Chapter 8
El atestado policial
Tras tres o cuatro horas de sueño Juan se despertó.
Eran las siete y treinta y cinco minutos de la mañana y ya hacía un calor infernal.
Se levantó de la cama empapado en sudor y se metió en la ducha.
Un poco de champú y de gel, después desodorante, un pantalón beis y una camisa ligera de algodón azul, y colonia de la cara, un capricho que podía permitirse.
De camino a la comisaría de distrito de Delicias paró en un bar, pidió un café solo y ojeó distraídamente la sección de sucesos del periódico, no había ni rastro de los tres pobres desgraciados de la noche anterior.
Seguramente se habrían recuperado de los golpes y se habrían marchado a alguno de los antros que solían frecuentar a buscar la protección del resto de sus camaradas.
La comisaría estaba muy cerca del bar. Entró al patio interior y habló con el policía de la garita de entrada.
Esta vez no hubo problemas. El policía estaba enterado de que iba a venir y lo guio hasta el archivo, abrió con llave y encendió la luz.
Olía a polvo y a papel, las luces fluorescentes llenaban la estancia con luz blanquecina.
—Garanto me pidió que te preparara la documentación, tienes el expediente sobre la mesa, cualquier cosa que necesites Juan, estoy en la garita.
El detective asintió, el policía se fue de allí dejándolo solo.
Sobre una mesa un poco mayor que un pupitre de colegial descansaba el atestado policial de Itziar.
Justo encima uno de los tubos fluorescentes tintineaba encendiéndose y apagándose.
Juan tomó asiento y abrió el expediente.
Tanto dolor recogido en unos pocos folios guardados a su vez junto con cientos de expedientes llenos de más sufrimiento.