Luces, cámara, amor 17. Bea
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17. Bea

Los últimos días llegaron. Siempre era lo mismo: agotamiento, orgullo y un tic en el ojo que no se iba.

Ahora además grabábamos de noche, así que mis mañanas eran avanzadas y mis noches llenas de FOMO.

Todo se sentía más rápido, más frágil, daba la sensación de que cualquier descuido pudiera borrar todo lo que nos costó semanas construir.

Estábamos entregando el último set. Una especie de templo subterráneo que habíamos montado en el viejo almacén reconvertido en estudio.

Faltaban detalles, claro. Siempre faltan, pero ya estaba en pie y se sentía real.

Yo estaba satisfecha. El equipo de arte corría con sus brochas, sus taladros, sus cintas marcadas con nombres que solo nosotros entendíamos.

Luis me trajo un café. Me dijo algo sobre las columnas del fondo y le asentí, sin escucharlo del todo.

Tenía la cabeza en otra parte. O más bien, en otra persona.

Llevábamos una semana y media sin hablar. Sin siquiera cruzarnos. Nos evitábamos con ese profesionalismo triste que se aprendía en los rodajes: hablar lo justo, moverse como fantasmas, fingir que nada pasó, pero hoy, no hubo escapatoria.

Estaba revisando los últimos detalles del set cuando él entró, acompañado por Martín, Javi el DP, Ana, Abby y sus dobles. Me giré por instinto y ahí estaba él.

El tiempo se comprimió. Él me miró y yo también. Fue inevitable.

—Hola —dijo él con esa media sonrisa en sus labios.

—Hola —respondí, con una sonrisa mínima. Un momento extraño donde no sabía si estaba saludando al amor de mi vida o solo a un compañero de trabajo.

—Bea, vamos a bloquear la escena, regalamos unos minutos —me pidió Ana de dirección.

—Ya escucharon equipo, limpiemos el área por favor.

Martín habló de la escena, de las marcas en el piso, de cómo debía moverse para la cámara.

Hasta que se acercó con un gesto amable, para revisar conmigo un cambio de última hora en el mobiliario de un altar que había al fondo.

Kai tomó la tabla como debía hacer en la acción para mostrarme el nuevo ángulo para entender cómo debía reorganizar los elementos, y en eso rozó mi mano.

Fue apenas un segundo, pero bastó. Electricidad.

La misma que sentí la primera vez que me tocó.

Ese tipo de corriente silenciosa que no se explicaba.

Nuestros cuerpos parecían recordar algo que la mente llevaba semanas intentando olvidar.

Él también lo sintió. Lo vi en sus ojos. Excelente. Ahora mis manos también tenían memoria. Justo lo que necesitaba para terminar el rodaje en paz.

Bajé la mirada. Retiré la mano despacio, como si nada.

Fingí que me concentraba en las columnas del altar, pero mis dedos todavía ardían.

Y mientras daba órdenes sobre mover un par de bancos, sabía que Kai seguía ahí, mirándome.

Como si yo fuera otro set que él quería memorizar antes de que todo terminara.