Luces, cámara, amor 22. Bea
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22. Bea

El murmullo en la cafetería era un fondo agradable: tazas chocando, páginas pasando, una playlist suave. Me acomodé en la mesa junto al ventanal de la librería y apoyé el móvil contra la taza. Audífonos puestos. El video de The Tonight Show empezó a correr.

Kai en ese sillón, sonriendo nervioso, el público gritando. Lo miraba y era como si estuviera a metros de mí. Su voz llegaba clara, sus gestos, sus palabras. Cada frase que Jimmy le arrancaba era como si me cosiera algo en el pecho.

Cuando lo escuché decir que Carla era su productora, no su novia, sentí el aire volver a mis pulmones.

Luego, cuando admitió que había alguien, que esperaba que esa persona supiera que la canción era para ella, no necesitaba más pruebas.

La había escrito para mí. Aún después de todo. Aún después del silencio.

Sonreí sola, con lágrimas que amenazaban por salir. Le di un sorbo a mi café ya frío. No podía negar lo evidente: yo tampoco lo había olvidado.

Una sombra interrumpió la escena. El camarero se inclinó.

—¿La cuenta?

Asentí, quitándome un auricular.

—Sí, por favor.

Guardé el móvil y salí a la calle con la sensación de que todo era distinto.

Entonces el destino, con su humor retorcido, me lo puso delante: Hugo, y a su lado mi antigua mejor amiga; Andrea.

Se quedaron quietos, como si hubieran visto un fantasma.

Él carraspeó, incómodo. Ella bajó la mirada, rígida.

Yo en cambio sonreí con una sonrisa amplia y sincera.

—Hola —los saludé, como si nada.

—Bea, yo… —Hugo empezó, nervioso.

—Tranquilo —lo interrumpí—. Está todo bien. No hay rencores. Sinceramente, les deseo lo mejor.

Hugo tragó saliva, incómodo. Yo sonreí nuevamente y seguí caminando, pero entonces Andrea dijo entre labios:

—¿Lo mejor? Sí, claro. Eso no se lo cree ni ella. —Rodó los ojos con una sonrisa torcida—. Se nota que sigue dolida, pobre.

Así que me giré hacia ella. Sentí la punzada, claro. No por sus palabras, sino porque alguna vez había sido mi amiga. Me tomó un segundo responder, y lo hice con calma, mirándola fijo:

—Que me haya dolido no significa que no lo haya superado, Andrea. Era lo que tenía que pasar para dejar entrar lo que realmente merezco. —Le sostuve la mirada un instante más—. Pero si quieres hablar de alguien que no ha pasado página, pregúntale a Hugo por qué todavía me escribe.

El color se le fue de la cara a Hugo. Andrea abrió la boca para replicar, pero no encontró nada. Yo sonreí aún más, los dejé con su propio silencio y me di la vuelta.

El aire del otoño aproximándose en Madrid me llenó los pulmones.

Caminando por la calle, me descubrí ligera.

Me sorprendí a mí misma riendo. No de burla, ni de nervios, más bien de alivio.

Los había tenido enfrente, juntos, y no había sentido nada.

Ni rabia, ni tristeza, ni nostalgia. Nada.

Lo único que vibraba en mi cuerpo era felicidad.

Una claridad limpia que me empujaba a hacer lo que llevaba semanas temiendo: sacar el móvil, buscar su nombre, y por fin, atreverme a escribirle a Kai.

Así aproveché esta inyección de adrenalina y sin titubeos esta vez, abrí el chat, busqué su nombre y escribí:

Tengo tiempo pensando en escribirte y no me había animado a hacerlo…

Me quedé mirando las palabras, con el pulso en la garganta. Luego apreté borrar. No. No iba a sonar temerosa. Ya no.

BEA:

Hola Kai… escuché tu canción. Es preciosa, y me alegra tanto que te hayas animado a compartirla. Estoy feliz por ti, de verdad. Me gustaría que hablemos, si tú quieres.

Leí el mensaje una sola vez, sonreí y lo envié. El mensaje salió. Corto. Simple. Honesto. Y aunque no sabía qué pasaría después, sentí que al fin había abierto una puerta.