Chapter 5
El Gran Jardín y el periodista
El acto lo organizaba todos los años el grupo empresarial que controlaba los medios de comunicación de la ciudad, en él, premiaba a aquellas personas que más habían trabajado por el bien de la urbe.
Ahí estaba lo más granado de la sociedad zaragozana, el presidente de la región, el alcalde, los políticos de múltiples colores, el jefe de la Policía Local, los empresarios más fuertes y hasta el secretario del arzobispo.
Toda la familia estaba presente. El lugar elegido era fastuoso, la antigua Sala de la Corona de un palacio renacentista.
Los políticos y los hombres de negocios se movían entre los corrillos como peces en el agua, entablando relaciones con unos y con otros, hablando de proyectos buenos para todos, negocios que sin duda les llenarían los bolsillos, a cambio de vaciárselo a otros claro.
Por el medio, múltiples viejas glorias de la administración, antiguos directores generales que ahora ya jubilados se dedicaban a un lucrativo negocio, eran conseguidores, conseguidores de licencias, autorizaciones y demás.
Una cosa era que tu proyecto estuviera el último, y otra que te lo pusieran encima del montón del funcionario de turno.
Eso valía dinero. Tenían que aprovechar mientras aún tuvieran amigos dentro de la administración, y vaya si lo hacían.
El presidente del grupo de comunicación inició un pequeño discurso tras lo que cedió la palabra a su periodista estrella y director del periódico más importante de la región, Alfonso Campo.
Alfonso tenía treinta y ocho años y se había hecho así mismo, había estudiado periodismo en Madrid tras lo que encontró trabajo cubriendo los sucesos en el periódico que ahora dirigía.
Siempre decía a los jóvenes periodistas que nada como los sucesos para curtirse, que esa era la mejor escuela de periodismo que había, aunque eso ya había quedado lejos para él, ahora se dedicaba a establecer la línea editorial del periódico escribiendo artículos de opinión respecto a temas relevantes de la sociedad aragonesa y a representar al grupo ante los poderes vivos de Aragón y de España.
O sea, al politiqueo puro y duro y a rascar la espalda a los poderosos.
―Queridos invitados, un año más nos reunimos para honrar a los que de entre nosotros se han destacado por su compromiso con esta tierra y con nuestro país ―aplausos y una gran sonrisa por parte del presentador―.
Demos la bienvenida a Don Carlos Alcorán Benaque, director ejecutivo de Industrias Extractivas del Ebro.
Más aplausos. Industrias Extractivas del Ebro se dedicaba a desarrollar todo tipo de actividades mineras.
Llevaban haciéndolo desde los años cuarenta, los años de la autarquía.
El abuelo del hombre que ahora subía al estrado, más listo que nadie y casi analfabeto, aprovechó la coyuntura de aquellos años y untando a todo dios levantó un imperio minero de la nada.
Ahora su nieto, con traje y raya a un lado, varios títulos universitarios y máster en negocios por una universidad de renombre americana, daba las gracias a los poderes de la ciudad por el premio que otorgaban a su empresa.
El alcalde y el presidente de Aragón sonreían, henchidos de orgullo, removiéndose en sus butacas preferentes en primera fila.
Cuando el siguiente invitado subió al estrado se hizo un silencio sepulcral en la sala.
Daniel Hidalgo era el consejero delegado de una empresa pública formada por el Gobierno de Aragón, el Ayuntamiento y el Estado, a partes iguales, encargada de dirigir la zona franca en el área metropolitana de la ciudad.
El tipo tenía cincuenta y muchos años, abogado del estado, había estado en el consejo de administración de la Renfe y de Red Eléctrica, y durante muchos años fue el director de operaciones de una compañía energética multinacional.
Había ocupado puestos directivos con gobiernos del partido conservador y del progresista, era un hombre del Estado.
Su discurso fue improvisado y maravilloso, fruto de una experiencia de años atendiendo este tipo de actos, al final anunció los números que estaba proporcionando la zona franca, más de cincuenta empresas de importación y una docena de fábricas se habían establecido en Zaragoza, y lo que es más importante, los chinos tenían intención de seguir abriendo más fábricas.
La zona franca era un gran negocio para la industria global china, establecía sus fábricas en ella y así podía importar los materiales y elementos necesarios para fabricar sin pagar casi impuestos ni aranceles, y luego, una vez fabricado el producto, podía exportarlo desde la zona franca a cualquier lugar del mundo.
Los políticos se levantaron de sus asientos y aplaudieron como si la vida les fuera en ello. Todo era prosperidad y progreso. Después sesión de fotos, unos cuantos corrillos más y la fiesta se acabó.
Un mar de coches oficiales de alta gama llenó la calle próxima al palacio donde los policías habían cortado la calle previamente para que los prohombres de la ciudad pudieran salir cómodamente.
Dos de esos coches enfilaron hacia las afueras de la ciudad, a un exclusivo club de campo.
Llegaron a la vez y fueron recibidos por el personal del club con una cortesía que rayaba en el servilismo.
Un metre elegantemente vestido guio a los dos hombres al interior de una sala reservaba.
La estancia estaba amueblada con buen gusto a base de muebles de madera de acacia, oscuros, y había poca luz, apenas la que salía de unas cuantas lámparas verdes de ambiente distribuidas por varias mesitas.
El alcalde y el jefe de Policía Local tomaron asiento en unos mullidos sillones de terciopelo verde.
La sala estaba reservada completamente para ellos y tenían un camarero a su disposición situado a una distancia prudencial.
De fondo sonaba un blues, «The Skye is Crying», de Gary Coleman.
El jefe de la Policía Local se encendió un puro.
Olía a madera y a brasa. El jefe, así es como lo llamaban los policías locales de la ciudad, se llamaba Marcelo Espino Lucero y había sido Guardia Civil de joven, en un momento de su vida sacó las oposiciones a intendente, y ahora, de la mano de su amigo de la infancia, el señor alcalde, era el número uno de la Policía Local.
Su relación con el mandamás de la ciudad había convertido al concejal de la policía en un pelele, en un hombre de paja que los dos amigos movían a su antojo.
El camarero se acercó y preguntó si querían lo de siempre, los dos asintieron sonriéndole.
El alcalde dejó con desgana un panfleto antisistema sobre la mesa.
―¿Quién cojones es J. Vidal? ―preguntó al jefe de policía mientras su índice daba golpes sobre la portada del panfleto.
―Vaya, nunca imaginé que te pudieran gustar ese tipo de publicaciones antisistema.
―Me interesa todo lo que nos pueda joder, y esto nos puede joder pero bien ―dijo bajando el tono de voz.
El jefe cogió el panfleto y tras leer durante un instante lo dobló y lo guardó en su chaqueta.
―Lo investigaré; pero no te preocupes mucho, esto es imposible que llegue masivamente a los votantes.
―Me preocupo lo que me tengo que preocupar, estas cosas son como una bola de nieve, una vez que empieza a rodar puede hacerse enorme, y hoy un concejal del Partido Comunista ha insinuado algo de esto en una interpelación.
No lo ha llegado a decir abiertamente; pero lo ha dicho sin decirlo, no sé si me entiendes.
―Nadie se va a atrever a sacar esto, todos tienen asuntos de que preocuparse.
El alcalde se tranquilizó. Dio un trago al Cutty Sark y se recostó sobre el sillón.
―Los chinos van a seguir ampliando sus inversiones aquí, el otro día me reuní con su embajador en Madrid, estuvo presente quién tú sabes, pagarán lo que sea, como ha dicho Daniel Hidalgo, necesitan establecer un punto en Europa donde implantar sus industrias globales, y donde poder importar las materias primas y los elementos que necesitan para fabricar sus productos y equipamientos sin pagar impuestos ni aranceles.
Espino miró de reojo al camarero, estaba tras la barra en la otra punta de la sala.
―Y de lo otro, seguimos como siempre ―dijo en tono quedo llevándose la copa a la boca.
El alcalde se contoneó nervioso.
―Sí, todo está bajo control; pero por lo que más quieras, averigua quién es ese maldito J. Vidal.