23. Bea
El avión descendió con un temblor que me hizo aferrarme al reposabrazos, aunque llevaba horas deseando sentir justo eso: ruedas contra asfalto, un nuevo país bajo mis pies.
París. No era la primera vez que venía, y si era honesta, nunca estuvo en mi lista de ciudades favoritas.
Demasiado ruido, demasiado cliché, demasiado francés.
Pero desde que Clara se mudó aquí, la ciudad había cambiado de color.
Ahora tenía esquinas que olían a hogar, cafés que sabía que podía volver a visitar, y calles que eran de alguna manera, también mías.
El vuelo había sido más amable de lo esperado.
Me había tocado una fila completa para mí sola, un lujo casi imposible.
Me estiré como una reina, leí unas páginas del libro que llevaba arrastrando desde Madrid, y hasta alcancé a dormir un rato con las piernas estiradas.
Me desperté con esa mezcla absurda de ansiedad y euforia, repasando mentalmente cómo sería volver a ver a Clara.
Y claro, también repasé lo otro. Mi conversación sin respuesta.
Ese último mensaje que le envié a Kai, todavía sin respuesta.
Lo había leído cincuenta veces después de haberlo enviado, ampliando y reduciendo la pantalla como si el texto fuera a cambiar mágicamente.
No quería que esa espina me arruinara el viaje, pero las dudas insistían en colarse: ¿lo habrá leído?
¿Se habrá acordado de que anunció su próximo sencillo justo el día de mi cumpleaños?
¿Era una coincidencia o una forma de decirme algo sin decirlo?
Me mordí el labio, sacudí la cabeza. No.
Este viaje era para disfrutar. Para reencontrarme con mi hermana.
No iba a dejar que las sombras de lo que no sabía arruinaran lo que sí tenía delante.
Cuando por fin quité el modo avión al aterrizar, el torbellino de notificaciones me distrajo un segundo. Correos, mensajes, promociones absurdas. Abrí WhatsApp para escribirle a Clara que había llegado pero ya ella me había escrito primero:
CLARA:
Bea, me matas, pero se me complicó todo en la oficina. No quiero tener pendientes para tu cumple mañana, así que tuve que quedarme un par de horas más. No te preocupes: la llave está en el macetero de la entrada. ¡Nos vemos pronto!
Clara había sido la más insistente con este viaje.
La que me juró que iba a recibirme en el aeropuerto con un letrero ridículo, probablemente fluorescente, con mi nombre escrito en letras gigantes.
Por un lado, sentí alivio, no tenía que atravesar la terminal con un “HAPPY BIRTHDAY BEA” iluminando mi vergüenza en varios idiomas, pero al mismo tiempo, se me encogió el estómago.
BEA:
Acabo de aterrizar, tranquila. Avanza lo que puedas y nos vemos en tu casa .
Guardé el móvil en el bolsillo de la chaqueta y seguí el flujo de gente hacia migración.
Charles de Gaulle me recibió con sus techos altísimos de cristal y esas pasarelas interminables que parecían no llevar a ninguna parte.
El eco de los anuncios en francés, recordándome que sí, estaba en París, y que sí, aún no sabía cómo podía aprender algo de Tailandés más rápido que francés, idiosincrasias de la vida supongo.
Al salir de la terminal, el aire me golpeó distinto.
Más fresco que Madrid, con ese olor a ciudad que despertaba temprano y nunca descansaba.
Frente a mí, los carteles del metro brillaban azules, tentadores y prácticos.
A la derecha, una fila de taxis, más rápida, más cómoda y también más cara.
Dudé un segundo, mordiendo el labio. ¿Metro o taxi?
Me reí sola. Por una vez, Bea, no seas tan sensata.
Estaba a punto de cumplir años, había sobrevivido a meses de trabajo, silencios, dudas, y un vuelo que me revolvió el alma.
¿De verdad iba a empezar París regateando con mi propio placer?
No. Esa vez, me permití el capricho. Caminé directamente hacia la fila de taxis con una sonrisa.
París podía esperar una hora más bajo tierra.
Yo merecía verlo desde la ventana, aunque fuera solo el tráfico, aunque el taxímetro subiera sin piedad.
Ese era mi regalo adelantado: llegar a la ciudad como si también me perteneciera.
Mientras el coche arrancaba, me acomodé en el asiento trasero y apoyé la frente contra el cristal. París se desplegaba afuera con sus carreteras anchas, carteles luminosos y ese cielo encapotado que parecía pintado de acuarela.
Cuando el taxi se adentró en Saint-Germain no pude evitar pegar la frente contra la ventanilla en busca del paisaje parisino.
Cafés con toldos rojos, librerías que parecían salidas de otra época, balcones de hierro forjado, todo tenía ese aire atemporal que hacía que París se viera joven y viejo al mismo tiempo.
El taxi frenó frente a un edificio de piedra clara, con una puerta alta de madera gastada y un par de macetas con geranios resecos en la entrada. Bajé con la maleta en una mano y el móvil en la otra.
El mensaje volvió a mi cabeza: “La llave está en el macetero de la entrada.” Suspiré y me incliné. Entre la tierra húmeda y el borde de cerámica, mis dedos encontraron el frío metálico. Me reí sola. Tan poco parisino esconder una llave así, y tan Clara al mismo tiempo.
Empujé la puerta y el eco del pasillo me envolvió; azulejos antiguos en el suelo, buzones de latón a un lado, y ese olor a mezcla de cera y polvo que siempre tenían los edificios viejos.
Subí las escaleras repasando mentalmente la dirección que Clara me había mandado.
Había estado en su piso una sola vez, y sinceramente no lo recordaba demasiado bien.
Así que cuando encontré la puerta entreabierta, con la luz encendida, se me aceleró el corazón.
Genial, Bea. Viajas a París y lo primero que haces es meterte en un robo en proceso. Perfecto plan de cumpleaños.
—¿Clara? —pregunté en voz alta, con una mezcla de cautela y esperanza.
Nada. Silencio.
Empujé la puerta despacio. El chirrido de las bisagras se me clavó en los nervios. Asomé la cabeza, esperando encontrar a mi hermana en el sofá con un vaso de vino, lista para gritarme “¡Sorpresa!”. Pero no.
Lo que me encontré fue un sendero de velas encendidas que dibujaban un camino desde la entrada hasta el salón.
Entre ellas, pétalos de rosas rojas salpicaban el suelo como un rastro imposible de ignorar.
O me había equivocado de apartamento y estaba a punto de arruinar la sorpresa romántica de unos desconocidos, o este ladrón era muy cursi dejando rastros.
Avancé despacio, siguiendo aquel sendero ridículamente cursi hasta el salón, y ahí fue donde se me detuvo el mundo.
Kai.
De pie, mirándome con esa sonrisa suya que me desarmaba, como si todo esto fuera lo más normal del planeta.
—Hola Bea.
Me quedé congelada, literalmente, no podía ni parpadear. Mi cerebro trataba de procesar lo imposible: Kai, en París, en el piso de Clara, rodeado de velas y pétalos como si hubiera salido de una comedia romántica cara. Yo me quedé helada.
—¿Qué…? —balbuceé, incapaz de hilar nada coherente.
Él dio un paso hacia adelante, despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco me hiciera desaparecer.
—Lo sé, Bea —dijo con la voz ronca, cargada de todo lo que no habíamos dicho en semanas—. Perdón por no responder. No podía hacerlo por mensaje…
Tragué saliva, incapaz de hablar.
—Desde que me escribiste, lo único que quise fue llamarte, decirte que te extraño, que sigo aquí esperándote.
Que no ha pasado un solo día en que no pensara en ti.
—Me miró directo a los ojos, y sentí que las piernas me flaqueaban—.
Pero no podía dejarlo en unas palabras escritas. Tenía que mostrártelo.
Me llevé una mano al pecho. Kai respiró hondo, una sonrisa tímida en los labios.
—Busqué a tu hermana en Instagram. —Se rió apenas, nervioso—. La contacté y la convencí de que me ayudara a planear esto. No fue fácil, créeme. Aunque, cuando le dije lo que quería hacer, logré convencerla.
Yo seguía mirándolo como si hubiera bajado de otra galaxia.
—De todos los lugares del mundo donde podía haberte ido a buscar, París era el mejor. ¿Sabes por qué?
Negué con la cabeza, sintiendo las lágrimas subir a la superficie.
—Porque en francés no se dice Te extraño. Se dice “Tu me manques”. Que literalmente significa “me faltas tú”. Y no creo que exista mejor forma de decir lo que siento: Tu me manques, Bee. No ha pasado un solo día que no haya extrañado tenerte cerca, olerte… besarte… quererte.
Yo ya estaba llorando. Kai se acercó un poco más, su sonrisa ahora frágil, vulnerable.
—A la medianoche es tu cumpleaños. Y también, a medianoche, se estrena un nuevo sencillo, uno que, otra vez, te pertenece. Igual que mi corazón.
Se agachó, tomó la guitarra que estaba apoyada contra el sofá y se sentó frente a mí. Sus ojos nunca se apartaron de los míos mientras sus dedos rozaban las cuerdas.
—Quiero que seas la primera en escucharlo.
Entonces empezó a tocar. Cuando pulsó la primera cuerda, el sonido llenó el salón. Me quedé quieta, con las lágrimas ya empañando la vista.
—Hasta aquel día, me cubro en silencio, plasmando tu rostro en mis sueños…
Sentí que el aire me abandonaba. Su voz era suave, rota, como si cada palabra hubiera nacido para ser confesada ahora, frente a mí.
—El dulce y tierno aroma que arropaba tu pelo me daba esa sensación de sobrevivir…No me puedo resistir. Eras tú, yo y aquel abril.
Tragué saliva con dificultad. Él levantó la mirada del instrumento la clavó en mí.
—Hasta aquel día, sentí tu presencia marcada en mis instintos, la esencia que abrumaba la esperanza que agotaba mis penas.
Las lágrimas se me escaparon, imposibles de contener. No había defensas posibles contra esto. Contra él.
—Sentir el roce denso de tu piel, y el alba que caía en mis pies. Eras tú, yo y aquel abril.
Entre lágrimas también reía, incrédula. Feliz. Él lo escuchó, lo sé, porque sonrió.