Luces de ciudad Chapter 2
4%

Chapter 2

Una mujer llena de melancolía

Juan Sánchez había aprobado las oposiciones a inspector de la Policía Nacional a los treinta y cuatro años y todo hacía pensar que le esperaba una prometedora carrera por delante.

Su primer destino en Barcelona acabó convirtiéndose en cinco años dedicados a investigar asuntos de mafias del este de Europa y después, con treinta y nueve años, mujer e hija, pidió destino en la unidad de Homicidios de Zaragoza, una ciudad tranquila del noreste español donde todos se conocen y nada es lo que parece.

Lo que iba a ser un lugar apacible para él con posible jubilación a la vista se convirtió en un infierno que acabó a puñetazos con el inspector jefe.

El informe en el que se proponía su separación del servicio decía: «Continuas faltas de respeto a los superiores, falta de actitud para el puesto».

Tuvieron la suficiente clase para no mencionar los problemas con el alcohol, y tampoco que de vez en cuando visitaba a la mujer del inspector jefe de la comisaría de las Delicias.

Lo echaron del Cuerpo de Policía. Claro que todo eso fue después de lo que ocurrió con su hija.

Fuera de la policía solo sabía hacer una cosa, seguir siendo policía, así que fue a una agencia de detectives a ver qué hacía falta para ser detective.

Ahí se lo pusieron negro, es imposible, le decían, ya no dan más licencias, es un trabajo duro y difícil, en Zaragoza no hay clientes para todos.

Todo muy negro. Los muy rastreros no querían competencia.

Solo había que registrarse en un fichero de la policía y a funcionar.

A sus cuarenta y nueve años ya había adquirido cierta fama en la ciudad como sabueso, el sindicato de la policía le pasaba algunos casos difíciles que se habían cerrado en falso o por lo que fuera la policía no había sabido resolver, o no había querido, aunque el grueso de sus ingresos se lo daban los maridos celosos que encargaban seguimientos de sus respectivas mujeres.

De eso vivía. No tenía oficina, quedaba en bares y restaurantes discretos con sus clientes.

Un local era un gasto que no se quería permitir.

Los rayos de sol entrando por la persiana de lamas lo despertaron.

Era junio y el calor en el valle del Ebro empezaba a ser sofocante.

La encimera de la cocina estaba llena de latas de cerveza vacías.

Las retiró y las echó de mala gana a la basura.

Se preparó un café de cafetera italiana.

Los silbidos de la cafetera al hervir el agua le molestaron.

Más de cuatro cervezas y ya tenía resaca.

Se estaba haciendo mayor. Tomó el café sentado en la mesa de la cocina, sin azúcar y en silencio.

Pensando en el pobre cornudo que el día anterior, al recibir las fotos de su mujer liándose con un guaperas de pelazo y BMW deportivo, quiso tirarse por la ventana de su piso, y a poco lo consigue de no ser porque lo agarró al vuelo en el último momento.

Hay que ser gilipollas para querer suicidarse por una mujer.

Aunque yo vivo de esos gilipollas, pensó, y una sonrisa maquiavélica se le dibujó en la cara sin poder evitarlo.

Alguien llamó a la puerta. Miró el reloj sorprendido, no estaba con nadie, no esperaba a nadie y prácticamente no tenía amigos.

La última vez que alguien había llamado a su puerta era para entregar una carta certificada de Hacienda.

A los funcionarios no les cuadraban el Mercedes deportivo y el chalet en Peñiscola en un tío que prácticamente no declaraba ingresos.

Esos perros se meten en la vida de la gente sin permiso.

Se acercó sigilosamente a la puerta y observó por la mirilla.

Una mujer mayor estaba al otro lado. Su cara estaba surcada por profundas arrugas que la vida había ido cincelando a lo largo del tiempo.

Miraba al suelo en actitud paciente, esperando que abriera la puerta. Lo hizo.

La mujer le miró. Irradiaba una tristeza infinita.

―Disculpe que me presente directamente en su casa sin haber contactado con usted previamente, pero ya no me quedan puertas a las que llamar, la Guardia Civil, la Fiscalía, los jueces, la Policía Nacional, todos me han ignorado.

Incluso he escrito una carta al ministro de Justicia, y nada.

El sistema no funciona con los poderosos, porque precisamente son ellos los que lo controlan.

Eso era demasiado para alguien que se acababa de levantar y que estaba tomando el primer café del día.

―Disculpe señora, ¿nos conocemos?

―No.

―¿Qué quiere de mí?

―Justicia.

Juan no estaba cómodo. Su domicilio era un sitio que guardaba con celo dado lo peliagudo de su trabajo. A veces hacía seguimientos a traficantes de droga por encargo de sus antiguos compañeros, y a otro tipo de personas peligrosas, violadores, maltratadores, etc.

―¿Quién le ha dado mi dirección? ―dijo amenazante.

―Un policía de la comisaría de la Avenida de Valencia, me dijo que quizá usted podría ayudarme.

―Pues se equivoca, no puedo ayudarla.

―Usted es mi última opción.

―No me interesa el trabajo ni usted señora. Le ruego que me deje en paz y no vuelva por aquí.

Juan cerró la puerta, la mujer lanzó su bomba atómica.

―Soy la madre de Itziar Cestero Acón ―gritó desde el otro lado de la puerta.

El detective se quedó de piedra.

―No me jodas ―dijo apoyando la cabeza en la puerta y dando unos golpecitos en ella―, no me jodas…

Abrió la puerta de nuevo.

―Pase ―le dijo secamente.

Le indicó que tomara asiento en la cocina.

La mujer observó el desorden imperturbable.

Tenía las manos cuidadas, olía bien, su rostro más allá de las arrugas producidas por la pena tenía la luminosidad de las personas que tienen dinero, y hablaba con ese tono bajo y cadencioso con el que habla la gente que ha recibido una buena educación desde la cuna.

―Siento lo que le pasó a su hija.

Juan se encendió un cigarrillo y se sirvió otra taza de café.

―¿Quiere café?

La mujer rehusó cortésmente con la cabeza. Juan se sentó a la mesa frente a ella.

Itziar Cestero Acón, cuarenta y pocos años, hace dos años tuvo la mala suerte de encontrarse en su camino al trabajo con un delincuente de poca monta que volvía a su madriguera después de una noche de beber y drogarse hasta las trancas.

Era invierno y aún no había amanecido. La asaltó en la zona de la universidad que da al Hospital Clínico.

No pasaba ni un alma por la calle. Salió en toda la prensa y las televisiones de la ciudad.

Primero le robó, y después, al sentirse impune, la arrastró hasta el interior del campus y la violó salvajemente detrás de unos setos.

Antes de irse la golpeó hasta matarla. Lo pillaron cruzando la frontera por el túnel de Bielsa.

El elemento tenía conexiones con la mafia marsellesa por el tema del narcotráfico.

Pensaba irse a los arrabales de Marsella y desaparecer.

Pero tuvo la mala suerte de que ese día la Guardia Civil había montado controles en el paso fronterizo de Bielsa.

El malnacido no era muy listo, cuando vio a la Guardia Civil no se le ocurrió otra cosa que dar media vuelta y escapar en dirección a Aínsa.

Antes de recorrer cinco kilómetros ya lo habían detenido e incluso le pegaron un par de tiros en un brazo. Eso es lo que contaron los periódicos.

―El caso de su hija está cerrado. Cogieron al culpable y lo condenaron a veinticinco años de cárcel. Se hizo justicia.

La mujer entrecruzó las manos sobre la mesa.

―Está oficialmente cerrado, pero no resuelto.

―En la práctica viene a ser lo mismo.

―¿Es usted un hombre que se mueve por dinero señor detective?

Juan guardó silencio.

―Le vuelvo a repetir, ¿qué quiere de mí señora?

―Quiero que me de los nombres y apellidos de los que mataron a mi hija; pero no solo de ellos, sino de los que ordenaron su muerte.

Silencio.

Juan le dio una calada al cigarrillo. El humo empezaba a llenar la minúscula cocina.

―Cuénteme lo que sabe.

―Lo mismo que todo el mundo. Ese hombre se topó con mi hija a las siete de la mañana del nueve de diciembre de mil novecientos noventa y dos.

Le robó, la violó y la asesinó. Ese mismo día detuvieron al asesino en los Pirineos.

Eso me contó la policía, y esos son los hechos que constan como probados en la sentencia del juez.

Pero creo que hay algo más que me han ocultado.

Juan enarcó las cejas en un gesto de incredulidad.

La mujer buscó algo en su bolso, rebuscó unos segundos y sacó un papel.

―Hará cosa de un mes, justo cuando terminó el juicio, alguien dejó esto en mi buzón ―depositó sobre la mesa un papel manuscrito.

Juan se colocó el cigarrillo en la comisura de los labios para poder usar sus dos manos. Leyó la carta:

«La ley solo existe para los pobres. Los ricos y los poderosos la ​ desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero».

​ ​ Marqués de Sade.

―Interesante. ―Dijo Juan mirando su reloj de pulsera y bostezando. Estaba empezando a no importarle el ser considerado con aquella mujer―. Si quiere literatura barata tengo unas cuantas novelas de McCarthy y Ellroy en la librería del salón.

La mujer lo miró imperturbable, sabedora de que era su última baza. Tendió un sobre en la mesa que Juan miró de reojo.

―Ahí van quinientas mil pesetas para los gastos derivados de su trabajo cualesquiera que sean. Cuando me dé la lista de los asesinos de mi hija y de los autores intelectuales le daré cinco millones más.

De repente había captado toda su atención. «¿Había dicho cinco millones?».

―Escuche, desde luego usted no aparenta el detective que dicen que es; pero no me queda otra opción. Sé que ese pobre desgraciado no mató a mi hija. Después de condenarlo pidió hablar conmigo, me dijo que él no había sido, que era un cabeza de turco.

―Todos dicen lo mismo, no se crea ni una palabra de los de su calaña.