Chapter 63
Bea
Me desperté antes de que sonara la alarma, o tal vez no dormí… No lo sabía, había una línea muy delgada entre el insomnio y el castigo, y anoche la crucé demasiadas veces.
Me metí bajo la ducha como si pudiera lavarme la culpa, pero no se fue. Seguía ahí, pegada a mi piel, como su olor en mi ropa. Me vestí como si fuera a una guerra, y de algún modo así era. Una en la que yo misma me disparaba por la espalda.
Luis me miró desde el camión técnico pero no dijo nada. Si él lo notaba, ¿cuántos más se habrán dado cuenta ya? ¿A quién engañaba? Supongo que todos sabían que algo pasó entre nosotros. Joder, si hasta salimos en prensa.
—¿Estás bien? —me preguntó Dani más tarde.
Asentí. Dani había aprendido a leer mis silencios, simplemente me pasó una botella de agua y se quedó ahí, en silencio. A veces eso era más compañía que cualquier discurso.
Las horas pasaron como se pasa la tormenta que no cae. Me fui al hotel desde que terminaron con la primera escena del día. Todo estaba en orden, realmente no necesitaba estar en el set y sinceramente tampoco quería.
Me encerré en mi habitación sin decir nada, me quité los zapatos, me senté en el suelo con la espalda contra la cama y respiré por primera vez. ¿Qué había hecho?
El resto del día lo pasé en automático, como anestesiada.
La culpa me rozaba los talones con cada paso, la cara de Kai me seguía cada vez que cerraba los ojos y sus palabras…
“Porque no quiero dejar de quererte…” me explotaban en el pecho como bombas.
¿Cómo se hace para querer a alguien y dejarlo al mismo tiempo?
¿Cómo se puede estar tan segura de una decisión y aun así sentir que te estás arrancando el alma?
Me lancé de cabeza sobre las almohadas y grité con todas mis fuerzas. Ya no aguantaba más todo lo que sentía por dentro. En ese instante entendí que la peor parte de romperle el corazón a alguien, era que también estabas rompiendo el tuyo con tus propias manos.
Pasaron horas, no sé cuántas. El cielo cambió de azul a gris sin que yo me diera cuenta. No había comido nada en todo el día, no tenía hambre. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba tragar ni saliva.
Tomé el móvil porque sentía que si no decía algo en voz alta, iba a quebrarme en mil pedazos. Busqué entre mis contactos a Clara. La llamé sin pensar demasiado y cuando contestó, no pude hablar.
—Dime que me estás llamando para decirme que todo está bien y no porque hiciste una tontería.
Silencio.
—Bea, no me hagas adivinar. ¿Qué pasó?
—Lo terminé, ayer en su habitación. Le dije que esto no tenía sentido y que era mejor así.
Silencio.
—¿Y dime ya te sientes mejor?
—No.
—Claro que no, Bea, porque no lo hiciste para sentirte mejor. Lo hiciste para huir.
—No empieces. Ya tengo suficiente con mi conciencia, que lleva horas gritándome por dentro.
—Solo quiero entender en qué universo eso te pareció una buena idea.
—En el universo donde estoy hecha un lío, donde no tengo idea de cómo se maneja una relación cuando no se basa en desconfianza o trauma compartido. En ese universo.
—¿Y decidiste cortarlo como quien cancela una suscripción?
—Clara, no te llamé para que me hicieras sentir peor —suspiré.
Clara bajó el tono, aunque no la intensidad.
—A ver Bea, quiero entenderte, de verdad que sí. ¿Él te hizo algo?
—No.
—¿Te mintió?
—Resulta que no.
—¿Te miró como si fueras la última canción de un concierto de Coldplay?
—¡No puedes usar mis metáforas en mi contra!
—Puedo y debo. Porque según tú, el tipo era básicamente una mezcla entre golden retriever y poeta indie. ¿Y tú qué hiciste? Lo sacaste de tu vida como si fuera una leche cortada.
—No podía más, Clara. Me sentía expuesta, presionada, pequeña. Como si estuviera repitiendo algo que ya viví pero públicamente.
—Ah. Ya salió el fantasma de Hugo.
—No es Hugo. Es… lo que me dejó. La Bea que aprendió a callarse, a complacer, a no pedir, a no sentir. De pronto, este chico aparece y me da todo eso que pensé que no existía. Y yo… me asusté.
—¿Y la solución fue hacerle ghosting emocional?
—Le hablé, le dije la verdad.
—Bea, a estas alturas de la vida no debes seguir dejando que el miedo tome decisiones a tu nombre. Eres una persona valiente, determinada, has logrado todo lo que te has propuesto, ¿estás segura que es así como quieres que acabe todo?
Silencio.
—No te juzgo, pero si tomar distancia te duele más que quedarte, tal vez te alejaste del lugar equivocado.
—Clara…
—Solo respóndeme esto: si no fuera por todo el ruido, por todo lo que arrastras, ¿seguirías con él?
—Probablemente.
—Pues ahí lo tienes. El problema no es él, eres tú en modo pánico.
—Gracias por tu brutal honestidad, hermana.
—Es parte del paquete hermana mayor. Viene con sarcasmo y amor incondicional.
—Gracias, Clara.
—No me agradezcas. Solo intenta no seguir huyendo de ti. Porque a él lo puedes bloquear, dejar en visto, evitar, pero a ti te llevas puesta a todas partes.
Cerramos la llamada y me quedé mirando el teléfono como si Clara pudiera seguir hablándome desde ahí.
Apoyé la cabeza contra la pared, cerré los ojos y respiré profundo, pero nada se acomodó.
“No te estoy diciendo que vuelvas… pero si romper con él te dejó así…”
Esa frase me perseguía como un eco y es que yo no me sentía libre. No me sentía valiente. Me sentía… vacía. Como si en vez de tomar una decisión, hubiera soltado algo que no quería soltar.
Me abracé las piernas extrañándolo. Extrañando su voz, su calma, la forma en que me miraba sin prisa, pero también me asustaba volver, porque no sabía si era capaz de hacerlo bien.
Quizás Clara tenía razón. Quizás me dejé llevar por el miedo. O quizás… simplemente no estaba lista, pero algo en mí, algo que no se callaba empezaba a preguntarse si alejarme fue realmente cuidarlo, o si fue solo otra forma de huir.
Suspiré. Solo faltaban dos semanas. Luego cada uno volvería a casa y todo será más fácil.