Luces de ciudad Chapter 14
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Chapter 14

Un espejo frente al dolor

En el vinilo sonaba la canción «I’am a Fool to Want You » de Phil Harper, su trompeta destilaba elegancia y melancolía a partes iguales.

Juan puso dos hielos en un vaso y lo llenó de whisky, después se sentó en el sillón y se dejó llevar por esos acordes negros.

Se encendió un cigarrillo y pensó en todo lo que sabía hasta la fecha sobre el caso de Itziar: Yousef la había asesinado vilmente, y después alguien lo había matado en la cárcel por encargo de un hombre cuya voz era tenebrosa.

¿Quizá lo de Yousef fue una venganza? ¿En ese caso estuvo la madre de Itziar implicada? Y si es así, ¿lo estaba utilizando?

Juan negó para sí y se masajeó la cabeza, el caso estaba muy verde todavía.

Tenía que llamar a la madre de Itziar y hablar con ella, lo que le había dicho Garanto respecto a lo de no contarle nada de la investigación le parecía muy bien, pero ¡que le dieran al viejo comisario!

Él seguía sus propias normas. Descolgó el teléfono y la llamó, al segundo tono la voz triste y bien modulada de aquella elegante mujer se oyó al otro lado de la línea.

Quedaron en verse en su casa, Juan quería contarle cómo iba la investigación.

***

El piso estaba bien situado, en plena Gran Vía al lado del río Huerva, de techos altos y amueblado exquisitamente, fruto de las nóminas seguras de varias generaciones de funcionarios del Estado primero y de la Comunidad Autónoma después.

—Mi madre ya era funcionaria de la Agencia Tributaria, y antes de ella mi abuelo lo era del Ministerio de Fomento, concedía las licencias de cualquier obra que se hiciera al lado de un carretera nacional —la mujer expulsó el humo del cigarrillo que sostenía de una manera sofisticada.

Sus piernas estaban cruzadas con los brazos apoyados en ellas—.

Pero basta de cháchara, cuénteme lo que ha averiguado.

Juan la escuchaba en silencio, contemplando su belleza decadente, pensó que de joven habría sido guapa, y que incluso aún ahora era atractiva.

—Realmente no he avanzado mucho, pero he descubierto algo. Al asesino de su hija lo mataron en la cárcel.

La mujer dio una calada larga al cigarrillo y se quedó mirando fijamente a su invitado. Detrás de ella una estantería atestada de libros antiguos recibía los rojizos rayos de sol del atardecer.

—¿Eso es todo lo que ha averiguado hasta ahora detective? —la mujer hizo un gesto de desdén—. Eso se lo dije yo el primer día que nos encontramos en su domicilio, el chico me dijo que él no había sido, que era un cabeza de turco y que lo iban a liquidar.

Juan se encendió un cigarro.

—Bueno cuando usted me habló de ello —echó el humo hacia el techo, que subió lentamente para luego quedarse flotando en torno a una magnífica lámpara de época—, era solo eso, una habladuría. Pero ahora lo he comprobado. Al asesino de su hija lo liquidaron en la cárcel.

—Dice usted que es el asesino de mi hija, ¿acaso también tiene pruebas de ello?

—Todavía no; pero deme tiempo.

—El tiempo es como una condena para mí, cada segundo una eternidad llena de dolor por el recuerdo, por el dolor que me produce saber que mi hija se fue de este mundo con violencia.

—El atestado es sólido, es muy probable que Yousef fuera el asesino.

—¿Y entonces por qué lo mataron?

—No lo sé; pero lo averiguaré. Necesito más tiempo.

—Lo tiene. Usted descubra lo que le pasó a mi hija y cumpliré lo prometido: cinco millones de pesetas.

Juan se recostó hacia atrás en el sillón inglés de tapicería verde, era realmente cómodo.

—Disculpe mis malos modales —dijo la señora—. ¿Quiere algo de beber?

—Un whisky con hielo.

La mujer abrió un mueble de madera oscura, dentro había bebidas alcohólicas y un pequeño congelador con hielo.

Preparó dos vasos y sirvió el whisky, después pulsó un botón de su cadena musical y comenzó a sonar de fondo música clásica.

Juan no solía escuchar a los clásicos; pero sabía apreciar la buena música, y esta lo era.

—La música me ayuda a relajarme, es como un analgésico contra el dolor.

El alcohol también me ayuda —dijo levantando la copa—, pero todo lo que me da un día me lo quita al siguiente.

Usted también ha sufrido ¿verdad?, me lo dicen sus ojos de hombre duro, tiene algo triste en la mirada. ¿Qué le pasó?

—No he venido aquí a hablar de mí.

—Lo entiendo. Discúlpeme, me he excedido, nuestra relación es tan solo profesional.

El aroma de aquella mujer llegó hasta Juan, embriagándolo, aquella presencia melancólica era hipnótica, su cuerpo, frágil y elegante. Juan dio un trago al vaso de whisky.

—Por cierto, he recibido otro anónimo —la mujer notó el desconcierto en la cara del detective—. Ya veo que no recuerda mucho de nuestra primera conversación. En aquel momento usted no me tomaba en serio.

En efecto, Juan no recordaba ese detalle.

—Disculpe, ¿puede enseñarme los anónimos que ha recibido?

La mujer se levantó del sillón y fue hasta una estantería, dentro de un libro, El Conde de Montecristo , extrajo dos pequeñas cuartillas de papel.

—Este me lo dejaron en el buzón de mi casa justo cuando terminó el juicio:

«La ley solo existe para los pobres. Los ricos y los poderosos la ​ desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque               no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero».

​ ​ Marqués de Sade.

»Y hace cosa de unos días me dejaron otro, estaba esperando a que usted contactara conmigo para decírselo. Mire —dijo extendiéndole otra cuartilla con un texto manuscrito—:

«Todos para uno, y uno para todos».

​ ​           Alejandro Dumas.

—Sorprendente… —balbuceó Juan.

—Sin duda está claro lo que quieren o quiere decir con el primer escrito, que hay alguien poderoso detrás, pero esta frase de los mosqueteros, no sé…

—Usted sigue pensando que alguien pasó por encima de todo el sistema, pero eso es prácticamente imposible.

—Estoy convencida de ello.

Juan se acabó la copa y se incorporó.

—De momento solo he averiguado que al asesino de su hija se lo cargaron, cuando sepa algo más volveré a contactar con usted.

—Ya sabe dónde vivo.

La mujer alargó su mano. Juan la estrechó sintiendo su fragilidad y guardándose su tacto en lo más profundo de su mente.

—Adiós.

Y se marchó.

***

Salió al exterior, la luminosidad de la Gran Vía contrastaba con el interior del piso de su clienta, afuera el mundo seguía girando ajeno al dolor de ambos, bello, caótico y deslumbrante.

Algo que había visto había removido sus recuerdos.

Cuando la mujer había ido a servir las copas se había fijado en una vieja fotografía: un apuesto hombre vestido de legionario, detrás de él el viejo acuartelamiento del tercio de la Legión en El Aaiún, con la bandera española izada en lo alto.

Juan había morado ocasionalmente en ese cuartel, aunque él había estado emplazado en la otra punta del Sáhara Español, en Villa Cisneros.

Fue uno de los últimos legionarios que abandonó la ciudad tras arriarse la bandera española el once de enero de mil novecientos setenta y seis.

El hombre de la foto debía de ser el marido de su clienta, era unos quince años mayor que él.

Esos pensamientos le trajeron los recuerdos de la arena y el sol del Sáhara, de las marchas legionarias por el desierto, de las escaramuzas contra el Polisario, del orgullo de ser legionario y de formar parte de una hermandad.

Cuando arriaron la bandera abandonaron para siempre ese bello y misterioso lugar y los acuartelaron en Fuerteventura.

Esos tiempos en el Sáhara le venían como remembranzas de otro mundo y de otra época.

Una época feliz. Ingresó en la Legión cuando cumplió los dieciocho años en contra de la opinión de sus padres.

Sus padres habían venido del pueblo a Zaragoza a buscarse la vida en los años cuarenta.

Su padre enseguida encontró trabajo en un almacén de material eléctrico por la zona del polígono de Cogullada.

Acabó jubilándose ahí. Su madre se dedicó a cuidarlos a los dos.

Les recordaba con cariño, le habían dado una infancia feliz: su padre venía de trabajar tarde, se cambiaba y tras preguntarle a su mujer si Juan había hecho los deberes encendía la televisión para ver « el parte », mientras tanto su madre acababa de hacer la cena cuyo aroma llegaba a todos los rincones del pequeño piso en el barrio obrero de La Jota.

Juan tenía grabado el sonido de la cabecera de aquel telediario y el olor de los guisos de su madre.

Su madre lo iba a buscar al colegio, y después se sentaba con él para hacer los deberes.

Estaba claro que querían que su único hijo tuviera una vida mejor que la suya.

Eran buenas personas que deseaban lo mejor para él.

Cuando con dieciocho años les dijo que se iba a alistar en la Legión el mundo se les cayó encima.

Ellos querían que estudiara una carrera, y después que encontrara trabajo en un banco o algo así, un trabajo cómodo de esos en los que se trabaja sentado; pero Juan tenía otros planes para sí mismo.

Se alistó en el tercio y lo mandaron al Sáhara español.

Su madre le suplicaba que lo dejara, que se buscara otra cosa, trabajo en la policía quizá.

Estudió Relaciones Laborales y después se presentó a las pruebas.

Cuando aprobó las oposiciones para agente de la Policía Nacional sus padres estaban henchidos de orgullo, su hijo lo había conseguido, su padre hasta le regaló una pluma chapada en oro como recuerdo.

Juan agradecía a Dios que sus padres se hubieran ido a tiempo para no ver su caída, su perdición, su tragedia.

De repente cayó en la cuenta de algo, tenía que considerar a la persona que le estaba dejando esos mensajes a la madre de Itziar.

Pensó que el que lo estuviera haciendo sería una persona normal; porque para que te pillen no hay nada como dejar los mensajes siempre en el mismo sitio.

Fue a su apartamento, cogió una de sus cámaras, algo de cable y herramientas.

Bajó en coche hasta la Gran Vía y lo aparcó en la acera, las multas no le preocupaban, un telefonazo a su contacto de la Local y todo arreglado.

Llamó al portero automático haciéndose pasar por el cartero.

Una vez dentro colocó la cámara dentro de la lámpara situada en la parte superior de los buzones y la conectó al propio circuito de alumbrado.

Tendría grabación ininterrumpida, solo tendría que preocuparse de revisar el disquete incorporado cada tres o cuatro días a ver si había algo y volver a borrarlo.

Si alguien le dejaba un nuevo mensaje la cámara lo recogería.

Pasó un chico joven con su perro hacía el interior del inmueble, Juan le sonrió y el chico le ignoró, un simple electricista arreglando la lámpara del patio.

Cuando Juan terminó el trabajo se marchó de ahí.