Chapter 11
La velada de boxeo
El ritual matutino se repetía, el agua de la ducha caía sobre él como un bautismo que le daba fuerzas para a duras penas afrontar un nuevo día.
Después una taza de café de cafetera italiana.
Saboreando su aroma tuvo un fugaz pensamiento acerca de dejar el alcohol, aunque fue consciente de que fue solo una idea pasajera, porque el alcohol le servía para evadirse de su vida y de su dolor.
A cambio tenía que pagar el precio de las resacas, que cada vez eran peores, porque dibujaban monstruos imaginarios en su subconsciente que se cernían amenazantes sobre él; pero de momento una cosa compensaba a la otra.
Sacó las copias del atestado y las ojeó de nuevo mientras daba sorbos a la taza de café y caladas a un cigarrillo Marlboro.
El informe de la autopsia era concluyente, los restos biológicos extraídos del cuerpo de la víctima coincidían con los de Yousef.
Alzó la última página y miró el número del inspector que firmaba el atestado.
Descolgó su teléfono y marcó un número, dio varios tonos, no hubo respuesta, colgó.
Contempló las fotos de la autopsia, el cuello de la joven presentaba moratones, compatibles con un estrangulamiento, y tenía la nariz rota.
Volvió a marcar el mismo número, esta vez al tercer tono alguien contestó.
—Secretaria del comisario Garanto, dígame —dijo una joven voz femenina.
—Hola, soy Juan Sánchez, tengo que hablar con Garanto.
—El comisario está ahora reunido; pero le tomo nota y en cuanto pueda se pondrá en contacto con usted.
—Mira niña, no me toques los cojones con esos trucos, pásame al comisario ahora mismo, dile que soy Juan Sánchez, que estoy con lo de Itziar.
Al otro lado del teléfono silencio.
—¡Juan coño —dijo una voz ronca de hombre al fin—, no me asustes al personal! ¿Qué cojones te pasa?
—Estoy con el maldito caso que usted me envió, he visto el atestado, bastante sólido, y la juez lo mandó a la cárcel a las primeras de cambio. No hay mucho de dónde rascar.
—Ya te lo dije, pero lo último que quiero es a esa mujer dando por saco en los platós de televisión. Acaba tu investigación y habla con ella y sobre todo tranquilízala.
—He visto que el informe lo firma un inspector con número 04445, del grupo de homicidios de la comisaría de Delicias, me gustaría hablar con él y que me cuente de primera mano cómo fue la investigación y las impresiones que tuvo.
—Bueno eso no fue del todo así.
—A qué se refiere con eso.
—Joder Juan, vente al sitio de siempre en una hora.
El comisario colgó el teléfono dejando a Juan escuchando los pitidos mientras observaba detenidamente la tétrica foto de la autopsia.
El bar de siempre estaba abarrotado de policías y de universitarios; pero esta vez se reunieron en una pequeña salita que contaba con una mesa cuadrada y varias sillas.
Juan nunca se había visto con Garanto en ella, siempre lo había despachado en la zona común del bar.
Era evidente que lo que le iba a contar no era para todos los oídos.
—Te veo bien Juan, ¿aún boxeas?
—Inspector nº04445. ¿Quién es?
—Vas al grano.
—Quiero acabar lo antes posible con esta mierda y seguir dedicándome a los maridos celosos, es lo mío, ya sabe, dinero rápido.
El comisario se encendió un cigarro con un fósforo, y luego lo agitó para apagarlo y tirarlo al suelo del bar.
—Las cosas no son tan fáciles como puedan parecer. Yo quería resolver ese caso.
—Lo sé, tenía tantas ganas de resolverlo que pasó por encima de la Jefatura Superior, es a ellos a quienes les correspondía el asunto.
Una calada profunda y meditabunda.
—Al jefe no le importó que yo lo resolviera —dijo Garanto—, tenía otros casos más importantes y sus hombres estaban hasta arriba de trabajo; pero no todo fue tan fácil, yo también tuve que lidiar con otros.
—¿Con qué otros?
—Con los de la Comisaría General de Policía Judicial de Madrid, no sé por qué coño mandaron a un par de inspectores con órdenes de resolver el caso.
—De Madrid…
—Sí.
—Pero a usted eso no le interesaba.
—Desde luego que no, a ver, a estas alturas de la película no te voy a contar cuentos, el Jefe Superior de Zaragoza se jubila este año y yo tenía que hacer puntos para ocupar su puesto, ese caso me los iba a dar.
Así que hablé con los jefes de Madrid, les dije que pondría todos nuestros medios a su disposición; pero esos agentes a todas luces debían actuar como si fueran del grupo de homicidios de mi comisaría de distrito.
Aceptaron, luego mandaron a dos inspectores bastante veteranos en comisión de servicios adscritos a mi comisaría.
—Y resolvieron el caso como si fueran inspectores de la comisaría de distrito de Delicias.
—Exacto —Garanto extendió un papel a Juan—.
Este es el nombre del inspector que firmó el atestado y su número de teléfono.
Ahora está destinado en la Comisaría General de Información.
Le he llamado al poco de colgarte el teléfono para avisarle de que querías hablar con él.
Le he pedido que te trate bien —el comisario hizo un aspaviento—, ya sabes cómo son los inspectores veteranos, gruñones y esquivos.
—Lo llamaré.
—Por lo que más quieras, tranquiliza a esa pobre mujer.
—Quizá sea lo único que pueda hacer.
***
Txiki le había llamado hacía dos días para decirle que le tenía reservada una silla en primera fila para la velada de combates amateurs que llevaba un mes preparando.
Juan se puso un pantalón corto y una camisa de algodón fina, sandalias y perfume caro.
Aún le dolía el cuerpo de la paliza que le habían dado los punkis; pero podía andar casi con normalidad.
La velada era en el polígono de Cogullada, en la nave donde Txiki tenía su gimnasio.
Lo reconvertía totalmente abarrotándolo de sillas de madera plegables que dios sabe de dónde sacaría.
Juan cogió su Mercedes descapotable y se dirigió a Cogullada.
Conducir sintiendo el aire, aunque fuera caliente, le producía una sensación placentera.
Cuando llegó al polígono la calle de entrada a la nave estaba abarrotada.
Siempre era más o menos el mismo público, tipos musculados con tatuajes y miradas duras, que cada dos o tres palabras introducían en sus conversaciones la muletilla « co» , y mujeres voluptuosas remarcando sus atributos femeninos, con pendientes por infinidad de lugares y tintes de todos tipos.
Le gustaba ese ambiente y las mujeres de barrio. Él se había criado en ese lugar.
Entró en la nave. El portero ni siquiera le pidió la entrada, ya lo conocía.
El humo de los cigarros y de algún que otro puro flotaba como una neblina fantasmal por encima del ring, que estaba alumbrado con un gran foco que caía desde arriba.
Alrededor del ring todo eran sillas y la gente ya empezaba a llenar el aforo.
En un lateral había una barra donde un par de hombres de edad avanzada y narices rotas de mil combates servían principalmente cerveza en vasos de plástico.
Eran viejas glorias del boxeo regional que por cuatro duros entrenaban a algún grupo entre semana y cuando había velada servían cervezas, cobraban entradas o lo que fuera.
A parte de cobrar alguna deuda de vez en cuando.
Juan cogió una cerveza y miró hacia el ring, justo en el instante en que Txiki bajaba de entre las cuerdas y se dirigía hacia él con una medio sonrisa en los labios.
—No sabía si vendrías.
—Aquí estoy —contestó secamente, tras lo que bebió un trago de cerveza y se limpió la espuma con el reverso de la mano.
Txiki le indicó que le siguiera y le mostró cuál era su asiento.
—Ahora vengo, que voy a hacer un poco de relaciones públicas, hablar con la gente y tal, ya sabes.
—Sí, ya sé.
Txiki se perdió entre la gente, algunos estaban ya sentados, otros de pie, a Txiki le encantaba alternar, aparte de ser un buen entrenador el tío era un relaciones públicas de primera, por eso su gimnasio estaba siempre abarrotado.
Pasados unos minutos se subió al ring y dio la bienvenida a los asistentes, presentó la velada como una oportunidad de ver a grandes boxeadores en ciernes y a su gimnasio como una cantera de campeones.
Después presentó al árbitro de la federación que se haría cargo de dirigir los combates y a los miembros de la mesa del jurado.
Luego introdujo al primer púgil, un chico de dieciocho años apodado el Enterrador de Torrero .
Juan se encendió un cigarrillo y le dio un trago a la cerveza justo en el instante en que comenzó a sonar por la maltrecha y desafinada megafonía el «Eye of the Tiger » de Survivor , y el púgil salía caminando hacia el ring moviéndose de lado a lado y lanzando puñetazos al aire.
El público explotó en aplausos y silbidos hasta que llegó a su esquina y se hizo el silencio.
Luego Txiki presentó a su oponente, un chico del barrio de las Fuentes.
Eran pesos ligeros, entorno a sesenta quilos.
Este también hizo el paseo hasta el ring con otra canción de la película Rocky , para variar.
Cuando ya estaban los boxeadores en sus esquinas Txiki bajó y se sentó al lado de Juan.
Una joven escultural cruzó el ring mostrando el cartel del primer asalto.
—Disfruta de la velada amigo. Va a ir de menos a más —le dijo.
Los chicos se zurraban de lo lindo. Se notaba la marca de Txiki, guardias altas y boxeo olímpico, entrando y saliendo, escuela cubana.
Juan se relajó, el cuerpo aún le dolía por varios sitios, bebió y se concentró en el combate.
De vez en cuando ojeaba a la fauna que había por ahí.
Ese ambiente siempre le había gustado, un submundo lleno de coches maqueados, tatuajes, músculos de gimnasio y trabajos penosos en cadenas de montaje de fábricas, y chicas exuberantes que a los cuarenta no las reconoce ni la madre que las trajo al mundo.
Era el mundo de los polígonos y de los barrios alejados del centro.
La velada continuó, en el cuarto combate un contendiente le dio un derechazo a su rival e hizo el único KO de la noche hasta el momento.
Fue espectacular. Después un combate femenino y otro par de pesos medios.
Eran las diez y media cuando le llegaba el turno al combate estelar de la noche.
Un chico de veintidós años y setenta quilos de peso, si el combate de esta noche le salía bien daría el salto a profesional.
Txiki lo favorecía todo lo que podía, porque el padre del chaval tenía un par de carnicerías y le iba bien, y estaba empeñado en ver a su hijo dar el salto a profesional.
Eso se traducía en financiación a Txiki para que preparara las veladas, siempre que el chico estuviera en el combate estrella claro.
Su rival era un jornalero que había dado el salto a profesional hacía años, pero que tan pronto peleaba en profesional como en amateur o en la calle cobrando deudas con Txiki.
No había ganado aún ni un combate profesional de los nueve que había hecho, y todos habían acabado con él besando la lona.
Era un hombre de Txiki, y hacía lo que él le decía. Hoy le tocaba perder.
Cuando el hijo del carnicero salió del vestuario y comenzó a sonar su música la ovación del público fue atronadora. Muchos se habían levantado de sus asientos y le animaban aplaudiendo sin parar. Era la mayor promesa de la ciudad. Txiki sonreía.
El combate comenzó, el hombre de Txiki recibió dos directos de izquierda sin inmutarse, dio un paso atrás y lanzó un directo de derecha sin mucha convicción, más cubriendo su salida que atacando.
El carnicero lo acosaba desde el medio del ring, arriba y abajo, directos al rostro y ganchos al hígado.
Hizo una finta, se acercó a él, el hombre de Txiki tenía la guardia baja, el carnicero le lanzó un derechazo y Juan no vio nada porque alguien le agarró por detrás, inmovilizándolo, no podía moverse ni girarse, solo mirar al suelo.
Dejó de ver lo que estaba pasando en el ring, la gente se levantó de sus butacas aplaudiendo y gritando, «¡Vamos, es tuyo, a por él!
». Todo era frenesí a su alrededor, notaba unos brazos no muy grandes pero firmes que le estrangulaban, todo ocurrió muy rápido, y entonces alguien le dijo unas palabras al oído en mitad de todo aquel fragor.
—A Yousef lo mataron en la cárcel.
Después de oír aquello lo liberaron de la llave, Juan se levantó y echó mano a su revólver; pero al girarse solo vio a la multitud, que ya había roto el orden de las sillas, la gente estaba de pie bebiendo y vitoreando al hijo del carnicero.
Tuvo la intuición de ir corriendo hacia la puerta de la nave para ver si había escapado por ahí; pero en cuanto hizo amago de salir corriendo Txiki se puso en medio y lo abrazó.
El hijo del carnicero había ganado el combate por KO en el primer asalto.
—¡Has visto amigo, este chico llegará lejos!
Juan enseguida comprendió. Miró a Txiki y asintió lentamente con la cabeza. Txiki se puso serio, su habitual camaradería desapareció de golpe, y sus ojos se tornaron ojos de lobo, peligrosos y duros, como cuando iba a cobrar deudas.
—Ahora ya lo sabes Juan. No vuelvas a hablar de ese tema nunca más conmigo —dijo bajando la voz, tras lo que subió al ring y entregó el título de campeón de boxeo amateur de Aragón al hijo del carnicero.