Chapter 2 #2
―También me dijo que lo iban a liquidar, cuatro días después lo encontraron ahorcado en su celda.
Silencio. Un par de caladas y un trago de la taza de café.
―Interesante. ¿Por qué no se lo dijo a su familia?
―¿Familia? Era un chico marroquí que llegó en patera a Almería. Estaba más solo que la una. No le importaba a nadie.
―Así que piensa que alguien incriminó a ese chico, involucró a la Fiscalía, a los jueces y al glorioso Cuerpo Nacional de Policía.
―Y también a la Policía Local, fueron ellos los que encontraron el cuerpo de mi hija.
―Suponiendo que eso pueda hacerse, solo alguien con mucho poder podría hacerlo.
―Volvemos a la nota del marqués de Sade.
―¿Tiene idea de quién ha podido mandarle eso?
―No tengo ni la menor idea.
―Ajá.
Juan se levantó y fue a la fregadero a limpiar la taza. Después apagó el cigarrillo y se encendió otro.
―Necesito que me dé unos datos: el nombre de su hija de nuevo, el del supuesto asesino, la fecha en la que la asesinaron y un número de teléfono para hablar con usted cuando lo necesite.
La mujer le dio presta toda la información.
―Acepto el encargo; pero no se haga ilusiones. Lo más probable en estos casos es que la policía haya pillado al verdadero culpable. Haré unas averiguaciones y la llamaré. Eso es todo.
La mujer se despidió y se dirigió a la puerta.
―Una cosa más, no vuelva a aparecer por mi piso.
La mujer asintió y desapareció.
Pasó la mañana y después la tarde. Los efectos del alcohol se evaporaron y Juan comenzó a sentirse bien.
Se asomó a la ventana de su apartamento.
Un apartamento de cincuenta metros cuadrados en la agrupación Alférez Rojas que se había comprado hacía diez años por algo menos de trescientas mil pesetas.
Viviendas baratas en un barrio barato y alejado del centro.
Las Delicias era el barrio de la inmigración por excelencia.
A mitad del siglo pasado había emigrado a él gente de los pueblos de Aragón y Soria, y últimamente norteafricanos y algún que otro subsahariano.
Estaba fumando mucho; pero no le importaba. Cuando solo vives el presente no piensas en que el tabaco te puede causar un cáncer de pulmón. Solo fumas y listo.
Un sol rojizo se estaba hundiendo por el oeste.
Iluminaba las nubes haciendo que estas adquirieran tonos anaranjados que contrastaban con el tono negro de la noche que ya se estaba adueñando de la otra parte de la ciudad.
Bajó al bar de siempre. Una tasca de toda la vida regentada por un tipo de Fuentes de Ebro.
Era experto en fritangas y en whisky barato.
Sentía ese lugar como una extensión de su pequeño apartamento.
Pidió un bistec de ternera con patatas fritas y rodajas de tomate, y una ración de calamares para cenar.
Agarró un Heraldo de Aragón para ojearlo mientras daba tragos a un JB con hielo.
Miró el reloj, eran las diez. Ramón, el tabernero, le sacó la cena.
Tenía hambre, los días de resaca siempre tenía hambre.
Fuera pasó un coche de policía a toda velocidad con las luces y la sirena a todo trapo.
Ya era noche cerrada. Los polis estaban teniendo muchos problemas con las bandas de narcotraficantes.
La ciudad se estaba ahogando en cocaína.
Y eso después de pasar los ochenta ahogándose en heroína.
España era el coladero de la droga en Europa, y Zaragoza, como encrucijada de caminos del noreste español, era el punto por donde pasaba todo dios a hacer negocios.
Los políticos con mirar para otro lado ya tenían bastante, y eso en el mejor de los casos.
Muchos policías también lo hacían. Las líneas que separan lo correcto de lo incorrecto se difuminaban de tal manera en la ciudad que un mismo policía podía ser un héroe por la mañana tras salvar a una niña de un secuestro, y un villano por la noche al soplar a los de la terminal marítima la operación que los de la Agencia Tributaria estaban a punto de hacerles.
Así era la vida en esa encrucijada de caminos llena de polígonos industriales y arrabales oscuros.
Se despidió de Ramón. Tenía la costumbre desde que entró en la policía de ir siempre en camisa, a veces se ponía americana, esta noche no, el calor prometía ser agobiante.
Vio gente en una terraza. Bebían cerveza y reían.
Tipos en pantalón corto con tatuajes en los brazos.
Muchos de ellos vivían de los servicios sociales, redondeando su retribución con el menudeo de drogas.
Los más afortunados trabajarían en cadenas de producción de las fábricas que poblaban los polígonos industriales que rodeaban la ciudad.
El alcohol y el fútbol alienaban a esa gente y salvaban a los poderes fácticos de una revolución en la que a buen seguro les cortarían el cuello.
A Juan le gustaba aquel barrio. Le gustaba vivir entre gente auténtica y sin esperanza.
Tenía el coche, un viejo Mercedes descapotable, aparcado en batería justo al lado de su casa. Ahí todos los vecinos sabían de quién era cada coche. Volvió a mirar su reloj de pulsera, eran casi la once, iba a llegar un poco justo, pero iba a llegar.
―A ver de qué humor lo pillo ―dijo justo antes de arrancar el vehículo y perderse en dirección al polígono industrial de Cogullada.