Luces de ciudad Chapter 7 #2
17%

Chapter 7 #2

Su amigo se fue de vuelta a la comisaría.

Él se quedó un rato más sentado en la terraza de aquel bar.

Intentó centrarse en su momento actual y dejar atrás su pasado devastador.

Pidió otra cerveza a una camarera joven y guapa y cogió un periódico que aleteaba movido por el viento en la mesa de al lado.

En las páginas de deportes hablaban de la gran segunda vuelta que había hecho el Real Zaragoza en la Liga y que lo había llevado a quedarse tercero, y sobre todo el triunfo en la Copa del Rey.

Al año que viene jugarían la Recopa de Europa y eso ya eran palabras mayores.

Había que mantener a los jugadores y a Víctor Fernández a toda costa.

En las páginas políticas hablaban del estercolero en el que se habían convertido las Cortes de Aragón, convulsos movimientos entre las élites regionales se estaban fraguando lentamente y quizá ya estaban a punto de explotar.

A esta gentuza le venía grande la autonomía.

Juan cerró el periódico y pensó en Itziar, y luego en su madre y en el medio millón de pesetas que le había adelantado.

Lo había guardado bajo una baldosa suelta debajo de la alfombra del salón, ahí era donde guardaba el dinero que no declaraba, que era casi todo.

Los de Hacienda ya le habían preguntado varias veces, Juan estaba en el límite de lo legal, tenía un pequeño apartamento en Peñíscola y el humilde piso en Zaragoza; pero algún año había declarado demasiados pocos ingresos y los de Hacienda le mandaron una carta recordándole la obligación de declarar todas sus ganancias.

Ahora estaba pensando en los cinco millones que la madre de Itziar le había prometido si le daba los nombres de los verdaderos asesinos de su hija.

Esa pobre mujer estaba desesperada, no quería creer lo que era un hecho, un desgraciado la había matado y luego se había suicidado en su celda agobiado por ser un violador en prisión.

Se juró a si mismo que descubriera lo que descubriera no se aprovecharía de ella.

Aún tenía un trabajo pendiente de acabar que le habían encargado antes de que la madre de Itziar hubiera aparecido en su casa.

Miró el reloj, era media mañana. El trabajo era fácil, un hombre sospechaba de su mujer, veía que se arreglaba más para ir al trabajo, salía más con sus amigas y llegaba tarde a casa entre semana, todo apuntaba a que se la estaba pegando con otro.

El marido era un promotor inmobiliario con cierto nombre en la ciudad, tenía dinero y no le importaba gastarlo en espiar a su mujer.

Era un trabajo fácil y seguro. Juan se levantó de la mesa y enfiló hacia la calle de Almagro.

Ahí estaba el Café de Levante, un sitio con cierta elegancia que era uno de los cafés más antiguos de la ciudad.

Tomó asiento y pidió una cerveza, ya llevaba tres y eran las diez de la mañana, lo peor era que ni siquiera estaba mareado.

Cuando era boxeador amateur estaba tan en forma que con una cerveza ya estaba prácticamente borracho. Ahora necesitaba un tonel.

El promotor vivía en un piso de la calle de Almagro, en pleno centro, techos altos y obras de arte en las paredes, lo típico de la gente con gusto y dinero.

Juan controlaba la puerta del edificio mientras daba tragos cadenciosos a la cerveza.

Esa era la peor parte de su trabajo, la espera, lo de entretener las vigilancias leyendo el periódico lo había dejado porque alguna vez se había metido tanto en la lectura que su objetivo se le había escapado, así que ahora solo bebía y vigilaba.

En la puerta del café un rey vagabundo le pedía dinero a una mujer bien vestida, Juan pensó que quizá ese hombre era la única persona verdaderamente libre que había visto a lo largo del día, y también pensó en que el dinero solo era un convención social, un engaño que todos aceptábamos como verdadero.

Su mente se fue de nuevo a los cinco millones de pesetas que le había prometido la madre de Itziar, y entonces la mujer del promotor salió por la puerta del edificio.

Era elegante y voluptuosa, la típica mujer que puede conseguir a cualquier hombre.

Juan apuró la cerveza, dejó quinientas pesetas sobre la mesa y se apresuró a seguirla.

La mujer fue a un supermercado próximo e hizo la compra, productos de higiene personal, papel de cocina, jamón, dos entrecots finos envasados y una bandejita con sushi además de una botella de vino tinto.

Juan la observaba a una distancia prudencial, mientras simulaba estar mirando el contenido en grasas de unas lonchas de jamón de York, desviaba miradas furtivas a la cesta de la compra de la mujer de su cliente.

El promotor se había ido de viaje de negocios a Madrid a mirar unos posibles suelos en los que invertir, y a Juan esa cesta de la compra no le cuadraba, olía a cuernos.

Una vez que terminó la compra regresó a su casa y Juan volvió a tomar asiento en la terraza del Café de Levante.

Pidió otra cerveza y esperó. El pájaro estaba en el nido, si le apetecía volar tendría que salir.

Ocho horas y varias copas después el pájaro se echó a volar.

Juan casi se atraganta cuando la vio salir por la puerta, un vestido negro se ceñía como una segunda piel a su cuerpo, dibujando una silueta espectacular.

Su color negro resaltaba aún más su cabello rubio, que caía cuidado y ondulado sobre uno de los lados.

Su mirada era rasgada y azul como un lago cristalino y le confería una belleza melancólica y trágica.

La siguió. Salió al paseo de Pamplona y se encaminó hacia la plaza de Aragón.

Su fragancia le llegaba amortiguada por la distancia, notó que era un perfume caro, de los que todavía se perciben al día siguiente.

Se desvió por la calle Doctor Cerrada y ahí entró en un pub.

Eran las nueve y media de tarde y el sol ya estaba acercándose al horizonte.

El garito estaba lleno de gente, luces de neón blanco azuladas iluminaban las paredes, Juan las observó y negó para sí, con esa iluminación las fotografías no salían bien.

La mujer se acercó a la barra y pidió una copa.

Juan se posicionó a una distancia prudencial desde donde podía controlarla.

Héroes del Silencio comienzan a sonar, y de repente algo capta la atención de la mujer.

Juan no sabe muy bien qué es, mira en dirección a la entrada; pero el pub está lleno hasta la bandera, Enrique Bunbury dice que ha oído que «la noche es toda magia», y que «un duende te invita a soñar», también dice que amanece muy pronto y que está solo, Juan piensa que eso también le pasa a él.

La mujer sonríe, alguien avanza entre la multitud hacia ella.

Juan se apoya en la barra relajadamente, cerca de su presa.

La mujer se funde en un abrazo con beso sin fin con un guaperas elegante.

Él viste camisa blanca a medida, no está fuerte pero su torso parece fibroso y duro, como el de un torero.

Tiene un tupé de escándalo, pelazo denso y castaño, y como no, su sonrisa enseña unos dientes blanquísimos perfectos.

El típico guaperas que Juan está acostumbrado a ver trajinándose a mujeres de otros.

Bien por él. Esos tíos le llenan el bolsillo en su furor por conquistar féminas casadas.

Pero en este había algo, no sabía muy bien el qué, algo que le resultaba familiar.

Juan pidió a la camarera un whisky con hielo, estaba a menos de un metro de ellos, elevó con discreción su minúscula cámara de detective y disparó unas cuantas fotografías.

Ya la tenía. El promotor le iba a pagar un montón de dinero por ellas.

No le daba lástima, aunque ojeaba a la escultural mujer desde el fondo de su whisky y pensaba que era una de las adúlteras más impresionantes a las que había seguido y que no le importaría compartir una noche de cama con ella.

También pensó que no eran muy discretos, cualquier conocido que estuviera en el pub podría verles besándose.

No era la primera vez que veía cosas así, sobre todo entre personas cultas de clase alta había notado cierto relajamiento respeto al tema de la fidelidad.

Quizá ella no le diera importancia; pero de lo que estaba seguro Juan es que su marido sí, tanto que le había pagado cien mil pesetas por seguirla y obtener pruebas en caso de que se la estuviera pegando con otro.

La pareja salió del pub en dirección a la casa de ella.

El hombre tenía intrigado a Juan, que estaba seguro de haberlo visto anteriormente en otro lugar, al observarlo lo asaltaba una curiosa familiaridad, tan vaga que al intentar desvelar su origen se deshacía como una bruma arrastrada por su incapacidad de retener nuevos recuerdos.

Entraron en el portal y se perdieron escaleras arriba.

Juan volvió a ocupar su puesto en la terraza del Café de Levante.

Pidió algo de cena, una ración de calamares y una cerveza, y cenó plácidamente vigilando el portal sin saber muy bien si pasarían la noche en el domicilio o les daría por salir de ahí.

La noche iba avanzando, y en el cielo una luna de color roto iluminaba la ciudad, de vez en cuando alguna nube gris la cubría y entonces las calles quedaban solo iluminadas por la luz amarillenta del vapor de sodio de las farolas, llenándolo todo de tonos dorados, con la gente yendo y viviendo metida en sus asuntos nocturnos.