15. Kai
Los últimos días han sido raros. Después de la última conversación con Bea decidí darle espacio, tiempo para que organizara sus ideas.
Hoy no la vi en todo el día, ni de lejos.
Pronto empezaremos a rodar de noche y eso significaba horarios cruzados, menos coincidencias, menos momentos robados entre escenas.
La idea de pasar más días sin verla me parecía una tortura.
Cuando llegué al hotel esa noche solo quería una ducha y cinco minutos de silencio.
Abrí la puerta de la habitación y me quedé quieto, Bea estaba ahí.
Sentada en la cama, recta, las manos apoyadas sobre las piernas.
La habitación olía a ella, a como era todo antes.
A nosotros. Durante medio segundo, todo en mí quiso creer que venía a arreglarlo.
—Hola —dije casi sonriendo.
Ella no devolvió la sonrisa y sentí cómo mi corazón se encogió.
—¿Estás bien? —pregunté, sabiendo cuál era la respuesta.
Negó. Cerré la puerta despacio y me quedé donde estaba.
—Bea…
—Déjame hablar primero, ¿sí?
Respiró hondo.
—No estoy aquí para pelear ni discutir lo que pasó. Estoy aquí porque tengo que hacer lo correcto.
Di un paso hacia ella.
—Por favor, Bea… —le dije suavemente, rogando con los ojos.
—Escúchame —insistió—. yo sé que tú no hiciste nada malo. Sé que no me mentiste. Que no me fallaste. Lo sé…
—Entonces, ¿por qué te estás alejando?
Bea se pasó las manos por las piernas como si buscara algo que la anclara.
—Antes de ti, llevaba años sin estar con nadie.
No dije nada.
—Mi última relación fue larga. Mucho tiempo. Pensaba que era la persona con la que iba a construir todo.
Hizo una pausa. —Un día llegué a casa antes de lo previsto y lo encontré con mi mejor amiga. —Tragó saliva—. Después de eso me cerré bastante, no volví a abrirme con nadie.
Levantó la mirada. —Hasta que apareciste tú.
Sentí algo moverse en el pecho.
—Y supongo que por eso estoy reaccionando así —continuó—. porque me di cuenta de que no estoy tan preparada como creía.
Fruncí el ceño. —¿Preparada para qué?
—Para esto.
Hizo un gesto vago con la mano.
—Para lo que siento… y para todo lo que viene con eso.
—¿Como qué?
—Las redes, Kai. Los comentarios. La gente diciendo que me aproveché de ti, que soy mayor, que estoy usando el rodaje para escalar.
Negó con la cabeza.
—He trabajado años para que me tomen en serio, y ahora mi nombre aparece en páginas de chismes como si fuera parte del espectáculo.
Hizo una pausa y se rió sarcástica.
—Sé que no es tu culpa Kai, pero siento que nunca pensamos en cómo sería nuestra realidad fuera de este rodaje. Al menos yo no.
Ella no me miró aún, pero noté como su cuerpo se relajó un poco.
—No sé confiar. No sé ni cómo recibir sin sentir que debo pagar después. Y tú… tú no mereces cargar con eso.
Eso sí me golpeó. —Bea…
—Lo que pasó entre nosotros fue real. Fue hermoso.
La palabra fue me tensó entero. Ella levantó la mirada y por primera vez, no estaba escapando.
—Tú eres bueno, Kai. Eres brillante, joven, dulce. Eres lo mejor que me ha pasado en años y me parte el alma pensar que te estoy arrastrando conmigo.
—Me duele —respondí, bajando la voz—, pero no más de lo que dolería perderte.
Bea levantó una mano con suavidad, pidiéndome silencio. Yo obedecí aunque me doliera.
—Creo que si intentamos llevar esto fuera de aquí vamos a terminar rompiéndolo.
Negué con la cabeza. —Eso no lo sabes.
Bajó la mirada, las lágrimas le llenaban los ojos, pero su voz era firme. —Quedan dos semanas de rodaje. Después cada uno vuelve a su vida.
Una pausa. —Quizá lo mejor que podemos hacer es quedarnos con lo que fue.
La miré fijo. —No puedes decidir eso tú sola.
—No estoy decidiendo por ti.
—Claro que sí —dije—. Estás tomando la decisión por los dos sin preguntarme si yo quiero intentarlo.
Se levantó despacio y quedamos frente a frente.
—No quiero ser la razón por la que tu vida se complique.
Solté una risa corta, sin humor. —¿Sabes qué es lo más frustrante?
No esperé respuesta.
—Que estás intentando protegerme de algo que yo ya elegí. —La miré directamente—. Te elegí a ti.
El silencio se sintió pesado.
—No me pidas que deje de quererte —añadí—. Porque no tengo ni idea de cómo se hace eso.
Sus ojos se llenaron de lágrimas pero no dijo nada. Se acercó lentamente, me plantó un beso en la mejilla, y se fue. Me quedé mirando la puerta un buen rato, esperando escuchar sus pasos volver por el pasillo, pero no fue así.
Durante años aprendí a no esperar demasiado de la gente. Las despedidas nunca me sorprendieron, y aun así, Bea había conseguido algo que casi nadie lograba: hacerme creer que esta vez podía ser diferente.
Solté el aire despacio. La habitación seguía oliendo a ella y no podía evitar sentir una incómoda y horrible mezcla de tristeza y decepción. Había estado dispuesto a pelear por nosotros. Ella ni siquiera quiso intentarlo.