Luces de ciudad
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Chapter 1
Prólogo
Juan fumaba contemplando la ciudad desde los montes de Torrero, le gustaba ese lugar solitario y alejado de la urbe porque en los días claros se veía Zaragoza con la Sierra de Guara y los impresionantes Pirineos detrás.
Estaba nublado, hacía frío, era un día de duro invierno.
Dio una calada larga y ansiosa al cigarrillo.
Sus recuerdos venían a cada instante a su mente para atormentarle.
Estaba completamente atenazado, inundado por el dolor, la ira y la venganza en un lugar profundo y sin salida.
Lo sucedido hacía siete años se había llevado todo como un tornado devastador, su vida, su amor, sus ganas de vivir.
Echó mano al revolver, lo llevaba en la cartuchera a la altura del corazón.
Desenfundó. Barajó la posibilidad de pegarse un tiro en el cielo de la boca.
¿Qué habría después? Daba igual, cualquier cosa sería mejor que lo de ahora.
Dentro de todo, en el centro del dolor y la desesperanza había una pequeña luz, apenas imperceptible, su destello era bello pero débil.
Juan se agarró a esa luz, sin saber por qué, solo dejándose llevar por su intuición.
Enfundó el revólver en la cartuchera. Dio otra calada al cigarrillo, esta vez más larga, más ansiosa.
Viviría otro día más. Su mirada se perdió en la ciudad, decadente, industrial, un reducto del desarrollismo del noreste español.
Las fábricas papeleras echaban humo gris al frío cielo invernal.
Todo era lento y la ciudad parecía estar inmersa en una cadencia hipnótica que atraía a cualquiera que la observase a su corrupta órbita.
Estaba empezando a anochecer, por barrios, se veía como el alumbrado iba encendiéndose, iluminando con su luz amarillenta de vapor de sodio las calles, callejuelas y polígonos de la metrópoli.
Era sábado: bares, discotecas, luces y gente siguiendo todo aquello en busca de emociones.
Del coche llegaba una melodía de jazz negro, «My Old Flame» interpretada al saxofón por Charlie Parker .
Tiró el cigarrillo colina abajo mientras exhalaba la última bocanada de humo.
Se metió en el coche, un Mercedes descapotable, un capricho que podía permitirse.
Arrancó y se dirigió a la ciudad. No tenía ni quería planes para el sábado noche, se iría a casa y se pondría una copa de whisky con hielo mientras veía alguna película de los años treinta en la televisión, la soledad y el alcohol eran las dos únicas cosas que aliviaban su carga.
Viviría un poco más, no sabía muy bien por qué, quizá fuera esa luz, esa pequeña luz azul a la que se agarraba, dentro, muy dentro de sus entrañas, rodeada de oscuridad, de rencor y de dolor, casi imperceptible.
Era lo único que le quedaba.