Chapter 7 #3
Ya eran las doce y media de la madrugada cuando vio al hombre salir del edificio, iba solo.
Instintivamente Juan se levantó de la silla y tras dejar algo de dinero sobre la mesa se dispuso a seguirlo.
La luz de la luna volvía a estar ahí, blanca y mágica, alumbrando un jardín inquietante donde todo se mezclaba.
Tras diez minutos siguiéndolo llegaron a San Vicente de Paul con el Coso, el hombre siguió andando calle arriba y torció por una callejuela, y entonces hizo algo que dejó a Juan perplejo: se puso un pasamontañas y se acercó a un vagabundo.
Juan, que había visto de todo en su vida, se esperó lo peor, quizá un tío adinerado que pega palizas a pobres desgraciados para satisfacer sus instintos sádicos, o vete tú a saber qué.
Pero no, el guaperas sacó un sobre y se lo entregó al vagabundo, después le contó algo mientras el vagabundo asentía sin decir ni una palabra, y por último le dio un fajo de billetes.
El indigente se levantó y comenzó a andar pesadamente en una dirección, mientras el guaperas, con el pasamontañas aún puesto, se alejaba de todo aquello.
Eso planteó un dilema a Juan, o seguía al vagabundo o al guaperas.
Decidió que al guaperas lo tenía pillado porque conocía el lugar donde aquella diosa rubia le permitía disfrutar de ella, pensó que seguro que volvería por allí.
Así que siguió al vagabundo, que se sumergió en las callejuelas de la Magdalena, su paso era lento y trazaba un zigzag alcohólico con destino incierto, hasta que al fin llegó a la altura de una pequeña puerta de un edificio viejo.
Llamó a ella. Juan observaba con suma atención la escena parapetado tras una esquina de la Iglesia de Santa María.
La puerta se abrió, del otro lado apareció un joven con estética punki, el cual, cuando el vagabundo se fue, miró hacia ambos lados de la calle comprobando que todo estaba desierto.
Después cerró la puerta y eso fue todo. Juan, aunque intrigado, estaba fundamentalmente cansado, y un poco borracho, decidió irse a su casa a descansar.
Iría paseando para que se le pasase un poco el efecto del alcohol, además hacía buena noche, menos calurosa que el resto de noches de la semana.
Se encendió un cigarro e intentó relajarse, el encuentro con su antiguo compañero y los recuerdos de su otra vida lo habían sacado de la zona de confort de su alienadora vida, llena de sexo esporádico y alcohol, que justo servía para que no acabara pegándose un tiro en la cabeza.
Borró todos aquellos pensamientos justo antes de que la noche le brindara una última sorpresa.
En la puerta de un garito de La Zona, un cabeza rapada se relamía las heridas de su última pelea, su cazadora gris marca Alpha Industries tenía manchas de sangre fruto de una escaramuza con un grupo de gitanos en la que se habían visto brillar el filo de las navajas.
El neonazi chistó para llamar la atención de sus dos compinches, que estaban trapicheando un poco más alejados de la puerta del antro.
—Mirar este pollo, vamos a desplumarle.
El joven cabeza rapada valoró que era un cincuentón borrachín volviendo a casa, una presa fácil con la que divertirse dándole una paliza y luego robándole.
—¡Eh tú! —le gritó dándole un golpe en el pecho.
Juan se paró en seco, iba con la cabeza gacha perdido en sus cavilaciones y no lo había visto venir; pero cuando miró la profundidad de sus ojos el cabeza rapada fue consciente de que se había equivocado de presa.
El primer derechazo le hizo caer al suelo, intentó levantarse pero la sangre comenzó a salirle por la boca y quedó aturdido sobre la acera.
Los dos compinches que quedaban atacaron a la par, tirando una maraña de volados sobre la cabeza de Juan, que hizo una esquiva hacia su izquierda, y tras encajar un par de golpes, descargó otro derechazo directo al mentón del segundo neonazi, que cayó desarbolado al suelo como una gelatina temblorosa, justo cuando retiró su derecha, fintó y soltó un directo de izquierdas al último cabeza rapada.
La pelea había terminado en apenas siete segundos.
Juan se masajeó los nudillos mientras miraba los cuerpos semiinconscientes de sus jóvenes rivales tirados en el suelo, entre colillas y restos de vómitos y orines.
No sabía si alguno podría requerir asistencia médica; pero tampoco le importaba, siguió su camino evitando las cámaras de la sucursal de Ibercaja que hacía esquina en la siguiente manzana, no cosa palmara alguno de esos indeseables y lo buscaran por homicidio o peor aún, por asesinato.
Cuando llegó a su pequeño apartamento en Alférez Rojas se puso ropa cómoda, de andar por casa, y se sirvió una última copa.
Puso un disco de vinilo de Philip Harper, interpretando la canción «Autumn Leaves», ese trompetista negro era Dios.
Se sentó en su sillón e intentó dejar flotar su mente.
Las notas de Harper flotaban como un bálsamo que relajaba sus devastadores recuerdos, de nuevo su pequeña venía a él, soltándose de su mano, la música pareció atenuarse, comenzó a sudar, sus dedos buscaron nerviosos la copa de brandy, cuando la alcanzó se la llevó a la boca de una forma brusca y nerviosa, como si contuviera el elixir que le haría deshacer todo lo que le atenazaba.
Se levantó del sillón y fue a su pequeño estudio, abrió con llave el cajón donde lo guardaba, era un sobre marrón, acolchado, sin remitente ni ningún dato identificativo.
Lo miró durante largo rato. Al fin hizo amago de abrirlo, sus manos temblaban ostensiblemente, cuando estuvo a punto de rasgar el papel sus manos se detuvieron y una lágrima cayó sobre su envoltorio.
Juan dejó de nuevo el sobre dentro del cajón y lo cerró con llave.
Afuera la madrugada iba avanzando, las luces amarillentas de las farolas se mezclaban con la luz brillante y plateada de la luna, Juan se tumbó en la cama, la ventana estaba abierta, entraba un calor sofocante y silencio, el barrio estaba tranquilo.
Por un momento sus ojos se cerraron, el cansancio, el alcohol y la tensión de la pelea acudieron a él de golpe, doblegándolo, él se dejó llevar, estaba exhausto y sudoroso, ni siquiera se molestó en levantarse a encender el viejo ventilador, simplemente se quedó ahí tumbado sobre la cama. Hasta que se quedó dormido.