Luces, cámara, amor Chapter 66
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Chapter 66

Kai

Las noches en set eran una mierda. Punto.

Horas interminables, frío húmedo que se pegaba a la piel, mosquitos que no entendían lo que significaba “cine de gran presupuesto”.

Y encima, Bea no estaba Ella hacía las avanzadas por la mañana, se encargaba de que todo estuviera listo para que yo llegara a gritar, correr, caerme o fingir que me rompía las costillas contra una roca falsa.

Eso significaba que pasaba la madrugada entera sin verla, y aun así, ella estaba en todas partes.

En el olor a pintura fresca, en las marcas de cinta fluorescente que dejaba pegadas en el piso, en los papeles que tenían su letra.

Podía no tenerla enfrente, pero maldita sea, el set todavía respiraba a Bea.

Me intenté concentrar, de verdad lo intentaba.

Martín gritaba acción, corría, caía, peleaba con un doble enmascarado.

Fingía que sangraba. Todo estaba coreografiado pero lo único que se sentía real era el hueco de no verla ni un minuto.

Cuando por fin gritaban ¡Corte!, me sacaba la chaqueta empapada de sudor, miraba alrededor como un idiota esperando que aparezca aunque supiera que no estaba.

La ironía era que verla me dolía pero no verla me mataba.

El equipo andaba con esa energía rara del final: todos estaban agotados, todos querían ya terminar. Yo también quería pero al mismo tiempo no, porque el final significa una sola cosa: volver a casa. A otro país. Lejos de Bea.

El otro día Luis pasó junto a Iván con una caja de utilería. Le sonreí como pude, el cabrón me devolvió la sonrisa. No sé qué me dolía más: que Bea me evitaba con tanta precisión o lo bien que le salía.

Así que allí estaba, de madrugada, entre luces y cavernas falsas, intentando darlo todo en cámara mientras por dentro me sentía vacío.

La veía en todos lados y al mismo tiempo en ninguno.

Lo peor era que todavía me aferraba a la idiota esperanza de que antes de que gritaran que se habían acabado, ella apareciera. Aunque fuera solo una vez.

Martín me dio la nota de siempre: mantener más tensión en la mirada, más rabia contenida, menos gestos exagerados.

Yo asentía, hacía otra toma, lo dejaba todo en el suelo como un perro amaestrado.

Cuando gritaron corte, respiré hondo y me apoyé en la pared falsa de roca, todavía jadeando.

Entonces lo vi venir; Martín, con esa cara que mezclaba cansancio y mal humor. No perdía detalle jamás.

—¿Todo bien, Kai? —preguntó.

Asentí demasiado rápido. Error de novato.

—Sí. Claro. Perfecto.

Él me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal y odié sentir que me leía.

—No lo parece. Estás… —Hizo un gesto con la mano, como buscando la palabra—, distraído.

Me tensé de inmediato. —Con respeto, Martín, mi trabajo está hecho. Cada toma, cada marca, cada línea. No he fallado ni una. —Lo dije con más filo del necesario. Me sonó a defensa, y eso solo confirmó que tenía razón.

Martín arqueó una ceja, tranquilo, como siempre.

—No hablo del trabajo. Hablo de ti.

Silencio. Tragué saliva. No supe qué contestar.

—¿Es por Bea?

No respondí. Ni un gesto. Ni un maldito parpadeo. Pero él no necesitaba mi confirmación. Su mirada decía que ya lo sabía.

Me giré hacia la cueva, fingí revisar una marca en el piso, cualquier cosa con tal de no admitirlo en voz alta.

—¿Sabes qué es lo curioso? Cuando te escogí para este papel, lo hice porque te vi con ganas. Hambre de actuar. Ganas de hacerlo bien, pero también, porque pensé que esto, todo esto… —Señaló el set—, te mantendría enfocado.

Hizo una pausa breve, medida.

—Justo antes del rodaje, hablé con Bea. Le dije que tuviera cuidado. Que esto sería solo una burbuja. Que los rodajes son así: intensos, fugaces y que tú probablemente no eras una excepción.

Lo miré, por fin, él sostuvo mi mirada ypalmeó mi hombro una vez, fuerte, seco, y se alejó. Yo me quedé ahí, con la piel ardiendo bajo esa palmada porque por primera vez sentía que ya no podía ocultarlo.