Luces, cámara, amor 20. Bea
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20. Bea

El trayecto al aeropuerto fue silencioso. Yo pegada a la ventana, repasaba mentalmente todo lo que había vivido: los sets, las noches interminables, los días de lluvia que lo complicaban todo, el templo de elefantes, las risas con mi equipo y por supuesto, Kai. Siempre Kai.

El vuelo fue largo, pesado, con escalas que parecían eternas.

Abrí el cuaderno que me habían regalado en Tailandia y lo ojeé varias veces, como si leer aquellas dedicatorias pudiera anclarme a algo más firme que mis propios pensamientos.

Guardé la nota de Kai entre sus páginas, doblada con cuidado, como un secreto que aún no sabía cómo procesar.

Al aterrizar en Madrid, lo único que quería era llegar a casa, mi cama, mis cosas, mi espacio. Llamé a mis padres, a Clara, respondí mensajes pendientes, deshice parte de la maleta. Todo en automático. Mi cuerpo sabía qué hacer mientras mi mente seguía allá en Tailandia.

Esa noche, después de cenar algo ligero y darme una ducha caliente, me tiré en la cama con el pelo todavía húmedo.

Abrí el cuaderno de bambú, pasé la mano sobre las firmas y luego lo dejé en la mesita.

El móvil me miraba desde la almohada como una tentación.

Sabía que no debía, que lo mejor era dejarlo boca abajo como había hecho tantas veces, pero hoy no podía hacerlo.

Abrí Instagram, subí una foto de ese día en el santuario de elefantes, sonriendo tímida, con una pañoleta enredada en el pelo y el sol colándose entre las hojas.

Lo hice con un pretexto claro: una parte de mí quería creer que, si Kai lo veía, si le aparecía en el feed, sabría que estaba pensando en él de alguna manera.

Pero al deslizar la pantalla, lo encontré yo a él primero.

Un post de Celebrity WTF. Una foto robada en mala calidad: Kai en una terraza de un café en Los Ángeles, sentado frente a una chica de cabello oscuro y gafas enormes. El titular gritaba: “¿Nueva conquista? Kai visto con misteriosa acompañante en Silver Lake.”

La foto no insinuaba nada más. Ni un gesto, ni un roce, nada.

Solo dos personas sentadas frente a frente, pero el golpe fue igual de fuerte.

Sentí cómo el aire se me escapaba del pecho.

No lloré al instante, sentí que algo dentro de mí se quebró en silencio.

Lo había sabido desde el principio, ¿no?

Que él, con su sonrisa fácil y su vida de vértigo, seguiría adelante más rápido de lo que yo jamás podría.

Supuse que lo haría algún día, aunque nunca imaginé que tan pronto.

Me tumbé de lado, con el móvil aún en la mano, y lo apagué de golpe. La foto seguía ahí, clavada en mi mente, y junto a ella la certeza amarga que me repetía como un eco: Kai me había superado. Yo, en cambio, todavía no sabía cómo dejar de quererlo.

Me tapé la cara con las manos y lloré. Lloré con todo el cuerpo, con la garganta rota, con el estómago encogido.

Grité contra la almohada, como aquella noche en el hotel en Tailandia, pero esta vez no hubo nadie al otro lado de la pared para imaginar que podía escucharme.

Solo yo, mi cuarto, y la seguridad de que lo había perdido.

Lloré por Kai, por mí, por lo que dejamos a medias. Lloré porque lo había querido tanto y aun así lo había dejado ir. Porque todavía lo amaba y esa foto me hacía sentir como si él ya hubiera encontrado la manera de seguir.

Cuando por fin mi cuerpo se rindió, quedé tumbada boca abajo, con los ojos ardiendo y la respiración entrecortada. El silencio volvió, pero no trajo paz, solo un vacío que pesaba más que cualquier lágrima.