcharse.

―¿Te acuerdas cuando me preguntaste que por qué no llevaba a Yousef a los cobros de morosos?

La pregunta captó la atención de Juan, que se giró hacia su viejo y peligroso amigo.

―Sí, me dijiste que no querías meter en ese negocio a tipos que estuvieran metidos en el narcotráfico.

Afuera se oyó una sirena lejana, alguna ambulancia llevándose a alguien al saturado Cascajo, su ocupante quizá ya no vería otro amanecer.

―No sé lo que le pasó a Yousef en la cárcel, ni si violó y asesinó a aquella pobre chica; pero te aseguro que estoy protegiendo a Ahmed de gente peligrosa, de gente muy peligrosa.

―¿Qué tipo de gente Txiki? ¡Dímelo de una puta vez!

El viejo entrenador sacó otro cigarrillo y lo encendió con un mechero chapado en oro digno de un patriarca gitano.

Miró las fotos de sus éxitos, del campeonato de España que consiguió en los años sesenta, de sus chicos, que habían conseguido varios campeonatos amateurs, y pareció llenarse de fuerza para poder pronunciar las palabras que le había estado ocultando a su amigo desde que llegó preguntando por el caso de Itziar:

―Yousef era un confidente de la policía.

Y en la mente de Juan, de un plumazo, una pieza significativa del puzle se colocó en su lugar.