Luces, cámara, amor 12. Bea
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12. Bea

Después de una semana de rodaje intenso, horarios imposibles, sets que nunca terminaban de estar listos, cuerpos agotados; el descanso no era una sugerencia, sino un grito del cuerpo que todos escuchábamos pero para mí el descanso de verdad había empezado anoche.

No era alguien que disfrutaba salir de fiesta, o por lo menos no solía serlo.

Hubo una época en la que sí, en la que reía fuerte en bares con gente que apenas conocía, en la que bailaba como si nadie estuviera mirando.

Con el tiempo —y con algunas heridas mal cerradas— esa versión se volvió más pequeña, más estructurada y correcta, hasta anoche.

Había dicho que sí sin pensarlo demasiado porque Dani insistió, porque algo dentro de mí se despertó y además sabía que Kai iba a estar, y fue mágico.

No por el bar, ni por la música, ni siquiera por los tragos, aunque ayudaron bastante.

Fue por cómo me sentí: ligera y libre. Bailé sin preguntarme si alguien me estaba mirando, reí sin revisar el volumen.

Me sentí viva. Esa versión mía que creía perdida en realidad nunca se había ido; solo estaba esperando un espacio seguro para volver. Kai fue ese espacio.

Cuando lo vi entrar al bar y nuestras miradas se cruzaron, una especie de electricidad me invadió el cuerpo y cuando me tomó de la cintura y me besó delante de todos, supe que lo nuestro había pasado a otra etapa. Un pacto sin palabras.

Él fue el primero en despertar. Me dejó un vaso de agua en la mesita de noche, y una caricia suave en la frente, pequeños gestos que me seguían desarmando.

Cuando bajé, ya me esperaba afuera con nuestras mochilas. Me sonrió con esa mezcla de ternura y humor que era tan de él.

Luis apareció con la pickup del equipo como si estuviera liderando una excursión escolar sin supervisión adulta.

Subimos entre mochilas, toallas y una neverita atravesada en medio del asiento trasero, mientras Daniela gritaba que nadie la aplastara como si llevara algo sagrado dentro.

Alex, por su parte, defendía su playlist —una mezcla caótica de clásicos ochenteros y reguetón— como si su reputación dependiera de ello.

En el trayecto no hubo miradas incómodas, solo una naturalidad que me aflojó el pecho. Me emocionaba pasar el día con ellos, con mi equipo pero también con Kai, sin necesidad de escondernos, lo nuestro parecía cada días más real.

Ahí, con la brisa golpeándome la cara y la música sonando bajito, entendí algo: esa Bea que salió anoche no había sido un accidente. Estaba lista para dejarse sentir, y esta vez no pensaba volver a esconderse.

Laem Yai Beach nos recibió como un secreto bien guardado: sin gente, sin ruido, como si no estuviera en el mapa.

Se trataba de una playa al norte de la isla que Alex había descubierto no sabemos bien cómo.

Le había llamado la atención por su calma, era más amplia que otras, con arena pálida, árboles que daban sombra y un horizonte que las fotografías no le hacían justicia.

Llegamos a una bahía pequeña, de arena clara y agua tan transparente que parecía inventada.

Las rocas a los lados la enmarcaban como si quisieran protegerla del mundo, palmeras altas se inclinaban hacia la orilla, proyectando sombras que se movían con pereza.

El mar era de un turquesa suave, casi líquido celeste, que se oscurecía delicadamente hacia el horizonte.

No había edificios, ni ruidos, ni gente corriendo con sombrillas de colores.

Solo nosotros y una paz que no alardeaba de sí misma, pero lo llenaba todo.

Luis aparcó bajo unos árboles y todos bajamos en desorden, entre risas, toallas, mochilas y algún grito dramático de Alex porque se le había quedado el protector solar.

—Desde que empezó el rodaje no podemos ni mirar el sol —protestó, rebuscando en su mochila.

Kai apareció con un bote de tamaño industrial. —Tranquilo. Vengo preparado.

Desde que rodábamos, ni él ni Alex podían broncearse demasiado por continuidad, así que abusaron del protector como si fuera pintura blanca.

Además llevaban de esas camisetas ligera de manga larga para el sol, parecían dos héroes de acción vestidos como surfistas, o más bien la descripción gráfica de turistas.

Me quedé un segundo más en la parte trasera de la pickup antes de bajar, con el viento todavía fresco en la cara.

Los vi moverse: mi equipo, mi gente y Kai, bajando de un salto con mi mochila colgada al hombro como si llevarla fuera lo más natural del mundo.

No sé cómo explicarlo, pero sentí algo parecido a pertenencia, y no por estar en una relación, ni por tener un grupo, sino porque todo —fuera y dentro de mí— estaba finalmente alineado.

Me di cuenta que esta gente, mi gente, no eran necesariamente lo que me hacía feliz, sino la versión de mí que existía al tenerlos cerca, esa versión mía que realmente amaba, y ese amor propio que me permitía aceptarme nuevamente, confiar en mí, liberarme.

Ellos no me hacían feliz , solo me permitían serlo.

Caminamos por un sendero angosto entre árboles con flores naranjas que parecían esparcidas a propósito hasta llegar a la playa misma.

Había caminos de arena que conectaban pequeñas calas ocultas.

Dani y Luis armaron una especie de campamento improvisado con pareos y toallas —mis “artichicos”, como les decía yo cuando se ponían en modo equipo—, Alex abrió las cervezas, Kai puso música desde un altavoz portátil que parecía tener siempre la canción perfecta y yo tomaba fotos de todo.

Me senté en la arena, aún sin quitarme las sandalias, y dejé que el sol me tocara la cara. Kai se sentó detrás de mí, me abrazó con las piernas, y apoyó su barbilla en mi hombro.

—Protector primero —murmuró.

—Qué responsable estás.

—Contrato de rodaje —respondió, besándome la sien antes de embadurnarme la nariz.

El día fue una colección de cosas simples que se volvieron sagradas; pies descalzos en la arena caliente, fruta cortada sobre hojas de palma como platos, risas que nacían sin permiso y esa sensación de estar en el lugar exacto con la gente precisa.

Luis sacó un frisbee que empezó a lanzar con Kai, Dani construyó un pequeño “altar energético” con piedras y flores porque “este lugar vibra raro”.

Alex decidió que abrir una cerveza con una roca era su nuevo propósito vital, lo logró al tercer intento y recibió una ovación exagerada.

Daniela anunció que si volvía a intentarlo llamaría a emergencias preventivamente.

Había música, pero también silencio, de ese que no incomodaba, porque nadie tenía nada que demostrar.

Un par de horas más tarde, unos pescadores locales llegaron con una hielera llena de pescado fresco. Uno de ellos, con gorra roja y sonrisa tímida, preguntó si queríamos cocinar algo ahí mismo.

Montaron un fogón entre piedras y sacaron hojas de plátano, sal gruesa y aceite de coco.

—Esto es el paraíso —declaró Dani, y tenía razón.

Después de un rato, nos metimos todos al agua.

Conversaciones flotando entre olas, Alex y Kai, ambos con sus rash guards hacían una competencia de piruetas extrañas como si hicieran nado sincronizado.

Kai se acercó a mí por debajo del agua, tomándome por sorpresa, me agarró con sus manos fuertes por la cintura, y subió a la superficie a centímetros de mi boca que terminó besando con sabor a sal.

—Así te quiero ver siempre —me dijo, empapado, con gotas de agua resbalando por sus pestañas y su cara llena de protector.

—¿Así cómo?

—Feliz.

Lo dijo con una serenidad que me dejó sin palabras. Me quedé quieta, asimilándolo. Era cierto, estaba feliz y él lo había reconocido antes que yo.

—Te quiero, Bea —terminó diciendo.

—Y yo a ti, Kai — respondí besándolo.

Porque, ¿cómo no querer a alguien que no solo recogió mis pedazos sin preguntar, sino que los acarició uno por uno antes de devolverlos a su lugar? Él no me reconstruyó, me sostuvo mientras yo aprendía a hacerlo sola y eso… eso es amor del bueno.