Luces, cámara, amor Chapter 52
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Chapter 52

Kai

Laem Yai era un regalo. Uno de esos lugares que no aparecen en Google con cinco estrellas y reseñas falsas. Simplemente existía, tranquilo, al margen del ruido y nosotros teníamos la suerte de estar ahí.

Bea estaba en modo diosa playera total; bronceada, suelta, riéndose con todos como si no fuera absurdo que alguien pudiera ser tan guapa y tan buena con la gente al mismo tiempo. Hasta jugando al frisbee parecía sacada de un comercial de champú.

Me alejé un rato con Alex bajo la sombra de un árbol. Me pasó una cerveza fría y se acomodó como si supiera que yo tenía algo en la cabeza.

—¿Sabes que das asco, verdad? —me dijo Alex, como quien comenta el clima.

—¿Perdona?

—Además de tirarte a la arena como si fueras un catálogo de Calvin Klein, decides enamorarte de una chica increíble, ¡y encima te sale bien! Qué cringe, bro. No te soporto.

Sonreí sin disimular. —Sí. Estoy enamorado.

Alex giró la cabeza hacia mí, sorprendido.

—Wow, y además eres consciente.

—¿Para qué negar lo evidente, querido amigo? —dije, encogiéndome de hombros—. Me tiene feliz y no voy a fingir que no.

Él me miró un momento en silencio, luego soltó una risa breve.

—Qué asco me das. Pero también… joder, me gusta verte así.

Me quedé callado.

—Nunca te había visto así con nadie —añadió—, y eso que te he visto de todo tipo de formas.

—Lo sé.

—Y me alegra, porque te lo mereces. De verdad.

—Gracias, bro. Hablando de merecer cosas ¿qué pasó con la masajista?

Alex ni siquiera me miró al principio. Le dio un trago a la cerveza, tranquilo. —Nada que tenga que contarte, amigo.

—Eso suena sospechoso.

—No es lo mismo —añadió, encogiéndose de hombros—. Tú lo sabes.

—¿Qué cosa no es lo mismo?

Giró la cabeza hacia mí, media sonrisa instalada.

—Lo tuyo, eso de estar enamorado. A mí no me pasa.

—No te pasa o no quieres que te pase.

—Diferencia importante.

Lo dijo con ligereza, casi burlón pero no del todo.

—Yo no me enamoro —continuó—. No es mi deporte.

—Claro. Solo entrenas en categorías menores.

—Exacto. Alto rendimiento sin apego emocional.

Solté una risa.

—Algún día te va a caer encima sin pedir permiso, créeme.

—Ajá.

Se quedó mirando al grupo un momento, Bea estaba riéndose con Dani, el sol dándole de lado.

—No todo el mundo está hecho para eso, Kai —dijo finalmente.

No sonó amargado. Sonó decidido.

—Eso dices ahora.

—Eso diré siempre.

Le di un golpe suave con la botella contra la suya.

—Te quiero igual, aunque seas emocionalmente evasivo.

—Qué asco. Ya empezaste otra vez.

—Te encanta.

Rodó los ojos y nos quedamos un rato más ahí, viendo al grupo desde lejos. Dani leía, Bea intentaba atrapar conchas con una red improvisada que le hizo Luis con una cuerda y un aro roto. Podría haber congelado ese momento para siempre.

Cuando el sol empezó a bajar, la temperatura se volvió perfecta.

Ni calor ni frío, solo esa tibieza que hacía que el cuerpo se aflojaba.

Alex y yo nos quitamos los rash guards con alivio después de horas embadurnados en protector, por fin podíamos relajarnos un poco.

Hombros al aire, piel salada, cero preocupación por marcas raras en el rodaje del lunes.

—Falta algo para cerrar el día con broche de oro —dijo Dani en voz alta, sacudiendo la arena de sus piernas mientras se sentaba en la toalla, el sol ya medio escondido detrás de las palmas.

Alex, desde su pareo, sin levantar la cabeza. —Un beso mío resolvería bastante —respondió sin levantar la cabeza.

Dani lo miró con absoluta decepción.

—Prefiero lanzarte al mar.

Alex se rió. —Oye yo solo pongo las opciones sobre la mesa.

—Y yo las saco con gusto.

Él le lanzó una galletita de las que quedaban en la bolsa.

—Esto es acoso laboral, que conste.

Todos estallaron en risas, y en ese eco, Luis dijo:

—Bueno, ¿y la música qué? Nos falta Kai con su momento musical.

Sonreí y me levanté por Lily, me senté sobre una toalla como si fuera el mismísimo Ed Sheeran versión caribeña.

Los primeros acordes bastaron para que todos dejaran lo que hacían, Bea levantó la cabeza y me sonrió, Luis empezó a marcar el ritmo con las manos, Dani entró con la voz y Alex la siguió, haciendo falsetes horribles a propósito.

“Feel the rain on your skin…”

Cantamos con el entusiasmo, como si nos pagaran para hacerlo, aunque parecíamos una parodia de musical playero con exceso de sal, cero talento y muchas ganas, y joder…

qué bien se sentían las voces quebradas entre las risas.

Cantamos sin vergüenza, sin armonía, sin pensar en mañana.

Fuimos un grupo de almas sueltas, entregadas a un instante que ya sabíamos que no se repetiría así jamás.

Al terminar, dejé la guitarra a un lado y me acerqué a Bea. Le pasé los dedos por la espalda despacio, me incliné y le besé la cabeza.

La brisa empezó a enfriar la arena, Alex y Dani discutían en broma sobre quién había cantado peor, Luis recogía los restos del picnic improvisado y Bea sacaba una linterna del bolso y alumbraba los zapatos que ya nadie quería volver a ponerse.

Al subir a la Pickup, Bea apoyó la cabeza en mi hombro, pasé el brazo por encima de ella y me quedé mirando el camino. No sé cuánto tiempo pasó, pero supe que ese día se me iba a quedar grabado en la memoria.

El camino de vuelta fue silencioso. Estábamos exhaustos, ese cansancio bonito después de un día de playa que dejaba el cuerpo lleno y el corazón en paz.

Luis manejaba con calma, como si tampoco quisiera llegar muy rápido.

Dani dormía con la cabeza recostada en la ventana, Alex ponía música, esta vez más tranquila.

Bea se acomodó en mí y sacó el celular, la vi deslizar el dedo por la pantalla, sonriendo bajito, Dani le había enviado un montón de fotos antes de quedarse dormida.

Fotos del grupo jugando frisbee, una de Alex abriendo la cerveza con la roca, otra de Luis con un pareo en la cabeza.

Bea se detuvo en varias, ampliando detalles, guardando algunas.

Siguió deslizando hasta encontrar una de nosotros en la arena, de espaldas al mundo, el atardecer cayendo sobre el mar, mi brazo rodeándola y su sonrisa apoyada contra mí.

Se quedó mirándola un segundo más largo que las demás.

Abrió Instagram y subió la foto a historias sin etiquetarme ni poner ubicación.

Escribió una sola palabra en una esquina: “Inefable”, y bloqueó el teléfono.

Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que la estaba mirando, le sostuve la mirada un segundo demás y me incliné para besarle la sien, lentamente, dejando la mano firme sobre su rodilla.

—¿Quién es ese tipo? —murmuré.

Frunció el ceño, divertida. —¿Cuál?

—El de la foto. Ese que te tiene abrazada… No me convence.

Me dio un golpecito en el pecho.

—Solo un chico que conocí.

—Qué suerte tuvo ese chico. — Sonreí, porque así era.

En la foto no se me veía la cara, solo mi espalda y mi brazo rodeándola mientras el atardecer hacía lo suyo. Cualquiera podría pensar que era un tipo cualquiera. Lo que no era cualquiera era la forma en que ella se inclinaba hacia mí y nuestra complicidad.

Bea no exponía lo que no estaba segura de querer sostener, por eso esta no era una historia cualquiera, era ella abriendo la puerta conmigo un poco más.

Podría haberme etiquetado y parte de mí lo habría celebrado sin filtro.

No tenía problema en que el mundo supiera que estoy enamorado.

Si dependiera de mí, lo diría en voz alta y punto.

Pero también sabía lo que eso implicaría para ella: la prensa, las preguntas, el ruido.

Que la haya compartido era un paso y me gustaba que fuera suyo.

Me gustaba que lo hiciera a su ritmo, aunque, si era honesto, también sentía un cosquilleo raro en el pecho, porque el día que decidiéramos cruzar esa línea de verdad, no habría forma de volver a algo más simple.

La abracé un poco más fuerte. No tenía prisa, pero tampoco pensaba esconderla nunca.