Chapter 7
Errores
El edificio de la jefatura de la Policía Nacional en Zaragoza era viejo y decadente, como casi todos los edificios de la Policía Nacional en la ciudad. Juan subió la escalinata de acceso y fue directo al policía que había en el mostrador de la entrada.
―¡Cuánto tiempo Juan! ―dijo el policía al verlo.
―Mucho.
―¿Qué te trae por aquí? ¿Jugando a detectives otra vez?
―Vengo a ver el expediente de un caso de asesinato.
―Eso solo puede consultarlo un policía relacionado con el caso, y tú no lo eres.
―Si quieres descuelga el teléfono y llama a Luis Garanto, él te lo contará.
El policía torció el gesto y sacó de mala gana una acreditación de visitante que dejó sobre el mostrador.
―A mí no me has dicho nada, apáñate con los de la Brigada Judicial.
Juan cogió la acreditación y se la colgó al cuello tras lo que se dirigió a las dependencias de la brigada. Cuando entró en la oficina se llevó una grata sorpresa, un policía de paisano se levantó de su mesa y se encaró con él.
―Te veo bien.
―Y yo a ti.
―Algo menos de pelo y algo más de barriga pero no te conservas mal.
―Por tu cara deduzco que seguiste boxeando.
―Incluso llegué a competir en amateur, si volviéramos a pelear te aseguro que el resultado sería distinto al de la última vez.
Ambos se fundieron en un abrazo. El inspector Manuel Boned fue lo único que mantuvo unido a Juan a este mundo cuando su hija falleció y su matrimonio hizo aguas.
Compañeros de promoción en Ávila, se separaron cuando Juan fue destinado a Barcelona pero volvieron a encontrarse en Zaragoza, donde salían a menudo juntos con sus mujeres, entrenaban juntos y trabajaban juntos, y después, cuando le echaron de la policía siguió preocupándose por él, hasta que Juan se separó de todo y de todos.
―¡Me alegro de verte! ¿Qué necesitas? ¿Qué haces por aquí?
―El comisario de Delicias, Luis Garanto, me ha pasado un caso y necesito mirar el expediente.
―¿Qué caso?
Juan se encendió un cigarro y le dio una calada, sintió como el humo le calentaba las entrañas.
―El caso de Itziar Cestero Acón.
―Ese caso se cerró a principios de este año, con juicio mediático y todo.
―Ya lo sé, pero la madre de la chica no está de acuerdo, Garanto tuvo la genial idea de mandarla a mi casa, la mujer no acepta el veredicto del juez, dice que el marroquí al que acusaron es inocente y que todo es un montaje a gran escala, que están implicados los jueces, la policía y todo dios.
Garanto me la envió porque lo último que necesita es a la madre de una mujer asesinada hablando de teorías de la conspiración en los medios de comunicación.
―Dicen que lo van a nombrar Jefe Superior de Policía.
―Y esto no le viene nada bien claro.
―Claro, no quiere un circo como lo del Alcácer.
―Pero es raro que te enviara aquí, a la brigada.
Juan lo miró extrañado.
―¿Raro por qué?
―Sígueme.
Bajaron al archivo, ahí se almacenaban perfectamente numerados los expedientes de todos los casos que había llevado el grupo de homicidios de la brigada.
―Ya sabes que la Brigada Judicial investiga todos los temas importantes, homicidios, asesinatos, tráfico de drogas…
―No hace falta que me restriegues que conseguiste destino en la brigada mientras yo no pasé del grupo judicial de un comisaría de distrito.
Manuel sonrió, aunque enseguida adoptó un gesto serio.
―A esa chica la mataron en el noventa y tres y el juicio fue al inicio de este año.
―Toda la ciudad siguió el juicio.
Abrió un armario donde se almacenaban dos grandes cajas llenas de documentación.
―Este es el caso del clan de los Flores ―dijo señalando una de ellas―, eran tres hermanos, unos malnacidos que sembraron el caos por las carreteras de Huesca, Navarra y Cataluña durante el año noventa y uno.
Secuestraron a una joven en Lérida y luego a una pareja de novios.
Al chico lo metieron en el maletero y a las chicas en el coche.
Las llevaron a una casa donde las violaron y obligaron a mirar al pobre chico.
Luego se vieron involucrados en un tiroteo en Montañana, estaban robando coches cuando llegó un coche patrulla de la Policía Local de Zaragoza, los recibieron a tiros, por poco matan a un agente, como compensación los compañeros de la Local pudieron acabar con uno de ellos.
Desarticulamos la banda el día de su funeral, uno de los hermanos acudió y al otro lo pescamos en Andalucía. Ahora están los dos entre rejas.
Manuel señaló la otra caja.
―Y este es el caso de los Zapatos, aparecieron los cuerpos sin vida de dos mujeres jóvenes, con marcas de violencia pero sin signos de agresión sexual.
A una de ellas le habían robado los zapatos y a la otra pobre chica se los habían colocado de una forma especial, que nos guardamos de contar para que ese dato sea algo entre nosotros y el asesino.
Este es el caso con el que estamos ahora.
―¿Y qué hay del caso de Itziar?
―Veo que no te lo contó Garanto.
―¿Qué me tenía que contar?
―Lo de Itziar lo llevaron desde la comisaría de Delicias.
―¿Qué?
―Lo que oyes.
―Un caso de asesinato y violación llevado desde una comisaría de distrito…
―Una comisaría de distrito mandada por Luis Garanto ―dijo Manuel bajando la voz y mirando a su alrededor―. Vamos a la calle a dar un paseo anda.
A esas horas el paseo María Agustín hervía de gente, se sentaron en una terraza repleta de funcionarios en su hora del café donde el sol de la mañana aún se podía aguantar. Manuel pidió un cortado, Juan una cerveza y un pincho de tortilla.
―Explícame cómo le quitan un caso de asesinato y violación a la Brigada Judicial.
―Muy fácil, el jefe superior ya tiene su carrera hecha, está viejo y se va a jubilar en un año, Garanto le pidió que le dejara el asunto a sus chicos, quería ganar enteros para su futuro nombramiento, al jefe no le importó, teníamos al clan de los Flores hasta en la sopa y luego aparecieron las dos chicas muertas del crimen de los Zapatos.
El jefe dijo que bien, que un problema menos.
Juan se llevó a la boca un trozo de tortilla de patata tras lo que le dio un trago a la cerveza.
―La verdad que Garanto no me dijo nada, y yo supuse que el caso lo habríais llevado vosotros, en fin, iré a su comisaría y listo.
El sol empezaba a ascender en un cielo limpio y azul y sus rayos caían a plomo sobre ambos hombres, que ahora guardaban silencio observando el pasar de la gente, policías de paisano, maestros de un colegio próximo, funcionarios, el mundo transcurría ajeno a las cavilaciones de Juan.
―Vi a Martina hace un año ―dijo Manuel.
Esas palabras removieron el interior de Juan, que a duras penas pudo tragar saliva y dejar el tenedor en el plato.
―No la he vuelto a ver desde que firmamos los papeles del divorcio ―dijo evitando mirar a los ojos a su antiguo compañero.
Ese fue el momento que el que escenificó el fin de su antigua vida, tras firmar aquellos papeles comenzó su descenso a los infiernos.
Su preciosa hija se había ido para siempre.
Un conductor borracho circulando al doble de lo permitido, la inquietud de una niña que se soltó de la mano de su padre para echarse a correr hacia el colegio.
El agujero que había dejado la pequeña Clara comenzó a hacerse cada vez más grande, hasta que al final se lo acabó tragando todo.
La relación con su mujer derivó en una convivencia triste y distante, Martina nunca lo dijo, jamás se atrevió a echárselo en cara; pero Juan sabía que ella lo consideraba culpable de lo ocurrido.
Él la acabó dejando. Luego vendieron el piso nuevo que habían comprado en un tranquilo barrio de clase media en las afueras de Zaragoza.
Juan siguió con su caída libre, problemas en el trabajo, líos de faldas con mujeres casadas, y empezó a refugiarse en la botella.
Manuel le tapaba todo lo que podía con los jefes; pero al final el tema estalló tras pelearse a puñetazo limpio con el Inspector Jefe de la comisaría de Delicias.
Lo acabaron echando de la policía. En unos pocos años su vida había pasado de lo blanco a lo negro, sin grises ni estadios intermedios. Así era la vida.
―La vi bien, tiene una nueva pareja, ha rehecho su vida.
Juan se encendió un cigarro y le dio una calada, tras lo que expiró el humo lentamente.
―Como debe ser, me alegro por ella. Merece tener una buena vida y alguien bueno a su lado.
La terraza donde estaba y su antiguo compañero desaparecieron en una explosión temporal.
Todo fue sustituido por una tarde noche de viernes, Clarita había estado jugando con sus amigos en la plaza del barrio, y tras pasar una agradable tarde hablando con el resto de padres entre miradas de cariño a sus hijos, Juan, su mujer y su hija iban a comprar al único supermercado del barrio.
Compraban algo rico para cenar, comida mexicana sin picante y cosas así, y después subían a su piso nuevo, leían cuentos y le ponían los dibujos a la pequeña mientras Juan freía los trozos de pechuga de pollo y de pimientos y preparaba la cena.
Luego se sentaban los tres a cenar y hablaban de mil cosas.
Cuando a Clarita se le empezaban a cerrar los ojos le preparaban un biberón de leche caliente, tras lo que se quedaba fuera de combate.
Entonces la llevaban a la cama mientras contemplaban su hermoso rostro y sonreían de pura felicidad.
Luego, ya estando los dos a solas, hacían el amor como una pareja de enamorados, amándose de una manera madura y tranquila.
El coche pasando por encima de Clarita llenó de repente su pensamiento.
Todo lo demás se esfumó. Volvía a estar en la terraza con su antiguo compañero en una calurosa mañana estival.
―Parece que lo de mi hija ocurrió en otra vida, y a la vez lo llevo permanentemente en la cabeza.
Manuel apoyó la mano en su hombro.
―Me ha alegrado verte Juan, cuídate.