BEA
Kai
—No me mires así —dijo Alex mientras subíamos a la van—. No vas a escaparte esta noche.
Suspiré. —Tengo mejores planes.
—Claro que los tienes, por eso vas a venir.
Después de la rueda de prensa, lo único que quería era volver al hotel, pedir servicio a la habitación y pasar la noche con Bea.
Su voz bajita cuando se quedaba sin argumentos, sus pies descalzos recorriendo la habitación, esa risa que le nacía desde el pecho y me desarmaba cada vez, y la certeza de que la noche no iba a terminar precisamente hablando.
Ese era el plan, bastante perfecto en mi opinión.
Producción había montado una especie de fiesta por lo de la rueda de prensa y el cierre de semana o algo así.
Honestamente, no tenía muchas ganas. Mi agente no me dijo que fuera obligatorio y como Bea no me había mencionado nada, llegué a la conclusión de que mi presencia no era especialmente necesaria.
Un par de copas, fotos incómodas, risas de compromiso. Si, podía vivir sin eso.
Estaba listo para aplicar la técnica clásica de “me duele la cabeza” cuando el móvil vibró en mi mano.
BEA:
Dani acaba de decirme que van todos al bar de la esquina. Invita producción.¿Quieres? La verdad es que me apetece.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Podría haber respondido que prefería quedarme con ella en el hotel, porque era verdad.
Sin embargo, si Bea tenía ganas de salir, de reírse con los suyos, de soltarse después de una semana intensa, no iba a ser yo quien le recortara el plan.
Estar a solas con ella era maravilloso pero verla feliz lo superaba.
KAI:
Voy contigo a donde quieras.
BEA:
Me adelanto con Dani. ¿Nos vemos allí?
KAI:
Nos vemos en breve Bee.
Cuando entré al bar, las luces eran cálidas, rojizas, con destellos dorados que rebotaban en las paredes oscuras como si estuviéramos dentro de una cueva elegante.
Olía a especias dulces, al limón de los tragos y al humo de las velas que alguien había encendido en las mesas.
La música era un deep house sensual que vibraba en el pecho y hacía que los cuerpos se movieran sin pensarlo.
—¡Eh, Kai! —gritó alguien del equipo de cámara, levantando una cerveza.
Me agarraron del hombro, luego un abrazo rápido, un par de choque de manos. Alguien pidió una foto y un par de chicas en la barra me miraron con esa mezcla de curiosidad y reconocimiento que ya conocía bien.
Por fin la ubiqué, Bea estaba en medio de un grupo, con un vestido negro corto que le abrazaba las caderas y caía suelto al moverse.
Tenía el pelo suelto y bailaba sin esfuerzo, sostenía un vaso con hielo y lima.
Se reía con Dani, cerraba los ojos un segundo cuando el beat bajaba, y volvía a abrirlos con esa expresión suya que parecía decir que estaba exactamente donde quería estar.
Me quedé quieto un segundo, observándola.
La forma en que cerraba los ojos en algunos compases, cómo se reía.
Cuando sus ojos encontraron los míos, sonrió, pero esta vez diferente, siguió bailando pero ahora sus movimientos eran para provocarme, y lo consiguió.
Alguien volvió a tocarme el brazo.
—Kai, una foto.
Sonreí, pero mis ojos volvieron a ella en segundos.
Crucé la pista despacio, abriéndome paso entre el equipo, sin perderla de vista.
Ella giró sobre sí misma cuando estuve lo bastante cerca y se quedó de espaldas a mí.
Acerqué las manos a su cintura con cuidado, dejando que notara mi presencia antes de tocarla.
—Bee—murmuré cerca de su oído.
Se dio la vuelta despacio, esa media sonrisa suya apareciendo primero, luego sus ojos encontrándose con los míos.
Se pegó a mí sin dudarlo, las manos subieron por mis brazos hasta apoyarse en mi cuello.
Bailamos un momento sin necesidad de decir nada.
Su cuerpo seguía el ritmo con naturalidad y el mío simplemente se acopló al suyo.
Ya no había duda ni tensión contenida; lo nuestro estaba claro, cómodo y vivo.
Tomé su mano y le di una vuelta lenta, disfrutando el trayecto completo de regreso hacia mí.
Cuando volvió, la sostuve con firmeza dejando que el espacio entre nosotros se redujera.
Noté movimiento alrededor, algún silbido, una risa, Alex exagerando un “uy” demasiado cerca. Incluso sentí algún que otro móvil apuntándonos indiscretamente. No me importó. Me incliné hasta que mi boca casi rozó la suya.
—Dime que quieres besarme tanto como yo a ti —murmuré.
No apartó la mirada y sonrió.
—¿Siempre eres así de directo?
Ella sabía perfectamente que nos estaban viendo. Sabía lo que podía significar un gesto así, lo rápido que vuelan las historias cuando alguien decide grabar, y aun así, decidió quedarse.
Entonces la besé, sin escondernos. Ella respondió de inmediato, con esa misma libertad con la que había estado bailando toda la noche.
Sus manos subieron a mi cuello, acercándome más, y el resto del bar empezó a difuminarse.
Cuando nos separamos, lo hicimos despacio, nuestras frentes casi tocándose y esa sonrisa compartida que no necesitaba explicación.
Escuché una carcajada de fondo, sentí un codazo suave de Alex mientras pasaba cerca, y la música seguía sonando, pero en ese segundo no había nada más. Solo nosotros.
Lo que pasó ahí, delante de todos fue una declaración.
Después de un rato me senté con Bea en una mesa con el equipo de arte.
Luis estaba contando algo sobre una lámpara que casi incendió medio set y todos se reían.
Hace unas semanas, esa escena me habría incomodado un poco.
Luis llevaba años trabajando con ella, la conocía de otra etapa, y yo todavía no sabía exactamente dónde estaba parado.
Hoy solo veía a un buen tipo contando una historia ridícula y a Bea riéndose sin filtros, y me encantaba.
—Mañana deberíamos ir a la playa —lanzó Alex acercándose al grupo, sin siquiera saludar—. Laem Yai Beach —continuó como si lo hubiera pensado desde hace días—. está como a veinte minutos. Pequeña, escondida, no hay muchos turistas. Perfecta para no pensar.
—¿Y por qué no pensaste esto antes de que me pusiera de acuerdo para dormir doce horas? —preguntó Daniela, alzando una ceja.
—Dormir es para los débiles —respondió Alex—, además, este grupo promete caos del bueno.
Lo dijo mirando a Bea. Ella levantó las cejas, divertida.
—Yo puedo manejar —agregó Luis—. La pickup del equipo está libre mañana. Si nos apretamos, cabemos todos.
—Pues yo me encargo de las cervezas —terminó diciendo Daniela, entusiasmada con el nuevo plan—. ¿Y tú qué llevas, Alex? —preguntó divertida.
—La visión, obvio, y a mí —le respondió guiñándole un ojo.
—Lástima que no sea mi tipo de visión —dijo Dani, con media sonrisa—. A mí me gustan los paisajes más... femeninos.
Alex se llevó una mano al pecho fingiendo dolor. Entre bromas, cerveza y promesas de arena, el plan quedó sellado sin demasiada votación. Me gustaba esa sensación. Nada de prensa, nada de cámaras. Solo gente normal organizando algo espontáneo.
Bea y yo volvimos del bar sin prisa, con los cuerpos inclinados hacia el otro como si estuviéramos peleando con la gravedad.
Cada vez que ella rozaba mi brazo, me daban ganas de acorralarla contra cualquier pared.
Al entrar al ascensor, mientras la puerta apenas se cerraba, llegó un turista corriendo para alcanzarlo.
Un señor alto, calvo y con un bigote ridículamente largo, probablemente en sus sesenta, consiguió entrar al ascensor colocándose sin permiso entre Bea y yo.
Nadie dijo nada, pero de reojo observé como Bea estaba mordiéndose los labios para no reírse de como este sujeto interrumpió nuestro momento sin darse cuenta, el señor prosiguió a presionar el botón al piso cuatro.
Al llegar, el señor salió dando las buenas noches y antes de que las puertas se cerraran nuevamente por completo, vi como Bea se había girado completamente hacia mí, y yo que estaba tan enloquecido por ella, me lancé encima suyo, apoyándola en la pared y besándola tan intensamente, que si el ascensor paraba en otro piso, esa persona se abstendría de entrar.
Las interrupciones en el ascensor empezaban a sentirse como una constante, al llegar al último piso, a penas entramos a la habitación y ni siquiera encendimos la luz.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Mucho más que bien —respondió, mientras me sacaba la camiseta, parecía que tuviera prisa por confirmar que seguía siendo suyo, o quizá fuera por la bebida. Supongo que nunca lo sabré.
Entre dientes, torpeza de zapatos mal quitados, susurros mal contenidos, su espalda chocando contra la pared, mi boca perdiéndose entre su cuello y sus hombros, mis manos subiendo por sus muslos hasta sentirla jadear contra mi oreja.
Su vestido ya se había subido a la altura de la cadera y yo apenas podía respirar.
Ella me arañó la espalda por debajo de la camiseta mientras gemía mi nombre.
Nos comíamos sin paciencia. Fue una carrera silenciosa hasta la cama que no ganamos ninguno porque nos detuvimos a mitad de camino porque el recorrido parecía demasiado largo para esperar.
Deslizó sus manos por mi pecho y su lengua siguió el camino hasta mi ombligo, y yo ya no estaba pensando, solo reaccionando.
La tumbé en la cama sin dejar de besarla y deslicé sus bragas por sus piernas con los dientes.
La miré directo a los ojos cuando bajé la cabeza y la saboreé como quien tiene toda la noche.
Se aferró a las sábanas, los muslos temblando, el cuerpo arqueándose bajo mi boca.
—Joder, Kai —gimió entre dientes.
—Eso —gruñí contra ella, lamiéndola con descaro mientras la sentía temblar—. Di mi nombre otra vez.
Lo hizo. Gritó mi nombre una y otra vez y se aferró a mi pelo como si con eso pudiera sostenerse al mundo. Cuando llegó al clímax, lanzó un gemido que me hizo perder la razón. Me incorporé de un tirón y la miré con esa sonrisa que solo ella conseguía sacarme.
—¿Todavía más que bien? —pregunté en tono de burla.
—Te necesito dentro de mí ya —contestó, tirando de mí hasta quedar debajo. El fuego en su mirada era puro desafío.
No necesitaba más. Me deshice del pantalón sin estilo y con prisa, busqué en el cajón de la mesita casi por reflejo. Ella me sostuvo la mirada mientras rompía el envoltorio.
—Siempre preparado —dijo divertida.
—Siempre responsable —respondí, colocándolo sin perder el ritmo.
Me acomodé entre sus piernas, que se abrieron como si me hubieran estado esperando toda la vida.
—Estás empapada —susurré.
—Estoy comprobando tu teoría —rió con picardía.
Entré en ella de una sola embestida y ambos jadeamos.
Joder, era perfecta. Tan jodidamente apretada que tuve que cerrar los ojos y contar hasta tres para no correrme al instante.
Empecé a moverme dentro de ella, lento al principio, como quien saborea algo sagrado, pero ella no quería sagrado, quería salvaje.
Mordió mi labio inferior, me empujó con las caderas.
—Más rápido, Kai.
—¿Cómo se dice, Bee? —susurré contra su cuello, gruñendo.
—Por favor —rogó—. Por favor, no pares.
No lo hice. La penetré con fuerza, sus piernas enredadas en mi cintura, sus uñas dejándome marcas que llevaría con orgullo.
Nos movíamos con un ritmo desesperado, casi violento.
El colchón crujía, nuestras respiraciones eran jadeos entrecortados y gemidos entre besos torpes.
Se aferró a mí con todo el cuerpo, con el alma, con los dientes si hacía falta y aun así, me sentía más suyo que ella mía.
Su cuerpo empezó a temblar justo antes de romperse, y me arrastró con ella. Me corrí dentro de ella, con un gemido que sonó a rendición.
Me dejé caer sobre su cuerpo, aún envuelto en ese momento que sabía que no iba a olvidar. Ella me rodeó con sus brazos, acariciando mi espalda sudada, bajando el ritmo de nuestros latidos con la palma abierta sobre mi piel.
—Definitivamente mucho más que bien —susurró, besándome la mandíbula.
—Eso quería escuchar —murmuré, cerrando los ojos.
Después nos quedamos enredados, sudados, riendo bajito.
—¿Y tú querías quedarte en casa esta noche? —me dijo, dándome un codazo suave.
—Cambio todos mis planes por los tuyos —le respondí, todavía sin soltarla—. Sobre todo si van a terminar así.
Reímos, y esa fue la última frase antes de quedarnos dormidos. Entrecruzados, exhaustos… En paz.