Chapter 10
El día de su cumpleaños
Cuando abrió los ojos y miró a su alrededor no sabía muy bien dónde estaba, a pesar de que despertarse en los sitios más insospechados no era algo ajeno para él.
La televisión estaba en marcha, recordó el último gol de España a Suiza y fue tomando conciencia de su entorno.
Se fue a la cocina y preparó un café solo, miró el calendario y torció el gesto.
Se bebió el café de un trago. Después se metió a la ducha, era como un ritual para él, una suerte de lamentable bautismo que le servía para afrontar el día naciente a duras penas.
Una vez finalizada la ducha se tomó un nuevo café, esta vez con leche, y después tomó asiento de nuevo en el sillón y se quedó en silencio mirando fijamente por la ventana sin ver nada, más bien viendo una película que tenía grabada en su cerebro de manera indeleble.
El sol fue cruzando el cielo, y Juan, inerte, fue viendo como la bola de gas ardiente pasaba frente a su ventana.
De repente, como si una corriente eléctrica lo hubiera atravesado de lado a lado, se levantó y se vistió.
Una camisa azul de algodón, fresca y ligera, y un pantalón de pinzas color ocre.
Se miró al espejo, emanaba una belleza viril y decadente, con barba de tres días cubriendo su mandíbula cuadrada, y salió a la calle.
Ya era por la tarde y más allá del café no había comido nada; pero no tenía hambre.
Cuando llegó a la zona de la plaza de San Francisco entró a una taberna y pidió una copa.
Se la fue bebiendo lentamente, mientras observaba a los universitarios hablando de sus problemas y de sus planes de ocio para el fin de semana.
Se fijó particularmente en una pareja, en todo momento estaban haciéndose caricias y regalándose palabras dulces al oído.
Juan se preguntó si alguna vez él había sido así, aunque de haberlo sido, le daba la sensación de que habían pasado mil años.
Unas cuantas copas más y salió de allí. Giró el cuello hacia ambos lados y después dibujó un círculo completo con la frente, como un boxeador que calienta en su esquina, mientras caminaba con el gesto serio.
Apenas dos calles separaban el sector universitario de la zona heavy .
Concretamente se dirigía a una calle de esa zona, la más conflictiva, un lugar donde los punkis bebían calimocho y fumaban hachís sentados en los portales de las viviendas, mientras al otro lado de la calle heavies con melena larga los miraban desafiantes.
Cuando llegó contempló con cierto agrado que un grupo de punkis estaban fumando junto a la puerta de un garito, pasó tan cerca de ellos que golpeo al más grande de todos con el hombro.
—¿Qué coño haces? —le dijo desafiante el punki, cuya cresta de colores le daba la apariencia de un pavo real de metro ochenta de altura.
En ese momento una sonrisa imperceptible se dibujó en el rostro de Juan, que descargó un derechazo terrible en la mandíbula del punki haciéndolo desplomarse sobre la acera.
El alcohol había mermado sus sentidos y no vio venir el botellazo que le dieron en la cabeza, se tambaleó hacia adelante pero rápidamente recuperó el equilibro y se puso en guardia a tiempo para bloquear un puñetazo.
Al instante se dio cuenta de que su antebrazo sangraba abundantemente, le habían golpeado con una pulsera de pinchos.
Uno de ellos se había quitado el cinturón e intentó golpearle con él.
Lo esquivó y le dio un directo de izquierdas que lo hizo retroceder, después golpeó con todas sus fuerzas su nariz, un crujido y luego mucha sangre.
Notó otro puñetazo que vino por detrás y golpeó su oído, le hizo perder el equilibrio y a punto estuvo de caer cuando recibió una patada en el rostro; pero se recompuso, dio un paso atrás y levantó la guardia encarándose con ellos de nuevo, «¡ Joder!
,¿de dónde han salido esos dos? ». Cuatro tipos le encaraban, camisetas negras de tirantes, brazos delgados y fibrosos, pendientes, crestas de multitud de colores, miradas de odio.
Le lanzaron una patada frontal que pudo esquivar, el punki pasó a su lado y golpeó la persiana metálica de una tienda cerrada, Juan aprovechó la oportunidad y le acertó con un gancho al mentón dejándolo fuera de combate.
Los otros tres descargaron contra él una lluvia de patadas y puñetazos, se intentaba cubrir pero los golpes le entraban por todos sitios, y a punto estuvo de perder el conocimiento cuando de repente una marabunta de tipos melenudos cargaron contra los punkis y los hicieron huir.
Cogieron a Juan en volandas y lo metieron en el bar Infiernos.
Estaba un poco conmocionado, no sabía muy bien dónde se encontraba, se sentó en un taburete con los melenudos rodeándolo.
Una camarera preciosa, morena con los ojos maquillados con sombra negra, le lavó las heridas con una gasa impregnada en whisky, dada su destreza se veía que no era la primera vez que lo hacía.
De fondo sonaba «Run to the Hills » de Iron Maiden .
El garito estaba bastante lleno de gente y se había formado un buen revuelo con la pelea, pero poco a poco la cosa se fue calmando, hasta que Juan quedó a solas con un heavy bebiendo en la barra.
—Peleas bien, te has enfrentado a seis de esos tipejos tú solo. Me llamo Oliver —dijo tendiéndole la mano.
Juan la estrechó y luego cogió una bolsita de plástico con hielo que le tendía la camarera y se la llevó al pómulo derecho, que ya se le empezaba a poner morado.
Oliver le contó que trabajaba en una fábrica de depósitos a presión en el polígono de Malpica.
Iba de siete de la mañana a tres de la tarde y su cometido era soldar las partes de aquellos depósitos que no podían hacerse de una sola pieza.
—Es un trabajo fino y delicado. Eva guapa, pon otras dos jarras de cerveza —Juan la aceptó con agrado, el efecto analgésico del alcohol ya lo embriagaba por completo, y disipaba también sus ansias de violencia—.
Yo no era muy buen estudiante sabes; pero gracias a la insistencia de mi viejo me saqué una formación profesional y gano ciento veinte mil pelas al mes, si no, hubiera sido otro don nadie que se arrastra por las calles de esta ciudad como esos capullos con los que te has zurrado; pero no, lo hice, gracias a él —se besó un dedo y señaló al techo del bar—.
Mi viejo murió sabes, los de la puta seguridad social llegaron tarde, murió de un ataque al corazón en el suelo de su dormitorio —hizo un gesto compungido y le dio un trago enorme a la jarra de cerveza.
—¡Oli, deja al pobre hombre, lo último que necesita es que le cuentes tu maldita vida!
—Las palabras eran de un tipo de cerca de dos metros que había salido de entre la multitud, llevaba la melena recogida en una coleta y una camiseta de tirantes negra que dejaba ver sus enormes brazos—.
Además, el concierto está a punto de empezar. ¡Vamos!
Oliver y él se dirigieron al escenario, donde la batería, la guitarra y el bajo ya estaban dispuestos y preparados para el espectáculo.
Juan se acomodó en el taburete para poder ver el concierto.
Al momento, y sin ningún tipo de ceremonia previa, un trash metal oscuro atronó el bar mientras el público hacía movimientos circulares con sus cabezas haciendo blandir sus melenas.
Para Juan eso ya era demasiado. Se despidió de la camarera, que le dedicó una amable sonrisa, y se dirigió a la puerta, cuando notó que alguien le cogía del brazo.
—Espera —era la camarera—, no salgas por la puerta principal, te van a estar esperando seguro. ¡Ven!
La joven lo llevó a la parte de atrás del garito, y abrió una puerta de emergencia que hacía las veces de salida trasera.
—Será mejor que no vuelvas por aquí en mucho tiempo.
Juan asintió y se fue caminando a duras penas en dirección a la avenida de Valencia donde intentó coger un taxi, pero los restos de sangre que tenía en la ropa junto con su apariencia sugerían a los taxistas que pasaran de largo y olvidaran una carrera que quién sabe cómo podría acabar.
Acabó llegando a su casa a medianoche, cojeaba y le dolía todo el cuerpo, especialmente la cara y el corte del antebrazo.
Recordó que hacía años lo habían vacunado contra el tétanos cuando en una intervención redujeron a unos traficantes de droga en la Almunia de Doña Godina, uno de ellos se revolvió y le clavó una navaja en el bíceps de su brazo izquierdo.
No se iba a morir por eso; pero a cada paso que daba sentía los latidos de su corazón por todo su cuerpo.
Subió a su piso, un frenesí repentino pareció adueñarse de él, entró como un huracán en su pequeño despacho, sacó la pequeña llave y abrió el cajón.
Dentro estaba el sobre, lo miró y al instante empezó a caminar en círculos entorno a la mesa, hasta que de nuevo volvió a sentarse y lo contempló de nuevo.
Se mordió el puño y acabó cerrando el cajón.
Golpeó el escritorio violentamente y después se desplomó sobre él llorando.
Las manos le temblaban. Se fue al sillón del salón e intentó serenarse.
Por la pequeña ventana entraba una brisa fresca, y afuera el silencio ya se había adueñado de las calles.
El dolor físico consecuencia de la pelea pareció remitir; pero solo era un engaño, un espejismo fruto del desierto en el que se había convertido su vida, llena de culpa y desesperación, donde ya nada tenía importancia, donde solo quedaba vagar sin rumbo como una sombra sin nombre.
Abrió su cartera y sacó una vieja fotografía.
La alzó y la contempló con una sonrisa que parecía guardar ciertos recuerdos de cariño, de sus ojos brotaron las lágrimas más amargas que se pueden llorar, y justo antes de que el sueño se lo llevara y le otorgara un momentáneo descanso, unas palabras rotas y llenas de dolor salieron de su boca.
—Feliz cumpleaños mi niña.