Chapter 4
Contactos con la pasma
Ese era el bar donde almorzaban todos los policías de aquella zona de la ciudad.
Hacía esquina entre Franco y López y la Avenida de Valencia.
Un tugurio con camareros mal encarados y una barra de aluminio que ya estaba allí en los tiempos del dictador donde hacían las mejores patatas bravas de la ciudad.
Juan tenía como costumbre dejarse caer por allí de vez en cuando para mantener el contacto con sus viejos compañeros. Sobre todo con uno.
Entró en el bar, uniformes por todos lados, no sabía cómo se atrevían a estar ahí tan tranquilos con la ETA matando a mansalva.
En una mesa un hombre solo, sin uniforme, rondando los sesenta, a su alrededor los policías pasaban mostrando respeto y miradas temerosas.
Luis Garanto era el jefe de la comisaría del distrito de Delicias, decían que tenía un padrino en Madrid y que era cuestión de tiempo que le dieran la jefatura de toda la policía en Aragón.
Juan fue directo hacia él y tomó asiento enfrente.
Pidió un whisky y un plato de olivas especiadas.
El silencio parecía no incomodar a ninguno de los dos, aunque fue el policía el que lo rompió.
―Juan por el amor de Dios, es hora de desayunar.
―Lo sé, este es mi desayuno ―dijo alzando el vaso de whisky.
En la televisión estaban emitiendo las noticias de la mañana, decían que el gobierno Chino había firmado un acuerdo comercial con España que iba a ser muy beneficioso para ambos.
―Con todo el respeto comisario ―comenzó a decir Juan, que se retiró el flequillo que le caía por la cara sudorosa, producto del calor, de no dormir y del alcohol que ya llevaba en el cuerpo a las nueve de la mañana―, agradezco los casos que me manda, pero no se le vuelva a ocurrir mandar a nadie a mi puta casa.
El comisario observaba impertérrito las noticias. Tras lo de los chinos hablaron de que la Unión Europea iba a soltar más de cuatro billones de pesetas a varias regiones españolas, rollos de la convergencia económica. El comisario sonrió a Juan.
―Esa mujer vino a la comisaría desesperada, está desecha y es totalmente comprensible. Perder a una hija así es horrible, yo tengo hijas y no lo quiero ni imaginar. Pero el caso está cerrado, cogieron al culpable.
―Ella tiene sus dudas, dice que el acusado no fue el que cometió el crimen.
―Pues claro, quién en su caso no abrazaría cualquier teoría de la conspiración, esa mujer necesita ser el centro de atención para evadirse del dolor que la atenaza.
―¿Y por qué me la ha mandado?
―Eras un gran policía, y eres un gran detective, sabes tratar a la gente. Pensé en ti para que la tranquilices, investigues el caso y quizá oyéndolo de tu boca esa pobre mujer al fin acepte los hechos y pueda vivir el resto de la vida que le quede de la mejor manera posible.
―Ya.
―Además está forrada, viene de una familia de funcionarios que no han gastado un duro en su vida, puedes sacarle bastante pasta. ―El comisario bajó la voz―. Y por supuesto darme mi comisión.
―Como siempre señor comisario. Por otro lado, necesitaré el expediente del caso.
―No hay problema con eso, lo único que no podrás sacarlo de las dependencias policiales, se han puesto estrictos con eso últimamente. Nada puede salir de la sala del archivo. Pásate mañana, el responsable ya estará avisado y te dejará estudiar el expediente.
Salió del bar al trajín del tráfico matutino.
Cuadrillas de jóvenes universitarios cruzaban en dirección al campus.
Siempre que pasaba por ahí pensaba en cómo hubiera sido su vida si hubiera estudiado la licenciatura de Físicas, como quería su padre.
Quizá hubiera alcanzado un buen puesto en alguna fábrica, o mejor aún, tendría su propia industria y estaría nadando en billetes.
O a lo mejor la reconversión lo hubiera mandado a la cola del paro. Quién sabe.
Bajó por la Gran Vía dando un paseo. Se echó la americana al hombro, el calor ya empezaba a ser sofocante.
Una joven universitaria le lanzó una mirada seductora y risueña.
Juan no estaba mal, iba a entrar en la cincuentena pero había hecho mucho ejercicio físico a lo largo de su vida: primero en la Legión y luego por su cuenta debido a su afición al boxeo y a levantar hierros en gimnasios de barrio.
Desde lo de su hija no había vuelto a entrenar en ningún sitio, solo hacía algunas series en casa con unas pesas que había encargado por catálogo, lo justo para mantener los músculos a punto, pero alejado de la musculatura que había lucido cuando estaba en el ejército.
Llegó a la biblioteca pública situada en la calle Doctor Cerrada.
Al entrar observó el mostrador tras el que las funcionarias atendían al personal.
Quería saber si estaba Susana, la auxiliar administrativa de la Diputación con la que se solía entender.
Tanto ir por allí a consultar la hemeroteca cada vez que un caso lo requería había hecho surgir el amor, por llamarlo de alguna manera.
Una fina e imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro cuando la vio salir de un despacho interior para tomar asiento en su sitio frente al mostrador.
El escote que lucía quitaba el hipo, aquello era demasiado para las once de la mañana.
Susana también lo vio, y sonrió para sus adentros.
Salió del mostrador y se dirigió hacia el servicio de mujeres.
Treinta y cinco años, casada y con dos hijos, unas piernas interminables que enseñaba vistiendo una minifalda con desparpajo y sin ningún tipo de recato.
Ambos se usaban, él para calmar su atormentada lujuria, ella para sentirse viva.
En su paseo hasta el servicio los cuellos de los jóvenes y no tan jóvenes giraron solidariamente hacia ella, incluso Juan se sorprendió a sí mismo contemplando su trasero.
Se dio prisa en seguirla. Tras doblar la esquina fue ella quien lo agarró, lo introdujo en el servicio de mujeres y cerró la puerta corriendo el pestillo.
Juan se dejó llevar. Se perdió entre sus enormes pechos mientras la besaba.
Acabaron echando un polvo sentados en el wáter, el sentado y ella encima.
No se había puesto preservativo pero daba igual, ella ya no podía tener hijos y el tema del sida les importaba bien poco.
Juan le dio un beso de despedida, hasta la próxima preciosa, le dijo, y la dejó bajándose la falda y colocándose la blusa.
Ella le sonrió y le guiñó un ojo a modo de despedida.
Subió a la planta segunda de la biblioteca, ahí estaba la hemeroteca de uno de los dos periódicos más importantes de la ciudad.
Todavía con el corazón palpitante por el suceso con su amiga buscó una fecha, nueve de diciembre de mil novecientos noventa y tres.
En el periódico de ese día venía en sucesos el asesinato de Itziar.
Una pequeña noticia de un tercio de página, nada llamativo.
Leyó con atención. No había nada relevante, no había dado tiempo a investigar nada, seguramente la noticia habría sido incluida a toda prisa en la rotativa matutina ya que encontraron el cuerpo a las siete de la mañana.
Una joven zaragozana robada, violada y salvajemente asesinada por un delincuente marroquí.
Miró los periódicos de las siguientes fechas.
Sacó su libreta y la pluma estilográfica que le regaló su padre cuando entró en el Cuerpo Nacional de Policía, menos mal que aquel hombre bueno y honrado no vio la decadencia de su hijo, ni la muerte de su nieta.
Pasó un buen rato leyendo, atento a los detalles, que es donde está el Diablo.
Los ojos se le cansaban, se echó hacia atrás para estirarse y relajó un poco la vista mirando por el gran ventanal a la calle Doctor Cerrada.
Vuelta a la prensa. La pluma giraba entre sus dedos presta para ser usada.
Tras leer unos cuantos artículos más comenzó a hacer un esbozo sobre la víctima.
Itziar era una chica formal, había ido a colegio laico de pago, vivía en la Gran Vía, buenas notas desde la EGB hasta el BUP y el COU.
Diplomada en Ingeniería Técnica Industrial por la Universidad de Zaragoza y funcionaria del cuerpo de Ingenieros Técnicos Industriales de la Diputación General de Aragón.
Por muchos artículos que leía, de Itziar no decían más, se centraban en su asesino, en Yousef.
Decían que era un camello con conexiones con los gánsteres de Marsella.
Un boxeador violento que había tenido problemas con sus antiguas novias y que se había suicidado en prisión, destrozado por las drogas y abatido ante la perspectiva de pasar treinta años encerrado.
Juan anotó en su libreta, suicidio, y lo subrayó con su magnífica pluma.
Ahí se quedó, pensativo, hasta que de repente se dio cuenta de que tenía ganas de fumar.
Salió afuera. Jóvenes estudiantes estaban sentados en la entrada, algunos fumando, otros charlando.
Juan se metió en el bar de enfrente, whisky con hielo y un botellín de agua y un cigarrillo.
Por un momento se fijó en un hombre que le miraba desde el otro lado de la barra, aún era guapo; pero los excesos y la mala vida estaban empezando a hacer estragos en él.
A los pocos segundos se percató de que era su reflejo en un engañoso cristal.
Maldita vida, pensó. Itziar le vino a la mente.
Eso le aliviaba, pensar en hacer algo de justicia por alguien era una catarsis para su desdichado cerebro.
Era como hacerle justicia a su pequeña hija.
Volvió a la hemeroteca. A las dos semanas del asesinato ya no había ninguna noticia más.
Esperaría a ver el expediente policial, seguro que tiempo después, cuando el juicio hubiera empezado, la prensa habría comenzado a darle cobertura de nuevo.
No tenía nada que hacer hasta mañana, cuando se dejaría caer por la jefatura de la Policía Nacional para consultar el atestado.
Se fue a una cervecería irlandesa del centro y pidió una pinta de Heineken.
Esa cerveza le entraba como el agua. En la pantalla un partido de la liga inglesa, el West Ham contra el Blackburn Roberts.
Por mucho que dijeran la liga inglesa era la mejor de Europa de largo.
Después un combate de boxeo, un negro inglés contra un blanco irlandés, el campeonato de Europa de algún peso, a esas alturas de la tarde ya le daba igual.
Salió de allí manteniendo la compostura.
Subió andando hacia su barrio. Por primera vez en dos semanas una brisa fresca de verdad se había levantado.
Daba gusto andar por la calle. Unas luces de neón llamarón su atención, eran de un garito que le gustaba en la zona elegante de la ciudad.
Iba ahí alguna vez, cuando se cansaba del whisky barato que servían en los antros que solía frecuentar, cuando quería tomar Macallan y sentirse un triunfador mientras observaba a las mujeres de buena familia bailando y desmelenándose.
Entró y se sentó en un taburete junto a la barra.
Pidió un Macallan con hielo y ojeó al personal.
Pijos remangados con pantalón chino, camisa metida por dentro del pantalón y cinturón bien visible.
Relojes caros y mujeres que a su lado bailaban irreverentes saltándose las estrictas normas de su clase.
Su mirada se paró en una mujer exuberante, morena con el pelo corto a la altura de su esbelto cuello, preciosa, una figura que dejaba sin respiración.
Miraba descaradamente a Juan, que se preguntaba cómo era posible que siguiera siendo atractivo para las mujeres a pesar de sus persistentes intentos por autodestruirse.
En el fondo lo sabía, sabía lo que les atraía de él a esas mujeres, por muy policía que hubiera sido seguía siendo un tipo duro que venía de los bajos fondos, y a esas mujeres les ponía estar con un hombre así, querían vivir su pequeña aventura, querían jugar con fuego aunque fuera una sola noche en su vida. Y Juan no dudaba en complacerlas.
La invitó a una copa.
―¿Eres de por aquí hombretón?
―No.
―Tienes pinta de chico malo.
―Quizá no sea solo la pinta.
La mujer lo miró, deseándolo.
―Vámonos a mi casa.
Juan pensó en invitarla a la suya; pero sabía que eso rompería el encanto.
Primero salió él, y después, previa coartada con sus amigas, salió ella.
Vivía en un piso en la Plaza de los Sitios, la zona más cara de la ciudad.
Su marido se había ido de viaje de negocios a Barcelona, él vería, dejar a una mujer así sola era un pecado, y de los gordos.
Hicieron el amor durante buena parte de la noche, quién diga que el alcohol no es un afrodisiaco miente. El dormitorio daba a la plaza, la ventana estaba abierta y entraba la brisa nocturna. La luz de la luna les iluminaba tenuemente alumbrando dos sombras clandestinas derrotadas por la lujuria.
Ella apoyó su cabeza en su pecho, él se encendió un cigarrillo. Miraba al exterior, a las copas de los árboles, y al correr de las nubes empujadas por la brisa. Cuando acabó el cigarrillo se levantó de la cama y se vistió. Era el mismo ritual de siempre.
―¿Te volveré a ver? ―le dijo ella desde la cama.
Él se encogió de hombros.
―Cuídate preciosa.
Y se marchó rumbo a su apartamento.