19. Bea
El sol se colaba entre las cortinas con una claridad insoportable.
Me levanté despacio, con esa pesadez que no tiene que ver con dormir poco, sino con haber tomado una decisión que todavía me dolía en los huesos.
Abrí la ventana y dejé que el calor húmedo de Koh Samui me diera en la cara.
Allá afuera, el día empezaba como si nada.
En cambio, yo solo podía pensar que Kai ya debía estar camino al aeropuerto, o tal vez sentado en un avión rumbo a su otra vida.
Me quedé un rato mirando la calle, preguntándome si de verdad había hecho lo correcto.
Convenciéndome de que el silencio era la mejor forma de protegernos, aunque en el fondo me sonara más a huida que a valentía.
Me convencí de que con el tiempo todo sería más fácil, o eso quería creer.
Me duché rápido, me puse unos pantalones de lino y una camiseta ligera.
Quería salir, ocupar la cabeza con trabajo, con cualquier cosa que no fueran recuerdos.
Tomé mi bolso, las llaves, y cuando fui a abrir la puerta, me fijé en un papel doblado en la esquina, como si hubiera estado esperándome toda la noche.
Me quedé helada. Lo abrí con las manos temblando.
Amar a alguien tanto que, aunque no estés con esa persona, el simple hecho de saber que existe ya te hace feliz.
Gracias por existir, Bea.
No podía irme sin despedirme.
Por siempre, tu admirador no tan secreto, Kai
Me apoyé contra la pared, sintiendo cómo el aire se me quedaba corto.
Él muy idiota y al mismo tiempo, tan perfecto.
Sonreí con los ojos ardiendo, porque aunque dolía, era tan de él.
Tan honesto, tan directo, tan… Kai. Parte de mí quería romper el papel en mil pedazos; otra, quería tatuármelo en la piel.
Al final, lo doblé con cuidado y lo guardé dentro del cuaderno que siempre cargaba.
No estaba lista para soltarlo. Quizás nunca lo estaría.
El resto de la semana fue un torbellino. Cierres de sets, inventarios, correos con producción, despedidas a medias con el equipo técnico local. Luis ya se había ido, Dani llenaba los silencios con sus historias absurdas, y entre risas y agotamiento, el peso se hacía un poquito más ligero.
En las noches era más difícil todo, no tenía distracciones, solo pensaba en Kai, no podía evitarlo.
Entraba a Instagram buscando noticias suyas, saber de él, saber si estaba bien.
Si me extrañaba o si ya me había olvidado.
Lo sé, era una tonta, ni yo misma me entendía.
Entre post y post, terminé viendo un anuncio de un santuario de elefantes : Visitas guiadas.
Conexión con la naturaleza, decía el anuncio.
Me quedé mirando más tiempo del que debía.
Esa actividad había estado en mi lista desde que era niña.
Siempre soñé con verlos de cerca, no en un circo ni en un zoológico, sino libres, cuidados y felices.
De pronto ya estábamos a Jueves, a 2 días de terminar mi viaje, de volver a casa, de cerrar este proyecto por completo.
Así que tomé la decisión. Mañana antes de volver a casa, me escaparía.
Nada de cierres, nada de excusas. Solo yo y los elefantes.
Necesitaba eso: un momento para mí. Un recordatorio de que todavía había cosas que podían emocionarme más allá del trabajo, y más allá de Kai.
Los días de cierre pasaron entre cajas, inventarios y firmas de documentos.
Era el trabajo menos glamuroso y más necesario de cualquier producción: devolver cada pieza a su lugar, asegurarse de que todo lo que construimos pudiera desmontarse sin dejar cicatrices.
Daniela, siempre generosa, me dijo que no me preocupara, que ella cubriría lo que faltaba.
Ella se quedaba un par de días más. La verdad era que quedaba muy poco por hacer y el equipo local estaba manejándolo con una eficacia admirable, así que aquí estaba, en el Samui Elephant Sanctuary.
Por primera vez en meses, me permití un día solo para mí.
El camino hasta el santuario fue largo y polvoriento, atravesando carreteras estrechas bordeadas de vegetación.
Cuando llegué me recibió el sonido profundo y grave de los elefantes; majestuosos y enormes, pero con una calma que parecía sagrada.
Me acerqué a ellos despacio, siguiendo las instrucciones del guía.
Pude acariciar la piel rugosa de una hembra joven, sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la forma en que sus ojos me miraban como si supiera más de mí de lo que yo misma quería reconocer.
No lloré, pero estuve cerca. Fue distinto: fue como un alivio.
Como si ese contacto, ese instante, me reconciliara con algo roto adentro.
Tomé fotos, pero sobre todo me tomé mi tiempo en silencio.
Dejé que el mundo se redujera a ese lugar: el río donde se bañaban, el sonido de las ramas rompiéndose bajo sus patas, el eco de sus trompas.
Ese día entendí que parte de sanar era también darme permiso de vivir cosas nuevas, de no definirlo todo en función de lo que había perdido.
Aunque Kai seguía clavado en mi mente, aunque todavía dolía, por un rato pude respirar sin que me pesara tanto.
Hoy cumplí uno de los sueños de Bea cuando era niña, y pude sentir su gratitud llenándome el corazón.
La última mañana llegó antes de lo imaginado.
Cuando bajé al lobby con mi equipaje, encontré al equipo local esperándome en la entrada.
Eran ellos quienes habían hecho posible todo lo que habíamos creado: los carpinteros, los pintores, los asistentes que siempre tenían una sonrisa aun después de jornadas imposibles.
Daniela estaba entre ellos, ya que se quedaba unos días más, y con una sonrisa cómplice me empujó suavemente hacia adelante.
Uno de los chicos me entregó una bolsa de tela.
Dentro había un cuaderno artesanal, con la tapa de bambú grabada a mano con el logo de la producción.
En la primera página, habían escrito un mensaje colectivo en inglés torpe pero lleno de cariño: “Thank you Bea, for making us feel proud of our work. Come back one day.”
Me mordí el labio para no llorar. Los abracé uno por uno, sintiendo esa mezcla de gratitud y melancolía que solo se da en un rodaje: una familia que se forma de la nada y desaparece de golpe, pero que deja marcas más profundas de lo que cualquiera imaginaría.
—Thank you all —logré decir, la voz temblando más de lo que quería—. I wouldn't have been able to do anything without your talent.
Ellos rieron, hicieron bromas y me acompañaron hasta la furgoneta que me llevaría al aeropuerto. Mientras el vehículo arrancaba, miré por la ventana y vi a Daniela saludando con la mano. El cuaderno descansaba sobre mi regazo; era un recordatorio de que había valido la pena estar aquí.