Chapter 77
Bea
El mensaje seguía brillando en mi pantalla como una bengala imposible de ignorar. Llevaba rato leyéndolo en bucle, con esa mezcla absurda de vértigo y alivio. No había contestado, y aun así solo con haberlo enviado, sentía que había saltado un abismo.
El teléfono vibró de nuevo entre mis manos. El corazón se me fue a la garganta. Abrí la llamada sin mirar.
—¿Hola?
—¿Bea? ¿Tienes un momento?
—¿Clara?
—The one and only. ¿Esperabas a alguien más?
Me mordí el labio. Un “Sí” me ardía en la lengua, pero lo guardé para mí.
—Me agarraste en un momento… raro. Acabo de escribirle a Kai.
Un silencio excitado, seguido de la risa de mi hermana.
—¿En serio? ¡Por fin! ¿Y…? ¿Te respondió?
Miré la pantalla de reojo, todavía con el chat abierto.
—No… aún no. Pero me siento bien de haberlo hecho. Quizá no lo arruiné todo.
Cerré los ojos al decirlo. Era admitir en voz alta lo que me quemaba por dentro.
—Sabía que tarde o temprano pasaría —dijo Clara con esa seguridad que siempre me faltaba.
Yo traté de recomponerme, de no sonar como una adolescente atrapada en su primer crush.
—Bueno, ya me contarás qué te hizo llamar con tanta urgencia.
Clara bajó el tono, como quien suelta una bomba con calma.
—Nada muy importante, solo decirte que acabo de comprar tu billete. En unos días: París, tú y yo contra el mundo. Lo prometiste, y no pienso dejar que te me escapes.
Me quedé helada, y sonriendo sin darme cuenta.
—¿Ya lo compraste? ¿Así, sin avisar?
—Tal cual. Tú solo preocúpate por llegar. El resto, lo tengo cubierto.
Miré otra vez el móvil. El mensaje seguía ahí, intacto, sin respuesta, pero ahora París brillaba como un faro al lado de su nombre. El engranaje invisible del universo girando a mi favor.
—Clara… gracias, siento que de repente al universo le dieron ganas de sorprenderme.
—Entonces déjate sorprender —respondió con esa ligereza que siempre envidié en ella—. Yo me ocupo de todo. Tú solo trae tu maleta y tus ganas de celebrar.
Reí bajito.
—Prometido.
Colgamos, y el silencio me abrazó como una ola. El chat seguía abierto, insistente y obstinado. Las palabras que había escrito aún estaban ahí, sin respuesta. Sin embargo, por primera vez en semanas, no me sentía atrapada en la espera. Había hecho mi parte. Había tendido la mano.
Miré el nombre en la pantalla, luego la cerré despacio, apretándola contra mi pecho. Tal vez mañana, o dentro de una hora, él contestaría, o no. De momento París y Clara me esperaban.
Colgué y me quedé mirando el techo de mi habitación, con el móvil todavía en la mano. El silencio me envolvía como una manta tibia. Tenía la sensación de que lo que venía podía ser mejor que lo que dejaba atrás.