Chapter 3
Un púgil ortodoxo
Las luces anaranjadas de las farolas alumbraban el viejo polígono de Cogullada.
Un vestigio decadente y melancólico de las políticas desarrollistas de la época franquista que designaron a Zaragoza como polo de desarrollo industrial, incentivando la instalación de multitud de industrias.
Veinte años después, en los años ochenta, España entraba en la Comunidad Económica Europea, lo que suponía acabar con las políticas arancelarias y el apoyo con dinero público a la industria.
Eso para una industria como la española, poco eficiente y basada en salarios bajos, suponía el fin.
Así que el amigo Felipe González tiró por la calle de en medio.
Comenzó una política de reconversión industrial al dictado de Europa, que no es que reconvirtiera la industria española en una nueva y moderna, sino que la finiquitó.
Muerto el perro se acabó la rabia. Y ahora a especular a base de bien con productos financieros, pisos y demás bienes esenciales.
Eso sí, ya estábamos en Europa, fuente inagotable de fondos estructurales que sabe dios a manos de quién iban.
Paró el coche enfrente de la nave número dieciséis.
A través de la puerta entreabierta vio que había luz en el interior.
Dado lo céntrico del polígono y al haber cada vez menos empresas, otro tipo de actividades se estaban asentando en la zona, además el alquiler de las naves era barato.
Cruzó el umbral de la puerta. El ring aún estaba iluminado.
Dos chicos jóvenes guateaban sobre él. Llevaban cascos integrales, bocados, vaselina y todo como Dios manda.
Se estaban zurrando de lo lindo. En la esquina, Txiki les iba indicando, sube la guardia, bajas demasiado el brazo derecho, entra en la distancia y sal coño no te quedes ahí, etc.
Txiki era el mejor entrenador de boxeo que había visto en su vida.
Cuando se instaló en Zaragoza estuvo un par de años aprendiendo a boxear con él harto de que delincuentes de medio pelo le hubiesen roto la nariz dos veces.
Se dio cuenta de que todo lo que había aprendido en sus largos años haciendo Full Contact y Kick Boxing en gimnasios de barrio por Andalucía y Barcelona no servía para casi nada.
Ninguno le había ensañado tan bien la importancia de llevar siempre la guardia arriba.
Bien parapetado siempre, decía Txiki. Se colocó junto a él en la esquina del ring.
Los chicos no pasarían de veinte años. Pesos ligeros capaces de pintarle la cara a cualquiera.
Se notaba la marca Txiki. Boxeaban respetando la distancia con la guardia arriba, entraban en la distancia, soltaban la combinación y salían de nuevo, estilo olímpico.
El chico negro le combinó un uno dos al rostro y después soltó un izquierdazo al hígado haciendo que el chico blanco cayera gritando como un cochinillo al que estuvieran degollando.
Txiki saltó al ring a comprobar que el blanco estuviera bien, le quitó el bocado, no cosa se lo tragara, y estuvo a su lado hasta que el dolor remitió.
Una izquierda al hígado dolía como si te atravesaran con una lanza.
―Bien, habéis entrenado bien. ¡A la ducha! ―les ordenó.
Los chicos obedecieron y se perdieron por el fondo de la nave. Se quedaron en silencio observándolos alejarse.
―Espero que ahora haya agua caliente ―dijo Juan encendiéndose un cigarrillo Fortuna.
―Pájaro de mal agüero, cuando vienes o se ha cometido un crimen o se va a cometer. ¿Qué es esta vez?
―Lo primero.
Txiki bajó del ring de un salto. A sus cincuenta y muchos todavía podía subir al ring y guantear con boxeadores amateurs e incluso con profesionales jornaleros.
Los jornaleros eran tipos curiosos, entre semana se ganaban la vida con su oficio, electricista, fontanero, o lo que fuera, y el fin de semana boxeaban.
Solían ser rivales de promesas que estaban en ascenso, o bien de campeones que por lesión estaban bajos de forma.
Los jornaleros solían perder, pero ese no era su negocio, un par o tres de guanteos al mes les servía para cuadrar sus ingresos al margen de su profesión.
―Vamos a mi despacho.
Lo del despacho era un decir. Una tabla de aglomerado de madera de color marrón apoyada en dos caballetes conformaba la mesa.
Encima un montón de papeles, en su mayoría recibos de los chicos que habían pagado el mes del gimnasio, y una máquina de escribir vieja.
Le gustaba redactar a máquina las notas informativas que poblaban toda la nave.
Gilipolleces como «por favor no dejar la puerta abierta» y cosas así.
Detrás una estantería vieja y llena de polvo.
Presidiéndola el trofeo de campeón de España del peso pluma de mil novecientos setenta y fotografías con políticos de medio pelo de la época.
Lo del peso pluma quedaba ya muy lejos. Ahora era un respetable promotor de boxeo, dueño además de una pequeña ferretería en Torrero cuyo balance era excepcional, gracias en gran parte a la actividad sumergida que desempeñaba con su otra empresa clandestina, dedicada al cobro de deudas y a ajustes de cuentas.
Si alguien se tiraba un pedo en los bajos fondos Txiki se enteraba.
Antes de empezar a hablar Juan sacó un sobre y lo lanzó en la mesa.
Lo de siempre, dijo. Txiki lo contó. Eran cinco mil pesetas.
Juan tomó asiento. La grabadora ya estaba grabando dentro de su bolsillo.
Dio un par de caladas y soltó el humo por la boca y la nariz.
―Yousef Abdulrahman ―el cigarrillo osciló en sus labios a cada sílaba―, dime todo lo que sepas de él.
Silencio. Tkiki comenzó a juguetear con un paquete de tabaco Fortuna.
Cogió el vicio en sus últimos años boxeando, junto con el alcohol y las mujeres, aunque realmente este último vicio siempre lo había tenido.
E incluso cuando ya frisaba los cincuenta años, en los dos años y medio en que Juan había estado entrenando con él le había conocido dieciocho novias formales, casi una al mes.
Ahí es nada. Dicen que el vigor le venía de casta, que su padre ya era un portento.
No sé. Cosas que se contaban por el barrio.
―¿Tú ya no estás en la poli no?
Juan pensó durante unos instantes qué responder. En los bajos fondos las palabras se medían mucho, eran la extensión de tu propia persona, lo dicho se había dicho para siempre.
―No.
―Pues entonces son diez mil más.
―Eres un cabronazo.
―Lo sé, pero ya es hora de que saque algo de pasta por largar de Yousef.
―¿Ya te habían preguntado antes?
―Sí.
―¿Polis?
―Sí.
―Interesante.
Juan sacó otros cinco mil y se los entregó.
―¿Qué te preguntaron de él?
―Bueno verás, vinieron un par de inspectores de la Policía Nacional, pero no unos mindundis recién caídos del guindo, vinieron dos hijoputas que parecían más mafiosos que Al Capone.
Me preguntaron si el moro tenía familia, pareja, hombre, mujer o lo que fuera.
Necesitaban algo con lo que empezar a tirar del hilo para encontrarlo.
―¿Alguien que se preocupara por él?
―Alguien que se preocupara por él, sí.
―¿Y tenía a alguien?
―No. El chico era un poco cabeza loca. Con el rollo del boxeo y de estar cachas pues follaba lo suyo sabes; pero era el típico crío que está más perdido que la hostia. Contaba que vino en patera desde Marruecos.
―¿Sabes de qué lo acusaron?
―Claro joder, salió en toda la prensa de la ciudad y en los telediarios también. Una pena lo de esa chica.
―Y qué opinas.
―No lo sé.
―¿Tú de qué lo conocías?
―Entrenó aquí un tiempo, no era malo, se movía bien. Hizo un par de combates amateur conmigo en su esquina.
―¿Lo contrataste para tu empresa de cobros a morosos?
―No, no contrato a ese tipo de gente.
―¿Ese tipo de gente?
―Sí, el moro traficaba con drogas. A los combates venían a verlo camellos de medio pelo. No quiero ese tipo de personas cubriéndome la espalda en un cobro.
―Ya.
―No se puede poner la mano en el fuego por nadie, y menos por esos chavales, no tienen referencias, solo hambre y ganas de dinero; pero Yousef, no sé, estaba a tope con el boxeo, iba a hacer una velada el día que lo detuvieron, tuvimos que cambiarlo por un jornalero que cayó a la lona en el tercero.
En fin, por lo menos la gente no pidió que le devolviéramos la entrada.
―¿Recuerdas si la víspera del crimen habló contigo de algo, o te llamó la atención algo que hiciera?
Tkiki miró pensativo el techo de su despacho.
―No, solíamos hablar de mujeres y de boxeo, nada especial, siempre hablábamos de lo mismo.
―Interesante.
―¿Fuiste a verlo a la cárcel?
―No. Si tuviera que ir a ver a la cárcel a todos los chicos a los que entreno no tendría tiempo de nada. La vida es así amigo.
―Escucha Txiki, puede que venga en otro momento a hacerte más preguntas.
―¿En qué andas ahora, no te habrás metido a periodista?
―Casi, aquí te dejo mi teléfono, llámame si recuerdas algo más.
―Cuídate.
Juan salió de allí. Anduvo unos pasos hacia el coche.
Una prostituta le salió al paso. Las chicas se ganaban la vida como podían por las calles del polígono.
Sus clientes eran principalmente camioneros que venían de cualquier parte a descargar a las fábricas, y que después echaban un polvo en la cabina de sus camiones y seguían su rumbo, o hacían noche ahí aparcados.
Alguna que otra vez cuando Juan entrenaba, salía a correr alrededor de la nave y al pasar al lado de algún camión aparcado se oían los muelles de la cama crujir.
―¿Dónde vas guapo? ―le dijo la chica.
―Miénteme, me gusta que me mientan.
―Y a mí que me follen, después de cobrar claro.
―Lo siento nena esta noche no tengo tiempo para eso.
Las luces de la ciudad pasaban de largo como ensoñaciones, rojas, naranjas y amarillas, parecían alumbrar con su luz mortecina una ciudad moribunda, que apenas se sacudía la violencia de ETA y la crisis económica.
Eran hipnóticas, su contemplación atrapaba en una placidez decadente y trágica, trágica por la ausencia de un buen futuro, de una buena vida.
Pero era lo que había. Ciertos hombres no lloran, ni se lamentan, solo beben mientras digieren lo que su sensible corazón no puede aguantar en sobriedad.
Esos hombres al final se convierten en estoicos. Es la muerte de la esperanza.
El Ramón estaba cerrado. « Joder ». Le apetecía recenar un bocadillo de tortilla francesa y queso.
Subió a casa. Se bebió dos cervezas y un whisky.
El hambre pareció remitir. Se tumbó en la cama y se acordó de la prostituta.
Ahora desearía que estuviera allí con él en la cama, tenerla debajo, poseerla, y al día siguiente lamentar su suerte.
Afuera una luna llena de color gris roto asomaba por la ventana.
Una brisa algo fresca llegaba desde el Moncayo.
Una bendición para la tierra recalentada del valle y para el propio Juan, que ya estaba cerrando los ojos.
Pensó en el caso, en la pobre chica a la que habían arrebatado la vida, y también pensó en el moro y en su suicidio.
Había caso. Hacía mucho que no se metía en algo tan complicado.
De repente todo se borró, el sueño pareció venir a por él, y vio a su pequeña hija, y a ese borracho malnacido que la atropelló en un paso de peatones de camino al colegio, y como murió entre sus brazos, ahí tirados, en mitad de la calzada, rogándole a Dios o a lo que quiera que haya que no se la llevara, que se lo llevaran a él.
Todo en vano, hasta que al fin el sueño liberador lo desconectó de su desdichada conciencia.