Luces, cámara, amor 23. Bea #2
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23. Bea #2

—Déjame entrar en tu vida, aunque sea por un día. La esperanza sigue viva. En mi corazón siempre habitas…

Me cubrí la boca con una mano. Cada palabra era un golpe dulce y cruel al mismo tiempo. Un recordatorio de todo lo que habíamos perdido, y de lo que aún podía ser nuestro.

—Déjame ser la salida, déjame ser al que invitas a escaparte todo el día, a hacerte diferente, sentir lo que no sientes. Abril…

Sutil es la ternura que posees, y la magia que adentraba en mi piel. Eras tú, yo y aquel abril.

La última nota vibró en el aire, flotando entre los dos. Kai dejó caer la mano sobre las cuerdas y me miró como si acabara de poner mi corazón entero en sus manos, cuando era él quien me había entregado el suyo.

—Eso es todo lo que no pude escribirte, Bea —dijo al fin, la voz baja, ronca, como si todavía le temblara en la garganta el eco de la canción—. Por eso no respondí tu mensaje. No podía. No de esa forma.

Mi respiración era un desastre, temblorosa, entrecortada.

Sentía la cara húmeda, las lágrimas corriéndome sin control.

Él dejó la guitarra a un lado y empezó a caminar hacia mí.

Paso a paso, lento, seguro, como si temiera que yo saliera corriendo en cualquier momento. Pero no podía moverme. No quería.

—Desde que me escribiste, lo único que pensé fue en llamarte.

Nunca me di cuenta de cuánto te sentías como hogar para mí hasta que me descubrí pensando en cuánto desearía que estuvieras conmigo ahora mismo, pensando en cuánto deseo vivir cada aventura de la vida contigo a mi lado.

—Su voz se quebró en una risa suave, incrédula—.

Pero tenía que hacerlo así, Bea. Tenía que mirarte a los ojos.

Cuando estuvo frente a mí, levantó la mano y me sostuvo la cara con las dos palmas, tibias y firmes. Me limpió las lágrimas con los pulgares, sin apartar sus ojos de los míos. Era demasiado. Demasiado cerca, demasiado intenso, demasiado todo.

Su pulgar rozó mi muñeca y lo noté detenerse un segundo. Bajó la mirada y vio la pulsera. La misma que él me había dado. Una sonrisa pequeña se le escapó.

—Te lo prometí, ¿recuerdas? —susurró—. Te prometí que iba a encontrar la manera, y no pienso rendirme.

Abrí la boca buscando palabras, pero no había nada que decir.

El pecho me ardía, la garganta se me cerraba.

Hablar era inútil, así que lo besé con toda la urgencia que había acumulado en semanas, con toda la rabia, la ternura, el amor que había guardado como un secreto maldito.

Lo besé como si pudiera recuperar cada minuto perdido.

Kai respondió con la misma intensidad, sus manos hundiéndose en mi pelo, acercándome más, demasiado cerca, como si quisiera asegurarse de que jamás volvería a soltarme.

No había velas, ni rosas, ni París. Solo nosotros. Otra vez.

Cuando por fin nos separamos, jadeantes y con la frente pegada, escuché el leve “tic” del reloj en la repisa. Miré de reojo, las agujas acababan de unirse en el número doce. Medianoche. Mi cumpleaños.

Kai sonrió contra mis labios, todavía sin soltarme.

—Feliz cumpleaños, Bee.

Volví a besarlo. Más lento esta vez, más suave, como si necesitara grabar en mi piel la certeza de que estaba ahí, conmigo. Cuando me separé, apoyé la frente en la suya y las palabras se me escaparon en un murmullo roto:

—Lo siento tanto, Kai… —cerré los ojos, tragando lágrimas frescas—. Pensé que dejarte ir era lo correcto, que si me alejaba te estaba cuidando. Tenía miedo.

Sentí cómo su respiración me rozaba, calmada, paciente, hasta que habló:

—Lo sé Bea, y te entiendo. —Me acarició la mejilla con el pulgar, borrando la culpa como si fuera así de fácil—. Pero qué bueno que lo entendiste ahora, porque un día más sin ti y yo me volvía loco.

Me reí entre lágrimas, incapaz de contenerlo.

—¿Ah si?

Él arqueó una ceja, serio solo en apariencia.

—Si.. Locura nivel terminar componiendo un álbum entero y llamarlo Beatriz, Vol. 1

Solté una carcajada ahogada, empujándolo suavemente en el pecho.

—No te atreverías.

—Oh, créeme… —su sonrisa torcida me derritió.

Lo besé otra vez, más fuerte, más segura. Ya no había dudas, ni silencios, ni miedos que sabotearan lo nuestro. Me separé apenas para mirarlo a los ojos, mi voz quebrada pero firme.

—No quiero volver a perderte.

Él apoyó su frente en la mía, sus manos sujetando mi cara como si fuera lo más valioso del mundo.

—No vas a hacerlo. Esta vez no. —Su sonrisa se curvó lenta, peligrosa y dulcemente—. Estás atrapada conmigo, Bea.

Reí con el corazón disparado, y lo besé de nuevo. Ahí, en medio de un salón lleno de velas, en París, con mi cumpleaños empezando y su canción latiendo todavía en el aire, entendí que no necesitaba nada más.

Había pasado tanto tiempo huyendo del dolor que casi olvidé que el amor también podía sanar.

Con Kai ya no tenía miedo. Todo lo que dolió, todo lo que perdí, me había traído aquí.

A este beso. A este ahora. A este amor que no se parece a nada que conocí antes.

No sabía qué sería del mañana, ni qué pruebas nos esperarían del mundo.

Pero en ese instante, con él sosteniéndome como si nunca me fuera a soltar, entendí que había encontrado lo que siempre había estado esperando.