Luces de ciudad Chapter 13
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Chapter 13

Dinero

El viaje hasta Andorra desde Zaragoza había ido bien.

El chófer era un tipo bastante eficiente y el coche oficial, un Opel Omega nuevo, tenía bastantes caballos para hacer breve el trayecto.

Además se le había hecho corto al haberse evadido en sus recuerdos.

El alcalde fumaba un puro habano y pensaba en cómo había llegado a la cima.

Reflexionaba sobre el gran engaño en que se había convertido la política, y se preguntaba si en algún momento la gente se daría cuenta de que todo es un fraude y los políticos unos impostores inútiles, y finalmente darían cuenta de ellos en un gran apocalipsis de cargos públicos a través de un cadalso colocado en la plaza principal de cada ciudad.

Pero también pensó, con cierto placer maquiavélico, en que mientras ese momento llegaba él estaba guardando una fortuna a buen recaudo.

Dónde si no era en la política un tipo como él hubiera podido ganar tanto dinero.

Empezó empresariales en la universidad de Zaragoza, pero no la acabó, aunque eso no fue problema para declarar en todos los foros públicos que era diplomado en ciencias empresariales, total, en la política todo valía.

Dirijo los designios de una ciudad de medio millón de habitantes y ni siquiera sabría ganarme la vida fuera de la política, pensaba con una sonrisa nerviosa surcando su rostro.

Claro que se había afiliado al partido muy joven, le había dado sus mejores años y ahora se los estaba cobrando, además tenía dos hijos a los que tenía que pagar muchas cosas todavía. Hacía lo que tenía que hacer.

Pasó la aduana sin muchos problemas, con el dinero bien escondido dentro del coche.

No obstante era medianamente famoso a nivel nacional, y por supuesto los guardias civiles de la frontera lo conocían.

Era un personaje público que se postulaba dentro del partido para dar el salto a la política nacional, bien relacionado y con posibilidad de hacer una llamada que los pusiera firmes.

No querían problemas con él. El Opel Omega enfiló la carretera hacia Andorra, cuando llegaron el chófer se alojó en un hotel de tres estrellas, por supuesto recibiría una dieta con cargo al presupuesto público.

El alcalde se alojó en un hotel de lujo próximo a un resort con aguas termales, tuvo la decencia de pagárselo de su bolsillo, no quería tener problemas por minucias.

A escasos cien metros de donde se alojaba estaba la sede del Andorra Bank.

Contempló el rígido edificio y sonrió, le encantaba Andorra, un bello y pequeño país emplazado entre montañas que vivía del secreto bancario y de los impuestos bajos.

Sus calles estaban limpias y bien organizadas, y se notaba que la gente tenía dinero porque eran amables y sonreían. Pensó que quizá se retiraría allí.

Un conserje le recibió en la puerta del hotel cogiéndole una de las maletas, la otra, una pequeña bolsa de viaje la llevaba bien agarrada y por nada del mundo se la hubiera dejado a nadie.

El alcalde le dio una buena propina, y le pidió que llamara al sitio de siempre y le mandaran una chica.

Quería compañía, ir a Andorra siempre era como una fiesta para él porque significaba que su cuenta se incrementaba y podía disfrutar de otras mujeres diferentes a su mujer.

La habitación era enorme, tenía un salón que acababa en una cristalera gigante con vistas al complejo termal y al banco.

Guardó la bolsa en la caja fuerte y después colocó la ropa en el armario.

Se sentó en la cama y encendió la televisión, estaban echando un programa de preguntas y respuestas que le encantaba.

El timbre de la puerta sonó y fue a abrirla con cierta ansiedad por ver qué chica le habían preparado esta vez.

Era una mulata espectacular. El alcalde sonrió y la hizo pasar al salón.

Abrió el mueble bar y sirvió dos copas de whisky con hielo.

La chica le pidió que le echara Coca-Cola.

—¿De dónde eres guapa?

—De Cuba mi amor.

—Ahhh Cuba, ahí tienen el mejor tabaco del mundo —dijo señalando su caja de habanos de la que sacó uno—. ¿Fumas?

La chica negó con la cabeza y sonrió. Después se quedó en silencio.

—¿No me preguntas nada?

—En este oficio cuanto menos sepamos del cliente mejor.

—Tienes razón —dijo dando una calada al puro.

Se acercó a ella y comenzó a acariciarla. La joven se levantó y se quitó la ropa dejando al descubierto su escultural cuerpo que avivó la lívido del político. Después se fueron a la cama.

A la mañana siguiente los rayos de sol que entraban por la enorme cristalera del salón le despertaron.

Estaba solo en la cama. Oyó el ruido del agua caer en la ducha del baño.

La chica se estaba duchando. El alcalde se metió en la ducha con ella, que se quedó expectante, a ver si su cliente tenía ganas de más o simplemente quería una diversión más superficial.

Fue esto último. Unos besos y el alcalde se concentró en ducharse.

—Hoy iremos al spa, si no tienes bañador pide uno por el teléfono de la habitación al personal de recepción —la chica asintió y le sonrió.

El alcalde gozó en la visita al spa, se relajó con los chorros de agua y disfrutó de la compañía de su amiga cubana cuyo escultural cuerpo llamaba la atención en todos sitios a los que iban.

A él le encantaba que la gente le viera con una mujer así, en absoluto era guapo, pero las limpiezas de cara y las cremas que se aplicaba le daban esa luminosidad en el rostro típica de la gente con dinero.

Le gustaba que la gente pensara que esa cubana o cualquiera otra por la que pagara estaban con él por su dinero.

***

La sede del Andorra Bank era un edifico moderno construido a mitad de los años ochenta, su fachada era de mármol de Carrara salpicada de ventanas oscuras totalmente opacas.

El alcalde entró por la puerta principal, que daba acceso a un hall enorme, donde un guardia de seguridad le indicó que depositara sus pertenencias y su bolsa en una bandeja para ser examinada por rayos X, mientras él mismo pasaba por el arco de seguridad.

El guardia no se extrañó al ver a través de la aplicación el contenido de la bolsa.

El alcalde imaginó que ese hombre debía de ver muchas bolsas como aquella.

Después le indicó el despacho al que debía dirigirse.

Un hombre de unos cuarenta años pulcramente vestido con traje y corbata y pelo corto como el de un soldado lo recibió amablemente, le estrechó la mano y le indicó que por favor tomara asiento.

Al alcalde le encantaban esas formas europeas y refinadas, típicas de sitios como ese donde fluía el dinero a espuertas.

Por un fugaz momento pensó que debería convertir Zaragoza en un lugar como ese, bajar los impuestos tanto como las opresivas leyes españolas lo permitieran y atraer fortunas de toda España y de parte del sur de Francia.

Pero fue solo eso, un momento fugaz, porque enseguida comprendió que su ciudad seguiría siendo muchos años un agujero gris controlado por una docena de familias industriales poderosas, que habían colonizado la política regional, los medios de comunicación y habían creado una red de alianzas y favores recíprocos donde movían sus intereses a voluntad.

Dueños de fábricas de varios miles de trabajadores, de medios de comunicación, de redes sanitarias privadas, empresas mineras, turismo de nieve, industria agroalimentaria, etc…

Esa gente no iba a permitir que nadie se sumara a su fiesta, y menos que otros desde Madrid o Barcelona comieran parte de su pastel.

Por eso en el fondo el alcalde pensaba que estaba haciendo bien, no estaba seguro que su partido siguiera apostando por él pasada la legislatura, así que tenía que asegurarse su futuro.

El empleado de banca le pidió la documentación para identificarle, tras lo que tecleó algo en el ordenador y sonrió a su cliente.

—Encantado de atenderle señor Juan Antonio Artajona Humeral, estoy a su disposición.

Era como un cajero de un banco español pero con estilo y despacho propio.

El alcalde comenzó a sacar los fajos de billetes y a colocarlos sobre la mesa, el empleado de banca, rápido y profesional, les iba quitando las gomas e introduciéndolos en una máquina contadora de dinero, y luego los volvía a depositar ordenadamente y engomados sobre la mesa.

Tras un rato así al fin concluyeron la tarea.

—En total son setenta millones de pesetas —dijo colocando el último fajo sobre la mesa.

—Quiero ingresarlos en mi cuenta.

—Por supuesto señor —el empleado comenzó a meter los fajos en varios tubos de plástico duro transparentes. Después presionó un botón y los metió en una especie de tubería donde desaparecieron a toda velocidad en dirección a las entrañas del banco—. Su dinero ya está ingresado.

Le entregó un certificado de saldo de su cuenta: doscientos setenta millones de pesetas. No estaba nada mal.

—Ahora quisiera hacer tres transferencias.

El empleado revisó el histórico de transferencias y la agenda de cuentas.

—¿A las cuentas de siempre señor? —le preguntó.

El alcalde sacó un papel donde tenía anotados un número del propio Andorra Bank y dos números de cuenta del Credite Suisse Bank en Zúrich, no quería fallar.

—Ingrese quince millones a cada una de estas cuentas por favor.

—Por supuesto señor.

El sonido de las teclas del ordenador de aquel empleado era como el eco de una magia oscura y arcana que movía el dinero sucio a voluntad por siniestros despachos europeos, ocupados por gente elegantemente vestida y con exquisita educación.

—Ya están hechas señor.

Volvió a expedirle un certificado con el nuevo saldo de su cuenta y tres documentos que acreditaban las transferencias realizadas.

—Ha sido usted muy amable, reciba esto como compensación a sus excelentes servicios —dijo entregándole un fajo de billetes que había dejado en la bolsa. El alcalde sabía que las cosas engrasadas siempre funcionaban mejor, y una buena propina al tipo que le gestionaba su dinero era importante.

Salió del banco. Se sentía muy bien. Era un día soleado en Andorra.

Había quedado con la chica de compañía para cenar y después seguramente se la volvería a llevar a la cama.

Era sábado por la tarde. Al día siguiente por la mañana su chófer iría a buscarlos a la puerta del hotel y lo llevaría de vuelta a Zaragoza, a tiempo para ir a la inauguración de un nuevo vial en unos de los barrios de la ciudad.

Ahí estarían los medios de comunicación, hablaría de lo mucho que están trabajando por los ciudadanos, atacaría a la oposición acusándoles de que solo ponen palos en las ruedas del progreso, y después se iría a pasar la tarde al club de campo junto con su maravillosa mujer y sus hijos.

Una familia perfecta. Todo le sonreía, era un triunfador. La vida era bella.