Luces, cámara, amor Chapter 68
84%

Chapter 68

Bea

El rodaje había terminado. Fin.

—It’s a wrap —gritó Ana y todo el set explotó en aplausos, abrazos y lágrimas contenidas. Casi cinco meses resumidos en una frase. Meses que me habían dejado agotada, orgullosa, y con un hueco imposible de llenar.

Esa noche era el Wrap party. El momento de celebrar, de olvidar las ojeras y los madrugones, de beber más de la cuenta y bailar como si no existiera un mañana.

Yo en cambio, me había prometido una sola cerveza.

Entrar, saludar, brindar, salir antes de que la nostalgia y el alcohol me traicionaran.

No quería verlo. No quería… tentarme. Pero también me negaba a que mi única memoria de este proyecto fuera el vacío que yo misma fabriqué.

Así que me puse un vestido cualquiera y me repetí como mantra: una cerveza, Bea. Una y ya.

Nunca me gustaron las fiestas de cierre.

Demasiada nostalgia disfrazada de euforia, demasiada gente prometiendo que seguiríamos en contacto cuando sabías que el día de mañana ni se acordarían de tu apellido.

Muchas veces vuelvías a coincidir con uno u otro, pero siempre se sentía como empezar de cero.

Excepto con mi equipo, mis artichicos, los que, dentro de lo posible, siempre estaban. Ellos merecían disfrutar de esta noche.

El bar estaba a reventar de gente de la producción.

Luces bajas, música alta, ese olor a mezcla de cerveza derramada y perfume barato.

Dani me abrazó en cuanto me vio, Luis me levantó la botella como si hubiera ganado un premio.

Reímos por primera vez en semanas, sentí el alivio de soltar los hombros y dejar que otros llevaran el peso.

La cerveza estaba fría, el primer trago me supo a alivio y por un instante pensé: vale, quizás esto no es tan mala idea. Hasta que lo vi.

Era la misma escena repetida: gente detrás de los actores para sacarse fotos, fans que habían logrado colarse de alguna manera, familiares del productor, incluso parte del crew técnico.

Todos querían una selfie con Kai, con Alex, con el resto del cast. Sonrisas, flashes, risas nerviosas.

Ellos posaban como si fuera automático, pero en cuanto su mirada encontró la mía, todo el ruido se volvió estático.

Me giré de inmediato hacia Dani, fingí escuchar su chisme sobre el asistente de cámara y el catering pero en realidad no escuchaba nada. Solo sentía ese maldito cosquilleo en la piel, como si su mirada me rozara desde la otra punta del bar.

Una cerveza Bea, me repetí apretando la botella entre las manos.

La cerveza se convirtió en dos, luego en tres. Así funcionan los wrap parties, juras que será una noche tranquila y de repente te ves bailando con Dani y Luis en medio de un círculo que cantaba “We are young”.

Me dejé llevar, por un rato, al menos. Nos tomábamos fotos con el equipo de cámara, con maquillaje y vestuario, luces y gripería.

Reíamos, hacíamos caras ridículas, posábamos como si fuéramos estrellas.

Este era de los mejores regalos que dejaba este trabajo: la comunidad que se creaba, esa pequeña familia que sabías que era temporal, pero que en esos instantes se sentía para siempre. Era una linda sensación.

Después de un rato Juanjo el gaffer, se acercó. Copa en mano y sonrisa ladeada.

—Bueno, Bea, ahora sí se acabó la dictadura del arte —bromeó, levantando la copa—. ¿Brindamos por nuestra libertad?

Sonreí, jugando al mismo tono.

—Más bien brindemos por haber sobrevivido sin que se nos cayera el set encima.

Él rió. —Eso también. Aunque yo pensaba invitarte a un brindis más privado.

Lo miré con calma, sin perder la sonrisa.

—Gracias, pero no. Con mi cerveza y siete días más de cierre, ya tengo fiesta de sobra.

—Siempre tan responsable —dijo él resignado.

—Alguien tiene que serlo —contesté, levantando la botella a modo de despedida.

De pronto la música bajó de golpe y alguien golpeó el micrófono. Era Martín, en el centro del bar, con una copa en la mano y esa sonrisa cansada que pocas veces mostraba.

—Familia… —empezó, y solo eso bastó para que todos se acercaran.

En cuestión de segundos el bullicio se transformó en un círculo apretado de cuerpos sudados y sonrisas brillantes.

Martín quedó en el centro, con el foco de un par de lámparas improvisando el spotlight—.

No voy a hablar mucho porque sé que prefieren beber que escucharme —bromeó, arrancando risas—, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de agradecerles.

Hicimos algo enorme aquí. No solo una película maravillosa, sino un trozo de vida compartida durante meses, y todo gracias a este equipo tan increíble, que vino de todas partes del mundo para hacerlo posible.

Un aplauso general lo interrumpió, pero él levantó la mano para seguir.

—Quiero dar una mención especial a nuestros actores. No solo por el talento en pantalla, sino por la entrega detrás de cámaras. Han sido el corazón de este proyecto y nos han llevado a todos a dar un poco más de nosotros mismos.

La sala estalló en silbidos y aplausos. Vi a Kai y Alex recibir las palmaditas de colegas, sonriendo con modestia. Los flashes de algún móvil iluminaron el momento.

—Y claro, gracias a este equipo que vino de todas partes. Desde Estados Unidos, desde Canadá, de Londres… —Las voces se unían en cada país que nombraba—. Y de mi patria, ¡España! —remató.

El grito me salió solo.

—¡Oleeee! —respondí, levantando la botella como si fuese una bandera.

Mi grupito de arte explotó en risas y aplausos, y el resto del bar nos siguió la corriente. Fue un instante cálido, con puro orgullo compartido.

Vi a Kai, entre los actores, aplaudiendo también, pero no miraba a Martín, me miraba a mí, con esa expresión serena y luminosa que me hacía sentir vista. Como si mi pequeño grito hubiera sido lo más importante de la noche.

Le sonreí. Natural, instintivo, antes de darme cuenta de lo que hacía. Cuando la conciencia me golpeó, aparté la mirada como si me quemara. En ese segundo exacto, supe que mi noche había terminado.

Me escabullí del círculo en cuanto el brindis terminó, con la excusa de ir al baño. Caminé rápido hasta la puerta, dejando atrás la música y las voces. Afuera, el aire nocturno me recibió. Cada paso hacia el hotel fue un recordatorio: ya está Bea, hasta aquí.

En la habitación, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. El silencio me cayó encima con el peso de todo lo que había estado conteniendo. Respiré hondo, me dejé caer en la cama con el vestido aún puesto, y ahí en la oscuridad, sin nadie mirando, dejé que la nostalgia me alcanzara al fin.