Luces de ciudad Chapter 6
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Chapter 6

Papeles en la noche

La tenue luz amarillenta de la lámpara de techo se desperdigaba por el pequeño local entresuelo situado en una callejuela del barrio de la Magdalena.

Un paquete de tabaco Fortuna y un viejo ordenador tres ocho seis eran todo lo que necesitaba Lucas para cambiar el mundo, o al menos la ciudad.

A Lucas le quedaba una asignatura para acabar la carrera de Filosofía y Letras, pero Problemas Fundamentales de la Filosofía Contemporánea se le había atragantado y además, pensaba que el mayor problema que tenía su entorno más inmediato era la cloaca en que se había convertido el sistema político de su ciudad.

Así que ahí estaba un viernes por la noche, dándole a la tecla para terminar el número trimestral de su panfleto antisistema que luego él y sus amigos distribuirían por las facultades de la universidad y por los garitos de la Magdalena, antros frecuentados por punkis y gente próxima al nacionalismo aragonés.

Sus fuentes eran funcionarios sindicalistas de comisiones obreras y de la CGT, que tras años en la administración como liberados habían hecho contactos a todos los niveles.

Cuando se enteraban de algo, corrían a informar a Lucas de los tejemanejes que se hacían en el ayuntamiento, quizá así limpiaban un poco su conciencia; pero por encima de todos ellos, el joven Lucas tenía una fuente reciente, alguien que le estaba dando una información inquietante.

Eran casi las doce de la noche, se encendió un cigarrillo y le dio una calada tranquila y pausada mientras pensaba que sus amigos estarían en el garito de siempre comiendo vinagres y bebiendo unas cervezas.

Decidió acabar el artículo que estaba escribiendo sobre las malas condiciones del personal de la contrata de limpieza del ayuntamiento, e ir a reunirse con sus colegas.

Y entonces sonó el timbre de la puerta de entrada.

Subió por las escaleras metálicas hasta la planta calle y observó a través de la mirilla, por si acaso, los neonazis estaban muy activos últimamente y no quería sorpresas, hacía poco que un grupo de ligallos, los radicales del Real Zaragoza, habían pegado una paliza a dos amigos suyos y poco faltó para ir de funeral; pero no.

Abrió la puerta, frente a él un vagabundo medio borracho con un sobre en la mano.

Siempre lo hacía así, Lucas le dio unos cuantos cigarrillos y una moneda de quinientas pesetas, y ni siquiera se molestó en preguntar.

Cada vez venía un vagabundo diferente, a menudo borrachos, a los primeros sí que les preguntó; pero no le dijeron nada más allá de que un hombre encapuchado se había acercado en la noche y tras darles una buena cantidad de dinero les había pedido que le llevaran el sobre.

Lucas miró a ambos lados de la callejuela, no había nadie, despidió al vagabundo y tras cerrar la puerta bajó corriendo a sentarse en su despacho de agitador anónimo.

Abrió el sobre, dentro había una carta escrita a máquina que comenzó a leer, la firmaba como siempre J.

Vidal, también había otros documentos. Sus ojos se iban abriendo cada vez más.

―Hostia puta… ―susurró al ver el último papel, se llevó las manos a la cabeza y se repeinó la cresta punki―, no me jodas…

Sacó papel de fumar, lo llenó de tabaco y lo aderezó con un poco de hachís, necesitaba calmarse.

También cogió una cerveza barata que tenía en un minúsculo frigorífico.

Dio una calada y se quedó mirando el ventanuco que daba a la acera de la callejuela.

El local se lo dejaba la CGT a cambio de que de vez en cuando les echara una mano con sus asuntos y que cuando les interesara algún tema lo incluyera en el panfleto.

Él mismo se encargó de adecentar el local y también consiguió el ordenador, el resto de cosas las había comprado de segunda mano, el frigorífico, la lámpara, etc.

Lucas estaba bien visto entre los grupos comunistas y anarquistas de la ciudad, era un tipo calmado que defendía los ideales dándole a la tecla en vez de empleando la violencia, y eso gustaba hasta cierto punto.

Otra calada y el humo denso comenzó a llenar la estancia.

Volvió a revisar los papeles que le había hecho llegar ese extraño personaje al que ya empezaba a llamar para sus adentros Garganta Profunda.

Tras releerlos los guardó en uno de los cajones de la mesa, subió las escaleras, apagó la luz y salió a la calle.

Cerró la puerta con llave y se dirigió al garito de siempre.

Se internó en una zona llena de bares donde jóvenes con estética punki bebían calimocho en la calle.

Al fin entró en un garito, las notas de «Buscando una Luna» de Extremoduro le recibieron, y luego la voz rasgada y decadente de Robe navegando entre los acordes y contando poesías a quien quisiera escucharlo.

Vio a sus amigos al final de la barra, bebiendo cerveza y fumando. Sara lo recibió con un beso.

―¿Ya has acabado el número de este trimestre? ―le preguntó, pero Lucas estaba serio y ausente―. ¡Nene que te estoy hablando! ―dijo dándole un capón cariñoso.

Negó con la cabeza.

―Ven anda ―dijo cogiéndola de la mano―, vamos afuera.

El majestuoso bajo de Extremoduro se fue atenuando hasta que fue sustituido por la algarabía del gentío que poblaba la calle en corrillos, bebiendo y fumando, riendo y contando mil historias.

―Te acuerdas de lo que te hablé, del tío que me está dando esa información.

―Claro joder, cómo no me voy a acordar, ese número que escribiste es la comidilla en todas las reuniones del sindicato, desvíos de cientos de millones de pesetas respecto al proyecto original de la zona franca, siempre es lo mismo, politicuchos robando a mansalva.

Lucas sacó un Fortuna y tras encenderlo le dio un calada larga ansiosa, después Sara se lo arrebató y se lo llevó a sus labios.

―Esta vez me ha dejado algo más peliagudo Sara…

Ahora fue Lucas el que le arrebató el cigarrillo.

―Las certificaciones de obra de la última ampliación de la zona franca y la oferta de adjudicación de la obra.

―¿Y?

―Precios modificados sin justificación, al alza por supuesto, números inverosímiles de partidas de obra, cientos de farolas en un ramal de cincuenta metros, cables a precio de oro el metro, etc…

Un par de borrachos se liaron a puñetazos a escasos metros de ellos, que comenzaron a andar calle arriba buscando algo de tranquilidad.

―Si lo publicas ya no será una mera sospecha que flota en el aire, será afirmar que hay pruebas de que alguien se está llevando el dinero público destinado a ampliar la zona franca.

―Si lo publico, removeré el avispero como nunca nadie lo ha hecho en esta ciudad.

―¿Crees que puede ser peligroso?

―Nadie sabe que escribo ese panfleto más que vosotros y alguno en el sindicato, y además, ¿estamos en esto por compromiso no?

Sara asintió. Su pelo corto enmarcaba un rostro agraciado de rasgos marcados, que aún se acentuaban más debido a la sombra de ojos oscura que usaba.

―Por cierto, a los del sindicato les gustaría que les echaras una mano con una circular que están preparando para todos los afiliados, ya sabes, resistir es vencer y todo eso.

Ambos sonrieron.

―Ya les llamaré.

Los jóvenes dieron media vuelta, no querían alejarse demasiado de su zona, los grupos rivales, neonazis y pijos principalmente, de vez en cuando andaban al acecho para cazar a algún antifa despistado y arrearle una buena paliza.

―¿Alguna vez has pensado quién es el que te deja esos papeles?

―Continuamente.

―¿Quién crees que es?

―Obviamente tiene que ser alguien que tenga contacto con los corruptos, o que de alguna manera tenga acceso a esa información, policía tal vez.

―O quizá un político.

―Puede que sea un político, y que nos esté usando para desgastar al partido en el poder.

―¿Vas a publicarlo?

Sara le abrazó, preocupada. Una luna rota y gris apareció entre las cornisas de los viejos edificios de la callejuela, que olía a vino barato y a tabaco.

Un poco más lejos dos gatos se perseguían hasta que se metieron por un agujero que había en una puerta de madera de un edificio abandonado.

La música de los bares y la algarabía de la multitud les llegaban amortiguadas por la distancia.

Lucas sabía algo de la vida, y no solo por lo que había aprendido en las clases de filosofía, las cuales, aunque aún no lo supiese, le habían proporcionado unas sólidas raíces para afrontar su futura vida, sino por lo que había vivido ya a su temprana edad.

Su madre murió cuando él nació, y su padre, un hombre débil y destruido por el alcohol, era tan solo un pelele que andaba por la vida como una sombra indiferente.

Lucas vivía solo desde que cumplió los dieciocho en un apartamento en la Magdalena, un apartamento viejo y pequeño de dos habitaciones sin ascensor que daba a un callejón por donde andaban camellos y gente de lo más variopinta.

Trabajaba de repartidor para Telepizza, era un buen trabajo, con lo que ganaba podía pagarse el alquiler y la universidad, y aún le quedaba algo para ocio, aunque tampoco gastaba mucho, aparte de salir con Sara y sus amigos pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo o leyendo, y los libros los compraba en librerías de viejo por cuatro duros.

Lucas sabía lo dura que podía ser la vida, pero más o menos todo lo que había afrontado hasta entonces lo había hecho bajo el valor que llenaba su vida, la dignidad.

―Creo que la gente honrada de esta ciudad merece saber que les están robando. Voy a publicarlo todo.