Chapter 69
Kai
Después del discurso de Martín vino la ola de abrazos, fotos y choques de copas.
Agradecimientos, promesas de “nos vemos en el próximo proyecto”, el típico karaoke de emociones que aparecía al final de cada rodaje.
Yo sonreía, respondía, me dejaba arrastrar, me alegraba por todos, pero mi mente estaba en una sola persona.
Cuando por fin se calmó el ruido, no lo pensé más, tenía que encontrarla. No podía irme mañana sin despedirme. No saber cuándo volvería a verla era un peso que no podía cargar sin decirle algo. Cualquier cosa.
Busqué entre la gente. Dani estaba bailando encima de una silla y Luis la celebraba desde abajo. Les pregunté si la habían visto. Negaron con la cabeza.
—Seguro ya se fue —dijo Dani, medio riéndose—. Bea siempre se escapa antes de despedirse.
Ese pinchazo en el pecho fue peor que cualquier golpe en el rodaje. Salí del bar, revisé la calle, miré cada esquina. Nada. Ni rastro de ella. Alex estaba afuera, apoyado contra la pared, fumando. Me vio enseguida.
—¿Bea? —preguntó Alex, tirando humo al aire. Ni siquiera hizo falta que respondiera—. Kai, hay gente que se va sin despedirse porque así duele menos.
Rodé los ojos. —No puedo, Alex. No puedo irme sin decirle nada.
Él rió por lo bajo.
—Claro que no. Nunca fuiste bueno guardándote las cosas.
Caminé, mejor dicho, corrí hasta el hotel con un nudo en la garganta.
En el camino ensayaba frases en mi cabeza, decirle que casi perdí el control cuando vi al gaffer acercarse a ella con esa mirada que siempre me dio asco; confesarle lo orgulloso que me hizo sentir cuando gritó su “¡Olé!” frente a todos; o cómo todavía llevaba la pulsera que le regalé en su muñeca; o admitir lo más simple y lo más difícil: que la iba a extrañar como un loco.
Pero cuando estuve frente a su puerta, el valor me abandonó.
No podía tocar. No podía enfrentarme a la posibilidad de que me dejara con el silencio como respuesta. No quería hacerle daño.
Saqué un trozo de papel y escribí lo único que me salió del pecho.
Me quedé un segundo mirando la puerta, deseando que se abriera, que apareciera, pero no ocurrió, así que deslicé el papel por debajo y caminé hasta mi habitación.
A la mañana siguiente, el cuarto parecía un campo de batalla; ropa a medio doblar, guiones arrugados, botellas de agua vacías.
El clásico caos de un final de rodaje. Tenía que empacar rápido; el vuelo a casa salía en unas horas y aunque mi cuerpo pedía quedarse tirado en la cama, la realidad era otra.
Cuando levanté mi mochila del piso, algo rodó hasta chocar contra la pata de la mesa.
Me agaché pensando que era una tapa de botella o una moneda.
Pero no. Era un pedazo de madera, pequeño, irregular.
La forma torcida y tosca se asemejaba a un corazón, como si el azar hubiera jugado a ser artesano.
No estaba tallado, no era intencional, sin embargo tenía algo especial.
Lo giré entre mis dedos. No era mío. Nunca lo había visto.
Lo primero que pensé fue en Bea. Porque ella era así: capaz de encontrar belleza en una grieta, de ver significado en lo que los demás considerarían basura. Era tan de ella ese detalle.
Me quedé un rato mirando el trozo de madera, sintiendo el peso ridículo que me provocaba en el pecho. No era un regalo. No era nada. Pero para mí de repente era una memoria, así que lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta sin querer dejarlo atrás.