Chapter 12
Líos en la cárcel
La cafetera italiana ya silbaba sobre la vitrocerámica y el olor del café se extendía por el pequeño apartamento mientras afuera el sol se elevaba en lo alto del cielo.
Era mediodía, una hora perfecta para visitarles, pensó Juan.
Se bebió el café con calma, degustando cada trago, pero solo el recuerdo de sus viejos amigos y del lugar donde vivían le descompuso el estómago.
Don Miguel era el patriarca del clan más peligroso y activo de la ciudad, llevaba desde los años ochenta controlando el tráfico de drogas en los barrios de Torrero y la Paz con más de medio centenar de camellos repartidos por pisos, esquinas y chabolas.
Traficaban con hachís, cocaína y heroína y la policía les dejaba hacer a cambio de obtener información y de mantener los bajos fondos tranquilos sin inundarlos excesivamente de droga.
Cuando la Brigada de Información necesitaba saber algo, uno de los capos a los que preguntaban era a Don Miguel.
En las navidades del ochenta y cinco Juan patrullaba por la ciudad con su compañero Manuel Boned y recibieron un aviso de centralita, se estaba produciendo un tiroteo en la Quinta Julieta, el barrio gitano al sur de Torrero.
La Quinta Julieta fue un nefasto intento por parte de las autoridades de acabar con el problema del chabolismo en la ciudad.
Hicieron casas nuevas con huertos en una zona apartada y se las alquilaron a precios asequibles a familias gitanas, las cuales fueron trasladadas en su mayoría desde las chabolas de Torrero.
El resultado fue un desastre, al poco tiempo las casas estaban destrozadas y el narcotráfico y los tiroteos eran el pan nuestro de cada día.
Recibir un aviso en el coche patrulla de la Quinta Julieta era lo peor que a un patrullero le podía pasar; pero el deber era el deber.
Juan y su compañero acudieron. Los recibieron a tiros.
Al parecer dos clanes se habían enzarzado por un asunto de drogas.
Juan salió del coche y persiguió a un hombre joven que les había estado disparando a las ruedas.
Vio cómo antes de huir había tirado su pistola.
Cuando lo alcanzó le golpeó las piernas y lo hizo caer.
Justo en ese instante un rival escondido tras una especie de barricada hecha con trozos de hormigón abandonados se asomó y apuntó con una escopeta al joven gitano.
Cuando Juan vio lo que iba a ocurrir no dudó, se interpuso entre ambos y recibió el tiro de la escopeta.
Después Manuel hizo huir al tirador, que se perdió entre las casas de la barriada y no se volvió a saber nada de él.
La mala puntería de aquel hombre sumado al chaleco antibalas hizo que Juan salvara la vida, y también había salvado la vida del joven gitano que segundos antes tiroteaba las ruedas de su coche patrulla.
Lo detuvieron y le cayeron cuatro años en la cárcel de Torrero.
La guerra entre clanes se acabó resolviendo y Don Miguel se convirtió en el jefe de todos los gitanos de la Quinta Julieta.
Lo único que le dolía en el alma, es que su hijo pequeño estaría preso durante cuatro años.
Juan recordaba aquello sin saber muy bien qué iba a pasar cuando viera al viejo.
Se había dejado el revólver en casa, sabía que en un sitio así no le iba a servir de nada.
Al final la Quinta Julieta fue derruida y sus moradores reubicados en barrios consolidados, los dirigentes aprendieron que crear guetos era un mal negocio.
Pero Don Miguel se resistió a marcharse de la zona, y edificó tres pequeñas casas en la zona del camino de Miraflores rodeadas de descampados, arbustos y un enorme terraplén que las separaba del barrio de Torrero, muy cerca de donde estuvo el poblado gitano.
Daba la sensación de que ahí no llegaba el poder del Estado, o si llegaba, lo hacía bastante amortiguado por las leyes gitanas.
Se accedía a las casas por una carretera estrecha que pasaba por su misma puerta.
El Mercedes de Juan ya enfilaba ese camino cuando vio un coche cruzado de lado a lado que cortaba el paso.
Tras él dos hombres fumaban y lo observaban.
Paró el coche y bajó con las manos en alto.
—¡Quiero hablar con Don Miguel! —dijo alzando la voz para que lo oyeran desde la distancia.
Uno de ellos comenzó a caminar hacia las casas, mientras el otro, que empuñaba un revólver, le dijo a Juan que esperara.
Cuando vio que Don Miguel salía de la casa y se dirigía hacia él notó una ligera flojera en las piernas y en ese momento se arrepintió de no haber cogido su revólver.
Pero era mejor así. Le registraron a fondo y no encontraron nada.
—Está limpio —dijo uno de los hombres a Don Miguel.
—Menudos cojones tienes de venir por aquí —dijo el viejo patriarca mientras se encendía un cigarrillo. Su mano estaba llena de enormes anillos de oro, hasta el propio encendedor parecía de oro—. Menudos cojones tienes después de lo que le hiciste a mi hijo.
Juan miró a los ojos al jefe gitano.
—A su hijo, Don Miguel, le salvé la vida, cuatro años en la cárcel y salió vivo y coleando. Si no es por mí lo único que tendría sería una tumba donde ir a llorar.
Silencio. Juan no sabía cómo se podía tomar aquello el viejo patriarca; pero tenía que mostrarse duro.
—Pregunté por ti, me dijeron que te echaron de la policía, me reí cuando me lo contaron. Dime, ¿vienes a cobrarte la deuda?
—Necesito información.
Don Miguel se echó a reír. Su risa era áspera y sonaba peligrosa y profunda.
—Todos necesitáis información.
—Sé que su familia hace asesinatos en la cárcel por encargo.
—Cuidado con lo que dices payo —los hombres de Don Miguel echaron mano a sus revólveres, pero a un gesto del patriarca se relajaron.
—Yousef Abdulrahman.
El jefe gitano escupió sin dejar de observar a Juan.
—Qué te pasa con ese moro.
—Murió en la cárcel.
—Muchos mueren.
—A este le ayudaron a morir.
—¿Ah sí? No jodas payo.
Por un instante a Juan se le pasó por la cabeza amenazarle, decirle que los tiempos estaban cambiando, que una conversación con el comisario Garanto y toda esa zona se llenaría de policías, todo el barrio quedaría intervenido con lo que eso le supondría para su lucrativo negocio de estupefacientes.
Pero respiró hondo y se tranquilizó, porque ese camino podía llevarle a que le metieran dos balas en la cabeza y lo enterraran por algún descampado olvidado.
Los ojos negros del patriarca le daban miedo.
Don Miguel se echó a andar, Juan lo siguió y se puso a su lado, mientras los dos esbirros los escoltaban andando por el erial.
—Te voy a contar algo, y después, si vuelves a asomar tu cara por aquí te mato. ¿Te enteras?
Juan asintió.
—Una noche nos llamaron por teléfono, un hombre, nos ofrecía medio millón de pesetas por cepillarnos al moro.
—¿A Yousef?
—Sí coño al moro. Nos dijo cuál era su celda y que tenía que parecer un accidente. Nos iba a pagar trescientas mil por adelantado.
—¿Cómo?
—Dejándonos el dinero en un sitio que él nos indicaría.
—¿Llegasteis a ver a ese hombre?
—No. Le pregunté qué había hecho para merecer morir, y aquel hombre me dijo que no necesitábamos saberlo.
Le dije que no aceptábamos el trabajo, que se fuera a tomar por culo.
Nosotros tenemos nuestros códigos, no podemos matar a alguien sin saber si lo merece o no.
Al poco de aquello el moro apareció colgado en su celda.
Ya ves, si no lo hacen unos lo hacen otros; pero nosotros seguimos teniendo honor.
—El hombre que os llamó, ¿cómo era su voz?
—Aterciopelada —dijo el viejo justo antes de estallar en una carcajada tuberculosa que contagió a sus pistoleros—. Era la voz de un hijo de la gran puta, como tú y como yo.
—Tus familiares en la cárcel te dijeron que fue un asesinato.
—No vio ninguno nada, con lo que te he contado ya tienes suficiente. ¿En qué coño andas payo?
—Me he hecho escritor. Estoy escribiendo una historia.
El jefe gitano escupió en el suelo.
—Te deseo que sea larga —le profetizó.
Don Miguel hizo un gesto a sus hombres, que acompañaron revólver en mano a Juan hasta su coche y le indicaron por donde debía marcharse.
Cuando Juan abandonó el camino de Miraflores y entró en la ciudad, con niños andando por las calles y rodeado de gente metida en su quehacer diario, suspiró.
Pensó que la conversación había ido bien, y que más le valía, porque una sola orden de Don Miguel y una docena de asesinos lo buscarían sin descanso.
Ahora ya no tenía la protección de la policía como antes.
Llegó a su apartamento, normalmente lo primero que hacía al llegar era beberse una lata fría de cerveza Ambar especial de un par de tragos; pero esta vez no lo hizo, su cabeza estaba en ebullición y no quería adormilarla.
Se preparó un café solo y tomó asiento en la butaca de su pequeño despacho, sacó su libreta de trabajo y su vieja pluma y la contempló meditabundo.
Estaba claro que Txiki sabía que algo pasó en la cárcel con Yousef, y también estaba claro que no quería verse involucrado en nada, y por eso había montado el numerito del otro día en la velada de boxeo, no te lo digo pero te lo digo, y no quiero volver a hablar de eso.
Sin duda Txiki tiene miedo del o de los que lo hicieron, eso está claro.
Txiki era más duro que un clavo, a parte del boxeo tenía la empresa de cobro a morosos, se había visto las caras con gente muy peligrosa y nunca había rehuido un enfrentamiento.
Si tenía miedo con esto es porque detrás pudiera haber gente muy jodida.
Juan escribió en la libreta: Tkiki sabe quién lo mató; pero al instante lo tachó un par de veces mientras su cabeza seguía sopesando posibilidades.
Txiki se mueve bien por los bajos fondos, se entera de muchas cosas, puede que alguien le soplara algo y más sabiendo que el moro fue pupilo suyo.
A lo mejor sabe que no se suicidó; pero no sabe quién lo hizo.
Entonces sus pensamientos se fueron al patriarca gitano del sur de la ciudad, Don Miguel había dicho que la persona que le llamó tenía la voz de un hijo de la gran puta.
¿Qué tipo de hombre podía impresionar al jefe gitano y amedrentar a Txiki?
Juan tachó todo lo que había anotado en la libreta y escribió una frase: A Yousef lo asesinaron en la cárcel. Y la subrayó. Eso era lo único que tenía claro hasta el momento, todo lo demás era humo. Después pensó en ir a ver al comisario Garanto.
***
Garanto observaba pensativo la avenida de Valencia desde la ventana de su despacho.
—Sí eso que dices es cierto —dijo al fin—, aquí hay algo que se nos escapa. Tenemos solo una de las piezas de un puzle sospecho que muy grande.
—A Yousef Abdulrahman lo mataron en la cárcel.
—¿Por qué?
—Aún no lo sé.
—Joder Juan, si lo mataron es porque obviamente sabía algo.
—¿Sobre lo de Itziar?
—Sobre lo de Itziar o sobre lo que fuera, pero a alguien le molestaba. ¿Qué te ha dicho el gitano?
—Nada, solo que le llamaron y le ofrecieron dinero por cargárselo.
—Da auténtico pavor pensar que las mafias pueden llegar al interior de las cárceles de esta manera.
El comisario se encendió un puro y le dio tres o cuatro caladas rápidas hasta que empezó a tirar.
—Este otoño se retira el jefe de todos los policías de Aragón y yo ya me he postulado entre los mandos de Madrid para sustituirle —una calada tranquila al puro y luego exhaló el humo—.
Si el caso de Itziar se cerró en falso eso me va a perjudicar, y mucho.
Escúchame, no hables de esto con nadie, no le cuentes aún a su madre lo que has averiguado, sigue investigando y a ver a dónde llegas, y cualquier cosa que necesites, escuchas, armas, información o quizá que algunos compañeros te cubran en algún operativo, solo tienes que pedirlo.
Se discreto e infórmame, hay que solucionar esto fuera del foco mediático.
—Sí señor comisario.
Antes de abandonar el despacho Juan se detuvo y se volvió hacia Garanto.
—Una cosa más, este tema de Itziar se ha complicado más de lo que pensaba, necesitaré algo más de dinero, ya sabe, por todo lo que estoy dejando de ganar.
—Menudo cabronazo estás hecho, quédate mi parte esta vez; pero no te acostumbres, cuando soluciones esta mierda seguiremos como siempre.
Juan abandonó el despacho del comisario con una sonrisa en los labios. Quién algo quiere, algo le cuesta, pensó antes de salir por la puerta de la comisaria rumbo a su apartamento.
***
Ya era por la tarde y no le apetecía trabajar.
Decidió llamar a Susana, la auxiliar administrativa de la Biblioteca de Aragón con la que se veía de vez en cuando.
Era la única relación femenina que había mantenido en el tiempo durante los últimos años.
No sabía muy bien por qué, quizá era una promesa de que podría volver a tener una vida normal de la mano de alguien como ella.
O quizá solo le gustaba cómo se movía en la cama.
La llamó, ella se alegró de oír su voz, le dijo que su marido estaba en Alemania en un viaje de trabajo, Juan también se alegró de oír aquello, y ante la sorpresa de Susana, Juan le propuso ir a ver una película al cine.
Vieron una comedia romántica en los cines Palafox, y luego la invitó a ir a su apartamento.
Hicieron el amor nada más llegar, después Juan preparó algo de cena, un par de solomillos en salsa con una botella de vino tinto.
Charlaron tomando un café, Susana habló de sus anhelos y de sus problemas en la biblioteca, de que una jefa de negociado le estaba haciendo la vida imposible.
Juan fumaba y escuchaba atentamente. Ella le recriminó cariñosamente que nunca abría su corazón, que nunca le contaba sus problemas.
Juan le sonrió mientras pensaba que toda su existencia era un problema, que estaba desecho por dentro y que era mejor no hablar de esa negrura tan profunda.
En cierta manera se relajaba oyendo los problemas banales de su amiga, su familia política tenía una cadena de joyerías, tenían el dinero por castigo, y ella se alteraba porque su jefa le mandaba hacer alguna faena esporádica dentro de su cómodo horario de ocho a tres y media.
Ese tipo de problemas podía asumirlos Juan dentro de su inmensa negrura sin inmutarse; pensando en lo relativo que es todo.
Juan la besó en el cuello, ella calló y lo estiró para hacerle las cosas más fáciles.
Se tumbaron en el sofá e hicieron de nuevo el amor.
Después fueron al dormitorio y se quedaron dormidos abrazados en la cama, como un espejismo de una vida que la gente llamaría normal, y por primera vez en mucho tiempo Juan durmió toda la noche sin sueños que lo atenazaran.